Nostalgia analógica

Tengo móvil. Y tengo ordenador. Y tengo SmartTV. No puedo decir que viva al margen de la tecnología por más que, en ocasiones, albergue el anhelo romántico de escaparme de ella. Porque muchos renegamos en cierto modo de la tecnología, pero nadie da el paso de sacarla de su vida. ¿Por qué? Porque la verdad es que eso haría más incómodos muchos aspectos de nuestra vida a los que ya no queremos renunciar. Porque la tecnología hace que muchas cosas sean más fáciles, rápidas y eficaces, eso es un hecho innegable. El hecho más importante, en realidad, ya que es la razón de ser del progreso tecnológico. Además, si viviéramos al margen de la tecnología nos quedaríamos fuera… ¿Fuera de qué? No lo sabemos muy bien, pero nadie quiere estar fuera, ¿no? (¿o sí…?).

A veces para entretenerme cuando estoy rodeada de personas, cuento las que están usando sus móviles o tablets y las que no. Ganan siempre las primeras, sobra decirlo. Es más, algunas las cuento como doble, porque van “parapetadas” del todo: pantallas ante sus ojos, cascos en sus oídos. Impermeabilizadas del mundo y de la realidad inmediata que les rodea. Inaccesibles a todo encuentro espontáneo. Ajenas a cualquier chascarrillo, situación divertida o interesante entre seres humanos que no se conocen y que descubren de pronto, aunque sólo sea por unos segundos, que no están solos y que el mundo también puede ser un lugar amable y acogedor… Algunas hay también que miran al infinito o que tienen un libro entre las manos, es cierto. Y seguro que también hay alguna leyendo libros a través de sus dispositivos y no puedo saberlo. Porque desde fuera, lo único que veo es un paisaje uniforme de personas conectadas a una misma fuente, a la matrix: los contenidos.

Cuando paseo por el campo y veo a los pajaritos que picotean todo el día la hierba en busca de alimentos, se me antoja que nosotros hacemos exactamente lo mismo con este juguete que en alguna ocasión usamos como teléfono. Al pajarito la orden se la da su estómago, a nosotros la mente. Pero el resultado es el mismo. Todo el día picoteando, en busca de alimento mental. Imágenes, ideas, sonidos… que cumplen con creces uno de sus fines principales: evasión. Entretenimiento o huida en un momento aburrido o un trayecto que creemos de sobra conocido, o en busca de relax para dejar atrás un mal día… O puro nerviosismo: igual que cuando te cortan la melena, no puedes evitar tocarte la nuca; cuando tienes un móvil, no puedes resistirte a toquetearlo y andar de allá para acá sin saber muy bien en busca de qué.

Mucho se habla de móviles, de redes sociales y del poder adictivo que tienen. Más que nada porque para eso se han creado: para ser un objeto de consumo. De consumo insaciable: haces scroll y aparecen sin cesar nuevos y nuevos contenidos… ¿hasta el infinito? No lo sé. Pero deslizas tu dedo otra vez por si acaso, por si te perdiste esa noticia o ese video que hasta ahora no sabías que te interesaba. Porque, ¿te interesa de verdad? ¿Cómo es posible que una inquietud que tú no tenías de pronto encuentre respuesta en un contenido creado por no se sabe quién…?

Así que consumes y consumes contenidos. Porque cuanto más consumes, cuantos más clicks, mejor para el bolsillo de muchos. Yo misma debería alegrarme de ello, ya que yo creo contenidos para que tú los consumas, ésa es la verdad. Y me alegra, de corazón, que me leas si aporto algo valioso a tu vida. Y me alegra todavía más si me lees y me compras algún libro o producto de mi tienda, claro está, porque tu confianza apoyando mi camino es lo que hace posible que pueda continuarlo. Pero no puedo alegrarme de ver ese paisaje uniforme de ojos empantallados, lo siento, pero no puedo. Se me parece demasiado a la precuela que nunca se rodó de las películas que muestran distopías de futuros postapocalípticos…

El otro día compré una radio. La compré online, es cierto, privándome del placer (o del esfuerzo, depende del día estas cosas se sienten de una forma o de otra) de ir a buscarla entre las tiendas, pero cuando una tiene gustos poco comunes, lo cierto es que se cansa de ir de peregrinaje y agradece mucho la practicidad que aporta la tecnología en este sentido, como decía al principio. De hecho, ésa fue la primera cosa maravillosa que aprecié y sigo apreciando de Internet: “siempre hay un roto para un descosido”, es decir, que por muy raros que creas ser tú y tus gustos, no te preocupes, hay más como tú, sólo que en vez de más “acá”, tal vez unos miles de kilómetros más “allá”…

La radio que compré está construida con tecnología moderna, pero con estética antigua (o vintage, si te suena mejor). Buscaba un objeto decorativo, nada más, pero como funcionaba, le puse pilas y la encendí. Me resulta casi ridículo contarte lo que sentí, pero así fue: sentí una alegría infantil de manipular sus botones y ruedas, grandes… REALES. Estaba tocando una radio REAL. No un reproductor multimedia que me da acceso a un montón de archivos de audio y que se activa con un click, como tantos otros programas de mi ordenador. No una app de mi móvil que me ofrece infinitos contenidos y que se activa con un roce de mi dedo. No. No era tecnología digital al alcance de mi dedo. Sino tecnología analógica con sus botones de plástico, con su tacto, su olor y su peso. Y de él salía la música de emisoras limitadas, bastantes, suficientes, diría yo (porque los contenidos pueden ser infinitos, pero mis sentidos para abarcarlos no lo son). Y su sonido salía imperfecto, esa maravillosa impureza que, sin embargo, lo hace tan auténtico… Recuerdo el día en el que compramos la SmartTV: en la tienda mostraban un montón de ellas cada cual más brillante, mostrando una realidad tan satinada que ni siquiera era real… Una de las pantallas mostraba orgullosa una película muy antigua que, sin embargo, parecía recién rodada. Me dio un escalofrío: ¡si me descuidaba, Clark Gable aparecería con las orejas operadas en “Lo que el viento se llevó”! No me gustó nada la sensación y pregunté si ese efecto lifting de rejuvenecimiento de todo lo viejo podía ser reducido o eliminado. Porque si veo una película clásica es para viajar al pasado con todo el equipo: con su sonido impuro y su imagen imperfecta… más que nada porque eso es precisamente lo que apreciamos los que encontramos belleza en lo viejo. Si la tecnología nos va a arrebatar también eso…

Pero al menos mi radio era real, podía verla, tocarla, olerla… sentirla. Ni mi mente ni la punta de mi dedo índice hicieron recorrido virtual alguno para hacerla funcionar: no hubo patrón de desbloqueo, no hubo roce de icono, no hubo selección de canales y subcanales, no hubo play, no hubo skip (salto) de canciones. Simplemente un giro o dos de botón… y aceptar lo que sonaba. Para girar el botón necesitaba al menos dos dedos y el movimiento de mi mano. Y me di cuenta de cuánto echaba de menos usar esas otras partes de mi cuerpo para hacer cosas tan mundanas como oír música. Y de cuán repetitivo y aburrido me resultaba que la escasa superficie de piel que cubre la punta de mi dedo índice fuese siempre la protagonista de tantos y tantos actos cotidianos en los que el móvil hace más fácil mi vida (y eso que quien te habla es alguien que lo usa poco). Pero que para que las cosas te sean más fáciles tengan que estar vinculadas a un dispositivo tecnológico hace que sin querer, sin que apenas te des cuenta, tus sentidos se vayan viendo privados de REALIDAD… Y, ¿sabes? Resulta que somos seres corpóreos, materiales, físicos. Y que aunque ya no seamos niños ni juguemos con barro, el tener contacto real con los objetos y con el mundo ya no es que sea placentero: es que es necesario.

Pues ahí estaba yo con mi radio, escuchando, en realidad, una emisora que no me gustaba demasiado, pero contenta de volver a vivir una pequeña y tonta experiencia, pero que ya consideraba extinguida. Y relajada porque era un cacharro que no se prestaba a demasiado zapping (a menos que me acompañase la musiquita del “me pongo de pie y me vuelvo a sentar”, a lo que no estaba dispuesta, claro). Si, como leí por ahí, la ansiedad es la mente adelantándose a la vida, tal vez el zapping es tu dedo adelantándose a tus deseos, a tus verdaderos deseos. Porque creo que con tal cantidad de contenidos a nuestro alcance, es complicado saber qué deseamos: porque los elegimos antes de saber que los queremos realmente. No digo que haya que volver a tener sólo dos canales de televisión, claro, pero entre lo mucho y lo poco, un término medio vendría muy bien. Porque como dicen los chinos, demasiado de algo bueno es malo. Porque lo que no puede ser, a mi juicio, es que te montes un sencillo y placentero plan de comer una pizza mientras ves una película y te tires treinta minutos eligiendo qué ver, tratando de no ahogarte entre el mar de contenidos a tu disposición, para luego empezar a verla, hastiado… y con tu pizza ya acabada, por descontado. Hemos pasado de apagar la tele cuando no emitía cosas de nuestro interés, a poder elegir qué ver y cuándo verlo. Que suena estupendo y, en ciertos momentos, de veras creo que lo es. Pero la mayor parte de las veces, si quiero ver algo que realmente me aporte, tengo que dedicarle un tiempo a la elección, un tiempo de mi limitada existencia en este mundo y que casi siempre me parece excesivo porque hay demasiado para elegir… Esto me hace recordar a cuando vivía en Madrid. Siempre se piensa que los paletos, la gente de pocas miras, son la gente de pueblo. Y cuando yo me fui de mi ciudad descubrí que yo también había sido cateta durante mucho tiempo al no concebir mi vida en otro lugar que no fuera una gran ciudad, como si en otros lugares la vida no fuese posible o fuese una equivocación. Y no porque la ciudad me gustase, ni mucho menos, sino por algo mucho más profundo: vives en un lugar que te ofrece de todo, ¿cómo vas a renunciar a ello?, ¡sería de locos! Salir de mi ciudad me hizo darme cuenta al instante de algo que no sabía hasta entonces: que no necesitaba todo. Es más, que para vivir en realidad se necesitan muy pocas cosas. Pues con los contenidos que te inundan es igual, ¿de verdad necesitas un menú tan grande?, ¿tan grande es tu apetito?, ¿tan grande es tu estómago (tu mente, en este caso)?… y, sobre todo, ¿tan grande es tu capacidad de asimilación de todo aquello que ves?, ¿realmente lo digieres o lo expulsas tal cual lo consumes? En pocas palabras: ¿te nutres o sólo te alimentas…?

Nostalgia analógica, sí, no puedo ocultarla.

© Vanessa Gil

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