fbpx

¿Sufres por deporte?

Seguro que conoces a personas que viven atormentadas por su pasado, permanentemente a disgusto en su presente, preocupadísimas por su futuro… ¡o las tres cosas a la vez! Personas que se angustian de repente en cuanto su ser querido coge el coche o llega tarde, o que si hacen una entrevista de trabajo casi no viven hasta que saben el resultado, o que pasaron lo suyo criando a sus hijos y siguen sufriendo cuando son mayores y les ven enfrentarse a lo que es el devenir de cualquier ser humano… personas, en definitiva, que sufren ¡por deporte!

En la película-documental ¿Y tú qué sabes? explican de una forma muy gráfica y divertida, por medio de personajes animados, cómo somos adictos a nuestras emociones y sensaciones: a la euforia, a la melancolía, a la adrenalina corriendo por nuestras venas…  y también al sufrimiento. Parece extraño, pero no lo es… y tú ¿te sientes identificado?, ¿quieres probar nuevos “deportes” más saludables que sufrir? 😉

1. Re-créate.

¡No, no te recrees en tu sufrimiento, no! Re-créate, es decir, vuelve a crearte. Atrévete a tomar la decisión de abandonar ese personaje eternamente doliente y atormentado y prueba a ser lo que de verdad eres: libre, sin ataduras ni fardos interiores. Te costará porque estás muy apegado a tu rol, un rol que te da:

1. Importancia

Reconócelo: esa forma de ser que crees tan tuya hace tiempo que se ha convertido en parte de ti, en parte de tu identidad. Todos saben que tú eres tú y tus tormentos, tus preocupaciones… son una seña más de ti. ¿Qué pasaría si, de un día para otro, dejases de mostrarte así?, ¿te imaginas?, ¿qué cara se le quedaría a tu gente?… Pero no es la cara de tu gente la que me importa ahora mismo, sino la tuya: ¿serás capaz de abandonar ese rol aunque eso signifique dejar de reclamar la atención o el control que obtienes con esa conducta?

2. Algo que hacer.

Sí, preocuparse, por malo que sea, te mantiene entretenido. Mientras estás pensando en las vicisitudes de los demás o sobre todas esas cosas que pasaron, pasan o pasarán sobre las que no tienes ningún control, no estás pensando en la realidad de forma constructiva ni positiva: ni en la tuya ni en la de los otros. No estás centrado en las soluciones, sólo te “rebozas” en los problemas.
Sufrir es un deporte perfecto para no ocuparte de lo que de verdad te importa. Mientras tu mente siga dando vueltas a lo que pasó y ya no puede cambiarse, lo que sucede que no puedes cambiar y lo que está por venir (¡o no!), no tendrás energía ni intención de ponerte manos a la obra con lo que sabes que en realidad tienes que hacer.

Así que te costará, sí, pero vale la pena que lo intentes, te lo garantizo.

 

2. Crea nuevas sendas.

Somos seres de hábitos, de costumbres. Y no sólo en nuestras conductas, también en nuestros pensamientos. Digamos que nuestras neuronas ya se saben nuestros caminos y, como no los cuestionamos, los recorremos una y otra vez.

Hoy en día ya está comprobado que actividades como la meditación provocan cambios físicos en nuestro cerebro. Es decir, que cuando a nuestro cerebro le ponemos un reto (y meditar, dejar la mente en blanco, créeme, ¡es un reto considerable!), se ve forzado a acomodarse creando, entre otras cosas, nuevas conexiones neuronales. Así que te animo a que desafíes a tu cerebro tratando de ser TÚ quien decida sobre aquello en lo que quieres pensar y no permitiendo que tu mente te lleve por los trillados caminos de siempre.


3. Prohíbete quejarte.

Sí, así de radical: ¡censura la queja improductiva, expúlsala de tu vida! Decía el escritor francés Caballero de Bruix que “no se ha llegado al colmo del dolor cuando se tiene aún fuerza para quejarse”.

Así que, teniendo en cuenta que

… la queja retroalimenta y perpetúa tu sufrimiento porque lo alimenta

… y que para quejarse también necesitas cierta energía vital,

pregúntate qué sentido tiene desperdiciarla cuando podrías emplearla en otras cosas más beneficiosas.


4. Positiviza tu lenguaje.

Dentro del Noble Óctuple Sendero que, según el budismo, lleva al cese del sufrimiento, se encuentra la Recta Palabra, que consiste en abstenerse de emplear formas de lenguaje erróneas y perniciosas y cultivar palabras benévolas, significativas y útiles. Lo que me recuerda el cuento atribuido a Sócrates, a quien un día pararon por la calle y con el que debieron de mantener una conversación como ésta:

—¡Sócrates, tengo algo que contarte…!
—Esto que me quieres contar, ¿es positivo? —respondió él.
—Bueno, pensándolo bien… no.
—¿Es algo cierto? —insistió Sócrates.
—No estoy seguro, es algo que he oído…
—¿Y es útil, me va a servir para algo? —terminó el filósofo.
—La verdad es que creo que no…
—Entonces no me lo cuentes, no quiero saberlo —concluyó Sócrates y siguió su camino.

¿Eres capaz de aplicar este “triple filtro socrático” a la información que te llega?, ¿y a la que sale de ti? Es muy interesante, te animo a que lo intentes. La mayor parte de las veces el resultado es un agradable silencio que puede aprovecharse para muchas cosas 🙂

Y es que el lenguaje no sólo expresa el pensamiento, sino que también lo genera. Así que observa tu lenguaje y trata de aplicar esta Recta Palabra en todas las áreas de tu vida… ¡esto sí que te mantendrá entretenido y de una manera positiva! 😉


5. Déjate contagiar.

permeable a todas las cosas positivas de tu entorno y de los demás. Haz el esfuerzo consciente de dirigir tu atención hacia todo aquello que te resulta bueno o hermoso. Te animo apasionadamente a que lleves una pequeña libreta contigo (o un Diario de Apreciación) en la que anotes todas las cosas de tu vida y de tu mundo que te gustan o te hacen sentir bien.

Sólo es cuestión de abrirte y de abandonar las trincheras de tu apego al sufrimiento. Con un poco de práctica y la firme intención de ver la rosa, antes que sus espinas, aportarás a tu vida espontaneidad, ligereza y alegría.


6. Practica la ecuanimidad y la resistencia.

En los malos momentos recuerda que “resistir es vencer”. Dado que la vida es cíclica y  que no puedes aferrarte a los momentos placenteros y evitar los dolorosos, acepta esta inevitable impermanencia estoicamente y todas las cosas que no puedes cambiar, tratando de relativizarlas. Y cuando el péndulo de tu existencia esté en su punto más bajo, recuerda que ha de pasar justo por ahí para volver a ascender


7. Encuentra tu “árbol de los problemas”.

Cuenta una historia que un hombre contrató a un carpintero para ayudarle a reparar una vieja granja. El primer día de trabajo fue muy duro porque se le estropeó el serrucho y, para colmo, su camioneta se negaba arrancar. Por ello, el patrón se ofreció a llevarle a casa. Cuando llegaron el carpintero le invitó a conocer a su familia, pero antes de llamar a la puerta, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos…

Tras los respectivos saludos, el carpintero acompañó al patrón, de nuevo, a su coche y éste sintió curiosidad por lo que había hecho al pasar junto al árbol.

—“Ése es mi árbol de los problemas” —dijo el carpintero—. “Sé que no puedo evitar tenerlos, pero lo único que sé es que los problemas no pertenecen ni a mi casa ni a mi familia. Así que los cuelgo en el árbol cada noche y a la mañana siguiente los recojo”. Y añadió sonriendo: “Lo bueno es que cuando salgo a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior…”.

Así que busca un símbolo que te ayude a tomar conciencia de todo aquello que desearías que dejara de hacerte sufrir y utilízalo cada día para descargarte y “limpiarte” de toda la basura acumulada en tu mente. Reconoce que no todas las ideas que genera tu cerebro son dignas de tener en cuenta y libérate de ellas decidiendo no prestarles atención, aunque sólo sea por unos instantes. Recuerda que tu atención es la puerta a conciencia: sé selectivo con lo que dejas entrar en ella.

 

Un abrazo,

Deja un comentario