No quiero viajar

Sí, lo sé: la gente no para de publicar fotos de sus viajes. Y yo siempre digo que me gusta viajar… bueno, más bien que me gustaría, pero porque veo que se pasa bien. Pero a la hora de la verdad, siempre encuentro excusas para no hacerlo, para no salir de donde vivo. Creo que en realidad me da miedo o pereza o qué sé yo, o igual es que simplemente no me gusta…

Sí, puede sonar raro que viajar pueda no gustar a alguien. Cualquier anuncio de lotería se presenta más jugoso mostrando gente viajando y cuanto más lejos mejor, ¿verdad? Pero lo cierto es que hay mucha gente que no viaja. Y la falta de dinero para hacerlo no es, ni de lejos, el principal motivo (aunque ése sea el que se dicen a sí mismos para dejarse tranquilos). ¿Cuáles son los tuyos? Vamos a desmontarlos 🙂

El transporte

¿Tal vez tengas que montar en avión y te suceda como a Mr. T, del Equipo A, y dices preferir el barco porque “nadar sabes, pero volar no”? Si por más estadísticas que lees de que es mucho más seguro montar en avión que en coche, no te quedas tranquilo, la solución es mucho más simple: acepta que puedes morir. En cualquier momento. Porque la vida es un riesgo. Siempre. A todas horas. Fuera de casa y dentro (la gente también se muere dentro de sus casas).

Y si lo que temes es no saber arreglártelas en un aeropuerto internacional o con el sistema de transportes de una ciudad, la previsión es lo único que puede serenarte: ve con antelación, prepárate frases tipo para preguntar llegado el momento… Y, sobre todo, trata de quitarle hierro al asunto: piensa en el gran número de personas que te rodean que, es posible, estén de paso por tu ciudad. Muchas no conocerán el idioma, otras ni siquiera habrán utilizado medios de transporte similares en sus países de origen… ¿crees que sus temores e inseguridades son tan visibles e incapacitantes? Evidentemente no. Es probable que sientan miedo, pero es más probable aún que se apoyen en sus propios recursos para salir adelante.

El idioma

Tememos no saber expresarnos ni entender lo que nos dicen. Nos aterroriza la idea de necesitar nuestra palabra y no tenerla. Es como si no conocer un idioma nos volviese mudos, discapacitados…

Sin embargo, expresarse es mucho más que hablar. De hecho, el investigador Albert Mehrabian afirma que cuando transmitimos un mensaje las palabras comunican un 7%, el tono de voz un 38% y el resto del cuerpo el 55% restante. Por tanto, no controlar totalmente ese 7% no debe impedirte disfrutar de tu viaje. Por no decirte, que es una de las cosas que puede llegar a hacerlo más divertido: yo una vez quise pedir un “vaso con hielo” y por la cara que me pusieron creo que me entendieron un “vaso con ojos”, porque en mi inglés macarrónico ice y eyes sonaban igual.

Además, la gente, en general, es agradable, y cuando te ve en apuros trata de ayudarte y de comunicarse contigo igual que lo haces tú con alguien que no entiende bien tu lengua. Y es hasta emocionante encontrarte con alguien con quien no compartes lo que crees que es lo más básico, el idioma, y aun así entenderte.

La comida

Sí, lo sé, como las croquetas de tu madre, ningunas. Pero como ya supondrás, si eres una persona con gustos muy limitados o vas a Indonesia sólo en busca del Burger King, no disfrutarás de la experiencia completa de salir de tus fronteras. ¿Que no tienes por qué vivirla al máximo? Por supuesto, el límite lo marcas tú.

Los riesgos

Hay lugares más peligrosos que otros, eso es un hecho. Pero también lo es el que dentro de un país, hay zonas más seguras que otras. Vivimos en un país pequeño y, sin embargo, cuando se trata de nombrar lugares que percibimos inseguros decimos “África” y nos quedamos tan a gusto: todo un continente reducido a poco más que un barrio, así, de un plumazo. Para aumentar nuestra sensación de seguridad (que no nuestra seguridad, ya que ésta no puede garantizarse nunca al cien por cien, recordémoslo), hay muchas formas de viajar: desde los más organizados en los que apenas te despegas del guía, hasta ir de mochilero y tener que organizar tu tiempo y actividades con total autonomía. La forma de viajar más afín a ti la marcas tú.

Pero al margen de la situación política de un país, lo cierto es que hay otros muchos imprevistos que las personas temerosas pueden enumerar sin pestañear: un tsunami, un accidente, una enfermedad propia del lugar, la pérdida de la documentación, errores en la reserva de vuelos y alojamientos… Y sí, todos ellos son posibles, pero, ¿realmente todos ellos son probables? ¿Todos a la vez? Es poco probable, tienes que admitirlo.

Pero es que aun saliendo muchas cosas mal, ¿dónde queda tu confianza en tus propios recursos, tu fortaleza, tu flexibilidad, tu tolerancia…? Eso es, al fin y al cabo, lo que hace que las cosas (tanto de viaje, como en casa, donde también pasan cosas) no te desestabilicen.

La planificación

Dicen que el viaje se inicia en realidad mucho antes de salir de casa: cuando estás organizándolo y viviéndolo por anticipado en tu mente. Pero lo cierto es que por muy bien que suene esto, no a todo el mundo le gusta estar mirando aquí y allá qué hacer y cómo pasar su tiempo. Es más, es posible que te dé una fatiga espantosa sólo de pensarlo y que por este motivo, entre otros, prefieras tu rutina diaria donde no tienes que pensar qué hacer ni dónde ir porque ya estás programado.

Hay personas que convierten sus viajes en auténticos maratones “porque hay que ver todo” y hay otras que, por ausencia total de planificación, terminan convirtiendo su experiencia en poco más que un deambular por las zonas más conocidas y cercanas. Como siempre, un término medio es bastante práctico: echa un vistazo a qué cosas “puedes” (no “debes”) ver y hacer, entre otras cosas, para ilusionarte más con tu viaje, pero no seas esclavo de tu propio plan y deja que afloren tus apetencias e inclinaciones naturales. De lo contrario, un viaje no será más que una obligación más que realizas en otro lugar.

La pereza

Ésta resistencia en realidad está muy relacionada con otros miedos que no suelen reconocerse. Y la pereza (como también la alusión constante a la falta de medios para viajar) encubre muchas veces miedo a afrontar factores relacionados que se derivan de ese viaje: organización de la economía, del cuidado de posibles familiares a cargo, pasar mucho tiempo junto a la misma persona… Aunque hay muchas personas que más que vivir mil días viven el mismo día mil veces, esta sensación de asfixia que puede llegar a producirles la rutina les resulta más tolerable que atravesar todas las dificultades que surgen ya sólo en la propia organización del viaje.

Lo desconocido

Vivir en la rutina es necesario porque es lo que te da orden, control y estabilidad. Pero lo “extra-ordinario” es precisamente eso: lo que se sale de lo normal, de tu rutina. Así que planifícate, claro que sí, es lo sensato y afronta las cuestiones personales que estás evitando y que tanto te están limitando. Y una vez en el viaje, hazte amigo también del factor “aventura”. Es decir, anticípate a lo previsible (juiciosamente, sin caer en la obsesión) y ábrete a lo imprevisible con la certeza de que no todo lo que no se puede prever es necesariamente negativo. Piensa que puedes regresar a casa con un montón de experiencias sorprendentes y agradables que contar. La rutina te enseña en silencio; de hecho ¿alguna vez has estado fuera cierto tiempo y has redescubierto aspectos de tu día a día que antes te estaban pasando desapercibidos…? Pero la novedad es estimulante y te habla a gritos con entusiasmo: nuevos paisajes, nuevas personas, nuevas actitudes y costumbres, nuevos estilos de vida… novedades infinitas que apuntan hacia una nueva forma de ver el mundo y de vernos a nosotros mismos.

Además, ¿recuerdas esos libros que leías de pequeño donde a los protagonistas les pasaban tantas cosas emocionantes? ¿De verdad que no te gustaría vivir aunque sea sólo algunas? Todo viaje entraña giros inesperados llenos de incertidumbre, cambios de rumbo que escapan a tu control y que no sólo te ponen en riesgo, sino que también pueden aportarte valor.

Lo diferente

Éste es uno de los miedos menos confesables que yo observo en muchas personas. En sus casas, en sus pueblos y barrios son los “reyes del mambo”. Saben, creen, opinan, juzgan… creen controlar plenamente su situación. Y, conscientemente o no, se sienten con más poder, sabiduría o derechos que las personas que vienen de fuera. En muchas ocasiones, palpita en ellas un miedo a recibir ese mismo juicio por parte de los habitantes de otro país y sentirse, de pronto, más vulnerables. Sin nada a lo que agarrarse.

Este miedo va más allá del miedo a lo desconocido, porque no sólo nos hace temer aquello que no conocemos, sino que nos predispone negativamente ante todo lo que no es afín a nuestros hábitos y a nuestra particular manera de ver el mundo. En el fondo, no es más que una profunda resistencia a cambiar: a abandonar nuestras trincheras, a dejar de ser nosotros, a perdernos entre lo nuevo y no volver a nuestra zona de comodidad y seguridad, a deshacernos de viejos roles y adoptar otros distintos… Porque, nos gusten o no, los papeles que interpretamos en nuestra vida diaria nos aportan seguridad y sensación de control; mientras que cuando salimos de viaje, al abandonar, de alguna manera, gran parte de lo que somos, podemos llegar a sentirnos inseguros, perdidos y desprovistos de poder, como si fuésemos actores a los que, de pronto, les arrebatasen su guión.

Conozco a personas que vienen a visitarme y no hacen más que buscar donde vivo aspectos y referencias que les recuerdan a sus lugares de origen. “¿De qué sirve salir, entonces?”, me pregunto. Si sales de tu casa con “ojos viejos”, con tu atención puesta en tu ciudad, comparando y valorando todo lo nuevo según tus esquemas y vivencias anteriores, el viaje sólo te servirá para confirmar o descartar tus sospechas… pero nunca para descubrir. Entonces, ¿para qué viajas? ¿Sólo para cambiar de escenario y regresar tal y como te fuiste? ¿Para qué viajamos, en el fondo, si no es para ensanchar nuestra visión del mundo y de nuestra vida?

¿Te identificas con alguno (o varios) de estos miedos o resistencias? ¿Sí? ¿No? Al margen de todo esto, cabe la legítima posibilidad de que viajar, sencillamente, no te guste porque los preparativos se te hagan cuesta arriba o no disfrutes especialmente de cambiar de aires y conocer lugares nuevos. Por más raro que pueda sonar, es legítimo. Siendo así, ¿por qué atormentarte? Te gusta la idea de viajar, pero en la práctica resulta que viajar no te gusta. Perfecto, no lo hagas. No apreciar algo que valora una mayoría no significa que estés equivocado, date permiso para hacer y ser como tú quieras. ¿Quién sabe lo que sucederá si te dejas en paz? Tal vez no viajes nunca o tal vez un día de repente te entren unas ganas locas.

Yo, aunque he vivido en varios lugares, lo que es viajar, no he viajado gran cosa, ésa es la verdad. Pero en mi escasa experiencia he descubierto que viajar no sólo te ayuda a descansar, divertirte, y conocer nuevas personas y lugares, sino también a desconectar de tu vida diaria y autoconectar contigo mismo a un nivel más profundo de lo que puedes pensar. Que sólo por unos días de tu vida, tengas tus necesidades cubiertas y no tengas otra cosa más que hacer que ver lo que te rodea, sin obligaciones ligadas a la subsistencia, sin compromisos… sólo tú, tus sentidos y el mundo, puede ayudarte a transformar tu vida más rápido que otras experiencias. Porque viajar es una metáfora más que obvia del propio vivir. Es como vivir una pequeña existencia, diferente a la que ya conoces, en sólo unos días, concentrada. En un breve espacio de tiempo se acumulan tantas vivencias, sensaciones y reflexiones que, por fuerza, resultan significativas. Concédeles el valor que tienen y conviértete en un canal abierto por el que pasan todas estas experiencias, para constatar qué quedó de ellas dentro de ti una vez que llegues a casa. Igual descubres que tu viaje se extiende mucho más allá…

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