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Virtudes de mi perro que jamás tendré

Envidio a mi perro. Y no es por la vida que se pega… que también. Aunque bueno, la verdad es que no envidio especialmente que se pase el día panza al sol con el cuenco lleno de comida sin otro quehacer que ver pasar las moscas. Lo que envidio en el fondo es su capacidad para…

… despertar con alegría, con ganas de moverse, de correr, de saltar. Para él amanecer debe de sonar como “ama-nacer”.

… gozar del sol. Su cuerpo se calienta, se relaja y entonces suspira como una persona.

… deleitarse con la lluvia. Y con los riachuelos. Y con los charcos. Y con el barro. A falta de ganas para hacer yo lo mismo, verle a él gozar de la vida es lo más parecido a gozarla yo también de la misma forma.

… recrearse con la nieve. ¿Quién dijo frío? Dejé de padecer por él y aprendí de verdad lo que significa ser animal el día que, como perro anfibio que es, se lanzó campo a través y se sumergió en un lago prácticamente helado.

… complacerse tanto tiempo de su inactividad. Ese estado meditativo natural en él, en el que simplemente es. Es un perro, está vivo. Nada más, es todo. Y es perfecto, sólo es lo que tiene que ser.

… comer su comida sin plantearse si ha hecho algo para merecérsela. La vida (o, para ser más exactos, su ama) se la da y él se la come. Punto.

… perdonar. Hubo una vez en la que, de Letras que es una, calculé mal su ración diaria y pasó varios días comiendo menos de lo que le tocaba. Me habría acabado enterando de mi error por su delgadez, pero no porque él reaccionara en modo alguno (afortunadamente alguien menos torpe que yo me sacó de mi equivocación a tiempo).

Pero también envidio su capacidad para…

… sentirse cachorro, por más años que tenga ya. Dentro de sí alberga el cachorro que fue y no tiene pudor en dejarlo salir cada día.

… mostrarme su afecto sin ningún tipo de escrúpulo, sin diferenciar lo que es una mano de un pie, todo es “besable” para él.

… aceptar su destino. Si toca estar fuera, si toca pasar un par de días en la residencia, si toca pasar más calor de lo normal… su actitud es de un “sí a la vida” sin condiciones.

… vivir sin filtros, experimentando la vida tal y como es. Sin mente de por medio, sin juicios clasificándolo todo constantemente, dictándole cómo debe sentirse, qué debe decidir, a quién debe querer. Libre.

… mostrar su afecto de manera constante, sin cambios de humor. Buscando siempre el contacto físico, aunque sea sutil, haciéndote saber que desea tu presencia y que, lo sepas o no, tú también deseas la suya.

… querer a todo el mundo. A todos. Nada de sextos sentidos para distinguir a las buenas personas de las malas. A él no le debe de funcionar. Él tiene amor para todos. Amor, de nuevo, incondicional. Tanto es así, que estoy tan segura de que no añora a su antiguo amo, como lo estoy de que no me extrañaría a mí si se fuese a vivir con uno nuevo. ¿Nuevas personas? Nuevo amor, así de sencillo. Cero apego, infinita libertad.

Se llama Pachi, nos lo dieron ya con ese nombre de persona.

Yo a veces le miro, le imagino humano y no puedo evitar visualizarlo como mi recuerdo infantil de Papá Noel: un ser afable, bonachón, risueño, paciente y tolerante hasta la exasperación y siempre con la alegría y el cariño de una navidad entrañable e irreal, como las de las películas.

Él a veces me mira, me sostiene la mirada, interrogándose. Sé que se pregunta por qué lo miro, puedo sentirlo. Me clava sus ojos avellana sin averiguar qué espero de él. Pero pasados unos instantes, lo adivina. Y, si no lo adivina, se arriesga y me da su respuesta. La respuesta acertada a todas las preguntas; me da lo que sabe que en realidad necesito, lo que todos necesitamos y que a él le sobra: amor. Amor que él suelta con la misma naturalidad con la que suelta pelo por la casa, sin poder evitarlo. Tanto es así, que en este mundo donde reina la supremacía del más listo (ni siquiera la del más inteligente), yo pondría mi vida, con los ojos cerrados, en las fauces de este ser irracional y hermoso, mucho antes que en las de algunos de mi propia especie. No es radical, es un hecho comprobable, basta con encender el televisor.

Todas estas cosas no tendría por qué envidiarlas, ¿verdad? Al fin y al cabo, aparentemente no son mérito suyo… ¿o, de alguna remota manera, sí lo son?

Amo lo salvaje, no puedo negarlo. Por más cruento que pueda llegar a ser, en esa inconsciencia que se impone de forma natural e inevitable, yo siento resonancias dentro de mí. Un eco lejano envuelto de capas y capas de civilización, aprendizaje, cultura… que anhelan liberarse y que en el contacto con los seres supuestamente inferiores se me desprenden a pedacitos teñidos de una nostalgia difícil de comprender.

Somos seres humanos, pero se nos olvida que, antes que eso, somos criaturas. Nos dieron un “yo” que nos permite saber que estamos separados del mundo y una conciencia con la que estamos destinados a aprender que no es así en absoluto. Y en esa lucha, consciente o no, se nos va la vida, mientras mi perro la ve pasar, la corre, la lame, la duerme, la ladra… y la ama. Porque yo soy su ama, pero es él quien la ama.

© Vanessa Gil

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