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Mostrarte al mundo

A veces soy tan discreto que siento que no existo ni para mí. Mi timidez, rigidez o lo que quiera que sea que tengo, me viene muy bien a veces, pero otras me frena tanto que siento que realmente me estoy perdiendo muchas cosas…

Ser más introvertido o más extrovertido no es ni bueno ni malo. Es una cualidad bastante innata en nosotros, que ya expresamos desde bebés. Pero que, como todas, se puede trabajar.

Las actitudes y comportamientos que mantenemos persisten en nosotros porque nos sirven, cumplen una función en nuestra vida; de lo contrario, desaparecerían como nos desaparecieron los pulgares oponibles de nuestro cuerpo con el paso de los años.

Tú puedes ser naturalmente tímido y encontrarte a gusto y seguro en esa actitud la mayor parte de las ocasiones ¡y eso está bien!, ¿dónde está escrito que todos tengamos que ser abiertos y extrovertidos? El problema, como dices, es cuando esa cualidad, que no es ni positiva ni negativa en sí misma, hace que te sientas limitado.

Sería interesante que conocieses qué motivos te das a ti mismo cuando en una situación ante la que tienes dos opciones, abrirte o cerrarte, te decantas por la segunda; pues esas razones te indicarán sobre qué ideas y creencias al respecto puedes trabajar. ¿Son algunas de éstas?

1. “Mis experiencias pasadas al respecto son muy negativas”.

Ésa creencia es genial, de las mejores, porque no hay nada que nos evite más probar lo nuevo que un mal recuerdo. Es puro instinto de conservación, de supervivencia. Pero aunque, como tal, los instintos están muy arraigados en nosotros, afortunadamente disponemos de nuestra flexibilidad mental: una ventana abierta a la posibilidad de plantearnos “¿pero y si me estoy equivocando?”. No conozco ningún deporte para el alma mejor que cuestionarse las cosas.

Me viene a la cabeza la imagen de un paracaidista al que un día, por un mal cálculo, no abre su paracaídas con la antelación adecuada y cae a tierra rompiéndose varios huesos. Si cuando se recupere se plantea seguir practicando su afición, tiene dos posibles conclusiones que extraer:

  1. Debería haber abierto el paracaídas mucho antes.
  2. No debería haber abierto el paracaídas. Abrir el paracaídas me ha traído al hospital.

La segunda opción, mostrada así, parece ridícula, ¿verdad? Pero así son las instrucciones que nos damos a menudo: radicales. Como un día hice A y el resultado fue B, ya nunca más hago A. Como si una sola actitud estuviera abocada en todos los casos a tener siempre el mismo efecto. Y es que es más sencillo vivir en los extremos que en la cuerda floja, tratando de mantenerse en equilibrio y decidir qué nos conviene en cada momento…

Hay personas que encuentran en su pasado la excusa perfecta para perpetuar su insatisfacción presente. Pero tan lógico como que el pasado ha modelado parte de nuestras actitudes presentes, lo será que el presente (que es el potencial pasado de nuestro futuro, ¡vaya trabalenguas!) tendrá también poder de modelar lo siguiente que vivamos, ¿no es así?

Si “pasado” y “pesado” se parecen tanto, ¡igual es por algo! 😉 Vivir arrastrando el fardo de lo que ya sucedió es vivir con una carga muy grande. Por dura que haya sido, o quizás justo por lo dura que ha sido, necesitas desprenderte de ella, liberarte de ella para vivir más ligero. Recuerda que el pasado sólo tiene poder sobre tu presente si tú se lo concedes. Tienes derecho a cambiar y a ser quien quieras ser desde ya. No tienes que pedir permiso a nadie, ni siquiera a tu pasado.


2. “No creo tener nada digno que aportar a los demás”.

Qué fácil y gratuito es decir “quiérete”, “valórate”, “ten autoestima”… como si el solo hecho de desearla nos la concediera, ¿verdad? Bajo mi punto de vista la autoestima es mucho más que un puñado de etiquetas y autoafirmaciones vacías.

Yo te propongo algo mucho más experimental: no te digas nada a ti mismo, no trates de valorar tu tesoro si no lo ves (¿cómo vas a valorarlo si no lo conoces?). Sólo piensa qué cualidades crees tener o te gustaría tener y pruébalas: ponlas en práctica. Si no las actualizas (si no le das a la tecla “F5” de tu “sistema”), si estás todo el tiempo en el terreno de tu mente… ningún cambio podrá suceder en ti. Si a pesar de ser tímido, crees, por ejemplo, que eres buen conversador porque sabes escuchar, busca a las personas con las que confirmar eso que piensas de ti. No tendrás que “creerte” nada, no tendrás que sugestionarte con nada… la magia sucederá delante de tus narices cuando experimentes en la realidad tus cualidades, en interacción con la vida y con el mundo.


3. “Me da miedo que me conozcan, me hace sentir vulnerable”.

Shakespeare, muy práctico él, decía “presta a todos tus oídos, pero a pocos tu voz”. Y estoy totalmente de acuerdo con él. Pero existen, al menos, unos pocos a quienes les puedes prestar tu voz y estarán encantados de escucharte y conocerte mejor. Somos seres sociales: nuestra alma se nutre también de los otros (quien sólo se nutre de sí mismo corre el riesgo de autodevorarse). Sólo elige a conciencia a esas personas que te inspiran confianza y prueba a mostrarte, aunque sólo sea un poquito.

Una vez asistí a una preciosa charla de Mari Patxi Ayerra en la que dijo que si fuésemos manzanas podríamos definir nuestra comunicación en tres niveles: de piel a piel (superficial), de carne a carne (más profunda) o de pepita a pepita (comunicación íntima). La comunicación superficial, de piel a piel, (hablar sobre el tiempo y banalidades) no suele llenarnos. Y la comunicación íntima, de pepita a pepita, no siempre está a nuestro alcance porque exige mucha más afinidad y compenetración. Pero la comunicación de carne a carne, de cierta profundidad, no sólo nos llena, sino que va sentando las bases para una posible comunicación aún más profunda si ambas partes la desean.

Hablar con alguien de lo que piensas y sientes acerca de un tema de tu interés te humaniza, te ayuda a conocerte mejor a través del “espejo” que te proporciona el otro y, sobre todo, te ayuda a establecer vínculos significativos en tu vida. Abrir tu mundo al mundo de una persona digna de tu confianza es, sencillamente, permitir que tu vida sea más rica.

Relaja tus defensas. Nadie invadirá tu territorio, a menos que tú lo consientas. Si fijas tus límites y, al mismo tiempo, permaneces relajado, comprobarás que la accesibilidad y la cercanía no sólo no te debilita, sino que, por el contrario, te reconfortará y te llenará de energía.


4. “Me cuesta mostrar mis debilidades, sólo muestro mi mejor cara”.

Todos tenemos, como la luna, una cara que mostramos al mundo y otra cara que permanece siempre oculta. Esto es natural y forma parte de nuestro derecho a la intimidad (y, en mi opinión, de lo que nos hace interesantes). Pero querer mantener en esa área privada tus debilidades y en la cara pública sólo tus éxitos es, a mi juicio, nefasto porque:

  • Aleja a las personas, hace que sea imposible que disfrutemos de verdaderos encuentros.

Mostrar tu vulnerabilidad es abrirte al amor, pues permitir que ciertas personas vean tu lado más desprotegido es el principio de la confianza. Pero si, a pesar de todo, te cuesta mostrarte, empieza por inspirar la confianza para que otras personas se abran contigo. Que una persona te muestre sus debilidades y te ofrezca su confianza es, bajo mi punto de vista, un gran honor y una gran responsabilidad. Y además, poco a poco, hace que nazca entre vosotros una corriente de mutua empatía que terminará haciendo que puedas expresar tus propias flaquezas con mayor libertad. Al fin y al cabo, “no puedes regalar una flor sin impregnarte de su aroma”…

  • Aumenta tu ego y daña tu autoestima.

Si somos (otra metáfora) como las antiguas cintas de cassette y estoy con gente que sólo muestra y me deja escuchar su maravillosa cara A, no sé a ti, pero a mí ¡me abuuuuurre! Siento que no trato con personas, sino con sus “avatares”, las imágenes idealizadas de sí mismos… proyecciones irreales. No hay humanidad por ningún lado, sólo apariencia y “postureo”.

¿Y por qué esto daña tu autoestima? Porque así como tu ego es lo que crees que eres, tu verdadera autoestima se asienta en la conciencia que tienes de tus fortalezas y debilidades. Una persona con una autoestima sana es capaz de expresar delante de quien sea, con serenidad y sin sonrojo:

Aquello en lo que es bueno y en lo que no.
Aquello en lo que ha acertado y en lo que se ha equivocado.
Aquello tan bueno que le ha sucedido (o quizás esto no lo haga por delicadeza con las personas que le rodean que quizás no estén teniendo tanta suerte…) y, sobre todo, aquello de lo que no puede precisamente presumir.

En definitiva, una persona con una autoestima sana sabe que, aun con defectos, errores y hasta mala suerte, es, en esencia, positiva. Y que hasta las cosas negativas que le suceden son, justo eso, “cosas que le suceden”, no es ella, no forma parte de su ser y puede hablar de ellas con tranquilidad y sin miedo. Así que ahí está el truco: no es que esas personas no tengan debilidades o que nunca les suceda nada malo: es que lo viven con naturalidad y desde esta perspectiva; como no les hace vulnerables, no sienten la necesidad de ocultarlo.

5. “Tengo miedo de que me critiquen”.

El miedo a la crítica es muy humano y, en mi opinión, se hace más intenso…

  • Cuanto más diferentes nos sentimos al grupo de referencia.

En cierta ocasión participé en una dinámica grupal en la que nos pedían agruparnos según el animal con el que nos identificábamos: ¿oveja o cabra? ¿Con cuál te identificas tú?, ¿te gusta seguir al grupo o prefieres ser independiente y buscar tus propios riscos?

Si eres oveja y te sientes a gusto en tu rebaño, ¡perfecto! Pero si eres cabra, ¿por qué intentar a toda costa formar parte del grupo? O ¿por qué sufrir por no pertenecer a él? Cada uno tenemos nuestra propia naturaleza y si eres cabra, acepta que lo eres ¡y explota tus diferencias! No hay mayor satisfacción que ser querido y valorado por lo que eres y por lo que te hace único.

  • Cuanto más juzgas a los demás.

Hay personas que para afirmarse necesitan negar a los demás. Deja en paz a los demás si son ovejas, es su elección. Deja también a las otras cabras tranquilas, aunque no te gusten o te reflejen cosas de ti mismo que te remuevan, y sigue tu propio camino. Y no te lo digo por los demás, sino, sobre todo, por ti mismo porque “cuando apuntas con un dedo, los otros tres te señalan a ti”. Así que sé más flexible y de este modo evitarás también juzgarte a ti mismo con la misma dureza.

  •  Cuanto más intentas agradar a todo el mundo.

Tu personalidad no es algo inmutable ni predeterminado, sino que te creas a cada momento. Cada día, en cada acontecimiento, tienes, seas consciente o no, la oportunidad de elegir. Y para fluir necesitas sentirte libre de condicionamientos: libre de la mirada ajena, como decíamos antes… pero también de la tuya propia. Recuerda que hay algo que ni Dios puede hacer y es gustar a todo el mundo. Así que aparca tu mirada autocrítica y acepta que nunca podrás agradar a todos.

 

Un abrazo,

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