¿Qué tengo que hacer para que me quieras?

Creo que lo que hace al amor tan misterioso, deseable y único no es otra cosa que la libertad: eres tan libre para amar como el otro para corresponderte.

Que el amor sea libre quiere decir que es voluntario, en su sentido más profundo: el amor se nutre de entrada de tus sentimientos, sí, pero pasada la etapa más emocional e irracional, el amor no se sostiene sin tu voluntad consciente. Y esto que parece obvio y positivo (¡o trabajoso, para algunos!), a veces se vuelve en tu contra de una forma muy sutil. Porque tener responsabilidad en tu relación es tener poder. Y tener poder puede llevarte al error de creer que puedes hacer algo para ser querido. Y eso es imposible. Tú puedes hacer que tu relación sea más fluida, que la convivencia sea más armoniosa, o divertida, o emocionante, o tranquila… Puedes invertir (gran cantidad de) energía en colmar a tu pareja de detalles y atenciones, incluso… pero no puedes hacer que te quiera.

Porque el amor no es una transacción. No es una relación comercial donde “si yo te doy”, entonces “tú me das”. Es más bien, “yo te doy” y “qué bueno que tú me das”. Porque en realidad no puedes hacer NADA para que te quieran. Porque eso no depende de ti. Eso es lo que hace que una persona que permanece sin pareja no por elección, sino por resignación, sea juzgada, de forma velada o explícita: “algo malo debe de tener cuando nadie ha podido quererla”. ¿No te parece injusto? ¿Cabe la posibilidad, entre otras, de que esa persona sea maravillosa y que, simplemente, nadie lo haya percibido? Porque por más técnicas que aprendas, puedes lograr seducir a alguien… pero no que te quiera.

Puede que lo tengas claro o puede que no. Pero lo cierto es que muchas veces en esta búsqueda insaciable de amor (ese amor que no eres capaz de darte a ti mismo…) antepones las necesidades del otro a las tuyas, un hermoso gesto que, llevado al extremo, puede acarrearte una profunda insatisfacción, llevándote a ceder tu identidad y tu esencia hasta perderte en el otro… y cuando no te encuentras, piensas que el otro tiene la culpa porque “te anula”. O sientes que la balanza está tan desequilibrada que exiges al otro (conscientemente o no) que te dé el amor que tú renunciaste (de nuevo, conscientemente o no) a darte… una renuncia que el otro nunca te pidió.

Vivimos en una cultura donde se ensalzan ideas muy dañinas que limitan tu visión del amor y de la vida: “si la entrega no es absoluta, tu amor no es verdadero”, “si no te sacrificas al máximo, no puedes justificar el ser merecedor de cariño”… e, incluso, que “cuanto más útil y necesario te haces, más importante y digno de amor eres”.

Pero tú eres amado (o no) por lo que eres. Sí, eso que queda de ti cuando te desnudas por fuera y, sobre todo, por dentro. Y esto está mucho más allá de tu poder, de lo que puedes hacer para conseguirlo. E igual que no te quiere el que para afirmarse, necesita negarte, para afirmar y amar al otro no has de negarte a ti mismo.

 © Vanessa Gil

 

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