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Serie ¿Vale la pena tener sueños? 1: Las tres perspectivas

Los sueños… hermosa palabra, ¿verdad? Los publicistas lo saben y bien que lo aprovechan porque ¿quién no tiene un sueño, un deseo por cumplir?

Sin embargo, yo creo que deberíamos ser más rigurosos en nuestra forma de hablar porque creo que abusamos tanto de esta palabra que se ha desvirtuado. Porque ¿qué es un sueño? Un sueño, para empezar, es algo que tenemos mientras estamos dormidos. Y cuando decimos que tenemos un sueño por cumplir, lo cierto es que solemos hablar de algo a muy largo plazo o, incluso, poco probable, porque lo hacemos depender de factores que escapan a nuestro control, como por ejemplo, la lotería. La filosofía de la lotería: “cuando me toque la lotería, me compraré una casita en el campo y por fin viviré como siempre he querido” o “cuando me toque la lotería, haré el viaje a Australia con el que siempre soñé”. Para mí esto es lo mismo que decir: “cuando las estrellas se alineen y todas las facilidades me sean dadas y sin esfuerzo por mi parte tendré la vida que siempre quise”. Cuando reto a los “filósofos de la lotería” en sus planteamientos, siempre me encuentro con resistencias. ¿Por qué? Porque lo que tienen son sueños, pensamientos agradables con los que recrearse y entretenerse. Y lo que yo les invito a tener son objetivos. Para soñar puedes estar dormido; para alcanzar tus objetivos tienes que estar despierto. Muy despierto, de hecho.

Ahora bien, en mi propio camino de autodescubrimiento, me vengo encontrando con lo que podría denominar tres perspectivas claramente diferenciadas, ¿las reconoces?:

1. La perspectiva occidental: consiste en fijarse una meta y tratar de conseguirla por todos los medios posibles (o imposibles). A cualquier precio. Porque el fin justifica los medios. Esfuerzo, horas de trabajo, descuido de las relaciones personales y de la salud… todo vale.

2. La perspectiva zen: que recoge los principios del budismo, es decir, no tener deseos porque los deseos llevan a los apegos y los apegos son la causa de nuestro sufrimiento.

3. La perspectiva mística: muy bien resumida en los libros del tipo a Pide y se te dará (Esther y Jerry Hicks) o El Secreto (Rhonda Byrne). Los defensores de esta corriente, aunque no creo que sean ingenuos y saben que algunas cosas cuestan mucho esfuerzo, ponen el énfasis en lo que llaman la ley de atracción, que seguro conoces; es decir, por medio de técnicas que te ayudan a visualizar lo que deseas, alcanzas la energía o estado anímico que hace que atraigas lo que quieres.

¿Con cuál te identificas tú?

Yo con las tres:

1. La perspectiva occidental.

¿Qué decir? Es cultural, nos la imbuyen desde que nacemos, así que yo, no sé tú, la llevo en los genes. Hay que conseguir, producir… si no produces, no mereces ni el aire que respiras y tu existencia en este mundo no está justificada.

En esta perspectiva yo me encuentro en mi zona de confort, por más dura que me resulte. La zona de confort, como tan bien la explican en este maravilloso video, es lo que conoces y de donde no quieres salir… por más desagradable que sea. Porque salir de ahí da miedo, pone nervioso y produce inseguridad. Y hay pocas cosas que evitemos más que dudar y replantearnos las cosas… ¿Por qué? Porque eso conlleva esfuerzo, trabajo, sentirse vulnerable e, incluso, poco válido.

2. La perspectiva zen.

Creo que no existe NADA más saludable que vivir sin apegos. Pero vivir sin apegos para mí no significa vivir sin deseos. El apego es lo que sucede dentro de ti cuando te obsesionas con tu deseo. Cuando haces que tu felicidad dependa de su cumplimiento. Pero bajo mi punto de vista los deseos, como tales, son naturales y saludables:

  • Naturales porque surgen en ti como el resultado lógico de “estar sin terminar”, en desarrollo como algo vivo que eres, y también con motivo de vivir en un mundo lleno de contrastes.
  • Saludables porque estos contrastes, aunque no lo parezca a simple vista, son los que estimulan tu crecimiento haciéndote consciente de nuevas posibilidades para tu vida.

Vivir sin ningún tipo de deseo o de proyecto me parece una postura muy respetable y, hasta cierto punto, atractiva por su sencillez. Cómoda. Pero en la práctica, a las personas con las que trabajo que viven así, paradójicamente la vida les pesa mucho. Es curioso, pero la vida cuanto más vacía está, más pesa… Y encontrar un peso óptimo, una carga óptima, sin excesos, llevadera e ilusionante no es fácil. Lo fácil es estar en los extremos… y si lo dudas, pregúntale al equilibrista.

3. La perspectiva mística.

Esta postura parte de una premisa como ésta:

“Para atraer algo, olvídate de poner esfuerzo o voluntad, si haces eso, es porque sientes una separación entre tú y lo que deseas. Y si sientes una separación, nunca se materializará en tu vida, porque lo que quieres no está separado de ti, formamos parte de un universo unificado de conciencia donde todo está unido. Para materializar lo que deseas confía y siéntete privilegiado, protegido, amado y mimado por el Universo. Cuando el miedo desaparece, todo lo bueno fluye hacia ti sin esfuerzo”.

Esta perspectiva goza de cierta popularidad, pero tiene también muchos detractores por no considerarla científica en modo alguno. Yo opino que esta perspectiva tiene algo muy positivo y algo muy negativo:

· Lo negativo.

Tiende a simplificarse y muchas personas terminan pensando que esto de alcanzar los objetivos es poco más que cosa de magia: “tú visualiza, practica la ley de atracción, pronuncia afirmaciones y procura mantenerte contento y animado, que todo vendrá”. Y no es así. A veces tu vida es dura, las circunstancias te vienen MUY mal dadas, ¿verdad? Y no es fácil mantener el tipo, te desanimas. Y te vuelves a animar, lo intentas y lo intentas… pero, no sabes por qué, pasa el tiempo y la magia no viene en tu auxilio a pesar de que seguiste todas las “instrucciones”. Y entonces pierdes la fe. Lo que en principio debería animarte, termina “desempoderándote”, arrebatándote tu poder y tu energía. Si hiciste aquello que supuestamente tenías que hacer para que el Universo acudiera en tu ayuda y no vino, es porque “no estás conectado”, o tu “energía” no es la adecuada… y entonces ya no sabes qué más hacer porque parece que lo esencial que rige tu vida son esas supuestas “fuerzas” que escapan a tu control.

· Lo positivo.

Yo trato de evitar hablar en términos de “energía” y similares porque me parecen conceptos muy ambiguos y, sobre todo, muy asociados a un sistema de creencias que muchas personas son muy reacias a aceptar. Así que prefiero ser práctica y hablar de cosas que todos podemos percibir y experimentar directamente. Porque digo yo, cuando algo es, no hay que creerlo: simplemente es, ¿no? Si para que algo funcione tengo que creer en ello es porque mi sistema sugestivo está participando, luego… ¿de qué estamos hablando en realidad?

Del poder de la atención.

Éste es, a mi juicio, el aspecto más positivo de esta perspectiva, avalada, a nivel subatómico,  por experimentos de la física cuántica, que prueban que el observador influye en lo observado. Que, de alguna manera, lo que pensamos que es verdad, es verdad (al menos para nosotros, claro).

O de otra manera: no somos algo separado de la realidad, pues nuestras creencias, intenciones y expectativas interactúan con ella. De alguna forma viene a decir que si somos conscientes de que con nuestra intención (no sólo con nuestros hechos) participamos creativamente en la realidad, tendremos la oportunidad de dirigirla, de dejar de vivir como autómatas y adquirir un mayor control sobre nuestra vida…

Una vez vi un precioso e intimista video de Laura Ribas, en el que contaba que durante la fase de creación de su negocio vivía bajo esta perspectiva mística, pero en un determinado momento perdió la fe y empezó a vivir bajo el paradigma de que no existe orden alguno en el Universo con el cual alinearse, por lo que daba igual qué posicionamiento interior tuviese. Confesaba que esto terminó deprimiéndola aún más, así que concluía, con mucho sentido práctico que, ¿qué más daba? Y comparto su opinión: ambas cosas son, para empezar, construcciones mentales, puros artificios de la mente. No podemos probar, tan sólo intuir, que existe un orden de la realidad y, en el caso de que exista, no podemos asegurar que lo conozcamos. Pero si vivir pensando que no vale la pena nada y que todo es un caos, me lleva a la desesperanza; mientras que me anima vivir pensando que existe un orden, que hay un sentido, que quiero descubrirlo y alinearme con él, que hay señales que creo que me orientan, que la intuición es importante… y, sobre todo, que mi atención es esencial en todo ese proceso, ¿no te parece sencillamente más práctico adoptar esta postura, aun pudiendo ser tan falsa como la otra? Sin ideas los humanos no sabemos vivir, es una tara que traemos de serie 🙂 Puestos a tener algunas, elijamos las que más nos inspiren, ¿no te parece?

Hace poco leí un libro infantil que me pareció interesante El fabricante de lluvia (William Camus). Narra la historia de Pete, un niño huérfano de 11 años que vive en Estados Unidos a comienzos del siglo XIX y que empieza a vivir con un tipo del que no termina de saber si es realmente un mago o un charlatán: el fabricante de lluvia es reclamado en los pueblos áridos para que traiga la lluvia a las tierras. Así, prepara todo tipo de artilugios y ritos, mantiene a la gente ocupada y entretenida… mientras mira al cielo y calcula cuándo caerá la lluvia… que cae, como siempre, cuando tiene que caer. Esto me hace pensar que desde esta perspectiva que yo llamo “mística” tal vez todas estas ideas y creencias que tratan de hacernos confiar en la vida, la función más importante que cumplen, en realidad, es justo la misma que la del fabricante de lluvia: hacernos más llevadero el tiempo que pasa desde que plantamos nuestra semilla hasta que  podemos recolectar el fruto que, como la lluvia, cae cuando tiene que caer…

En el siguiente post de esta serie, charlaremos sobre el peso de los sueños… ¿nos leemos?

Un abrazo,

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