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Serie ¿Vale la pena tener sueños? 3: Sólo si tu sueño es más grande que tu pereza

¿Qué imagen te viene a la mente cuando piensas en tu vida y en la de los millones de seres que te rodean? Para mí la vida es un barco cuyo timón es mi responsabilidad. Pero a veces la tormenta hace imposible que mantenga el control de la situación. Y, ante esto, tengo varias opciones:

1. Intentar dominar mi nave contra viento y marea (nunca mejor dicho), pase lo que pase, y acabar exhausta y sin ganas de nada más, totalmente desgastada.
2. Dejarme llevar por la desesperanza y permitir que el barco me zarandee de popa a proa.
3. Resistir como pueda el temporal y prepararme después para la siguiente tormenta.

¿cuál es la tuya?

Desde luego, la que exige más esfuerzo es la 3, ¿no? Y la que más pereza da. Y eso que en la imagen sólo hablábamos de resistir los inevitables embates de la vida;  ni hablar entonces de los sueños, que son algo opcional, ¿no…?

La pereza es la resistencia que observo con más frecuencia en las personas que no están a gusto en sus vidas, pero que no terminan de animarse a cambiarlas. Lo que sucede es que no es un motivo confesable ni socialmente aceptado y sueles preferir decir que no es un buen momento, que cuando suceda tal cosa harás tal otra, que no tienes tiempo, que ya no tienes energía, que se te pasó la edad, que tienes miedo… a veces no se sabe muy bien qué fue primero, si el huevo o la gallina: si como tienes miedo, te amparas bajo la pereza para no afrontarlo; o si como te da pereza y no quieres admitirlo, te resulta más fácil decir que tienes miedo. Al fin y al cabo, el miedo es algo muy personal con lo que todos convivimos y no está ni tan mal visto que no lo superemos, ¿quién no tiene miedo a algo?

En cualquier caso, todo te vale con tal de perpetuar tu situación actual que, si bien no te gusta, no te disgusta lo suficiente como para motivarte a saltar de la olla hirviendo, como le sucedía a la rana del cuento, que no sabía que estaba hervida. Porque si realmente te disgustase, te hiriese en lo más profundo… ya lo creo que saltarías. Si no saltas es porque lograste adormecerte o acostumbrarte a esa situación. De aceptarla pasaste a resignarte, a permitir que tus fuerzas te abandonen. Da igual que la pereza sea pura o fruto de todos los motivos que mencionamos en el artículo anterior, el hecho es que, en resumidas cuentas: no tienes ganas. 

La pereza se manifiesta en nosotros en todos los momentos y si realmente te apetece emprender el camino hacia tu estrella (¡o estrellas, si le coges el gusto!) sería bueno que no lo perdieras de vista a fin de tener la oportunidad de vencerla:

1. Antes de identificar tus sueños y objetivos.

Porque te da pereza conocerte y saber qué quieres, ya que no es NADA fácil. Y a veces crees saber lo que quieres, pero no lo que en realidad te conviene, lo que realmente necesitas. Suspiramos por la hierba del otro lado de la valla, que siempre nos parece más verde. Anhelamos un estilo de vida, unas vivencias, unas sensaciones, unas relaciones, un poderío económico… pero no solemos saber concretar mucho más.

2. Cuando los contrastas y valoras.

Y después, una vez que crees saber qué quieres, no te atreves a contrastarlo porque las alternativas para lograrlo pueden ser costosas y te sacan de tu zona de confort. De nuevo, la pereza. Si tú sueñas con vivir en una casita en el campo cuando te toque la lotería y yo te digo que no hace falta esperar a eso y que, si vives en una ciudad, puedes, por ejemplo, intentar buscar trabajo como guardés de una casa de campo, o en un alojamiento rural o, simplemente, un puesto de trabajo en un lugar más tranquilo y una vez lo consigas animarte a alquilar una casita en el campo y, con el tiempo, dar una entrada para comprar tu propia casa o rehabilitar alguna medio derruida que encuentres… ¿te sigue apeteciendo la idea? Deberás invertir tiempo y esfuerzo en buscar trabajo quizás en un lugar que no conozcas y tal vez en un sector que no es el tuyo, te tocará probablemente quitarte días de vacaciones para poder acudir a las entrevistas, deberás ponerte a buscar esa casita y afrontar la realidad de que quizá no sea lo idílico que esperabas o, al revés, que te guste tanto y que por el momento esté tan fuera de tu alcance que tengas que vivir de otro modo hasta que puedas ahorrar y permitírtelo. Y una vez conseguido, tendrás que afrontar una mudanza y sus consiguientes cambios interiores (tuyos y, en su caso, de tu familia): dejar la vida que conoces y abrirte a nuevas relaciones, nuevos lugares y nuevas formas de pasar tu tiempo. Así no suena tan bien, ¿verdad? Mejor la mágica lotería que, si bien nunca llega, tampoco incomoda.

Hay cientos de caminos para llegar a Roma (de hecho dicen que todos conducen a ella…). Pero si sólo contemplas uno (el de la lotería o cualquier otro), le estás poniendo condiciones a la vida: que te dé lo que deseas sólo de la forma que tú quieres, que es la cómoda para ti, la que te mantiene en lo conocido, la que no te exige esfuerzos, retos ni sinsabores… La menos práctica, en pocas palabras.

3. Cuando te comprometes con ellos.

Visto esto, se deduce que es más que lógico que nos dé pereza comprometernos con nuestro objetivo. Comprometernos con nosotros mismos, íntimamente; no hablemos ya si se trata de decirlo a los demás. Pero, ¿sabes? Si después de leer esta serie de artículos, te apetece ponerte en marcha por fin hacia tu estrella, yo te diría, si me lo permites, que al principio del todo, sea algo secreto. Porque cuando comienzas, tu estrella es chiquita, acaba de nacer, es apenas un embrión. Como dice Berckhan, “nunca enseñarías un embrión por ahí para que todo el mundo pudiera tocarlo y sopesarlo. A esa pequeña maravilla no se le ha perdido nada en el mercado de las opiniones y discusiones. El lugar de un embrión es el vientre, donde está a salvo y protegido. Lo mismo se aplica a tu estrella. Tiene que estar a salvo y protegida en tu corazón y en tu mente. Allí podrá crecer y hacerse fuerte”.

4. Cuando inicias el camino hacia ellos.

Ya cuesta imaginar que exista algo que no existe, con que imagínate crearlo en la realidad, todo un plan con sus tareas y subtareas. Un trabajo en toda regla. El camino te parecerá muy largo y costoso, pero si realmente amas tu estrella y crees que vale la pena no la descartarás sólo porque exija tiempo, ¿no?

Algunos días te sentirás conectado con la vida y percibirás “causalidades” providenciales que te parecerán mágicas; en palabras de Berckhan, sentirás que tu estrella sale a tu encuentro. Aunque recuerda siempre que “para que te salga al paso, es necesario que te pongas en movimiento primero”…

Otros días te sentirás tan desanimado que dudarás de tu propósito y tendrás ganas de abandonarlo. Pero, ¿sabes lo bueno de no hacerlo?, ¿sabes qué es lo realmente grande de tener una estrella? No sólo es que tu objetivo se hace más real a medida que avanzas hacia él, sino que vislumbrarlo, visualizarlo, acariciarlo con tu mente, hace que tu situación actual, que quizás no es nada agradable, te resulte más soportable. ¿Por qué? Porque diriges tu atención a lo que amas, a lo que te acerca a lo que quieres, a las sensaciones y sentimientos que tendrás cuando lo logres… dándole cada vez menos importancia a lo que te irrita e incomoda, que sabes que en un momento u otro pasará (nunca llueve eternamente, decían en la película de “El cuervo”…). Como afirma Berckhan, “todos los recolectores de estrellas con éxito tienen algo de tentetiesos. Como a todo el mundo, también les dan un empujón fuerte de vez en cuando y, a veces, incluso los tiran al suelo. Pero siempre vuelven a levantarse y continúan”. Bonita la imagen del tentetieso, ¿no te parece…?

En el mundo de los despiertos, el sueño es más grande que la pereza. En el de los dormidos, la pereza es más grande que el sueño. ¿A qué mundo perteneces tú?

 

En el siguiente post, compartiré contigo algunas reflexiones, por si te sirven, con el fin de intentar ayudarte a allanar el camino hacia tu estrella desde las tres perspectivas que comentamos en el primer artículo de la serie.

¿Cómo lo ves? ¿Me dejas seguir acompañándote en ese camino…? 🙂

Un abrazo,

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