Me contagio de tu emoción

Soy una persona demasiado permeable a las emociones de los demás. Esto normalmente me gusta porque empatizo al instante. Pero en otras ocasiones me hace daño. En estos momentos, tengo una jefa muy inestable y según tenga el día ella, así lo tengo yo… así que te puedes imaginar cómo es mi día a día.

Tal vez conozcas las neuronas espejo, cuya importancia es vital; de hecho, se está estudiando hasta qué punto la disfunción de estas neuronas puede ser la causa, por ejemplo, del autismo. Estas células, que tenemos los humanos y muchos otros animales, hacen que imitemos aquello que vemos. Pero no se quedan ahí: cuando vemos al otro experimentando cierta emoción, nuestro propio cerebro activa esos mismos circuitos y hace que generemos emociones similares. Esto es lo que dice la ciencia. Pero no hace falta leer ningún estudio para experimentar en nuestra propia piel que las emociones son contagiosas. Es el principio de la empatía y la razón por la que te gustan unas películas y no otras: con tu mente participas de la historia y con tus emociones la haces tuya.

Hay personas luminosas que llevan alegría y aire fresco allá por donde pasan y otras que parece que caminan con un nubarrón de negrura sobre la cabeza, eso es un hecho, ¿verdad? Ahora bien, ¿es posible protegerse de esto cuando la persona en cuestión tiene una posición jerárquica superior y ejerce, conscientemente o no, su influjo emocional sobre nosotros? Sí, es posible. De hecho, no es sólo posible: es lo deseable. Una persona que ostenta una posición de poder es, antes que nada, una persona. Su poder no es más que un añadido, una etiqueta más. Parece una bobada esta apreciación, pero no lo es, porque si a esta persona la ves, sobre todo, como tu “jefa” inconscientemente le vas a dar muchísimo más poder y condescendencia. Todos conocemos personas que en su vida habitual se saben contener, pero cuando son jefes se permiten ciertas licencias, ciertos arrebatos… como que se presuponen que van con el cargo. A nadie le extraña ver a un jefe enfadado o “ligeramente” fuera de sí, ¿verdad? Es una imagen arquetípica. Por eso esta apreciación preliminar: una persona con altibajos emocionales es una persona inestable y con escaso dominio de sí misma. Si además es tu jefa, pues ¡vaya por Dios! Pero es preciso que tengas bien presente que su comportamiento no es aceptable sólo por tener ese cargo. Y no es aceptable trabajar con personas inestables. Y mucho menos lo es que esas personas inestables ostenten cargos de poder. Así que lo más básico en este asunto es que interiormente seas crítica y no disculpes este tipo de conductas. Porque no es sano que el estado emocional de una persona inunde el de los demás. Si por el bien común, todos tratamos de gestionarnos y contener nuestras emociones negativas (o canalizarlas de la mejor manera), ¿por qué sólo por ser jefa puede abrir sus compuertas libremente?

Una vez que tienes esto presente, dirás “no es aceptable, no… pero es la realidad”. Y es cierto. La realidad es que la vida te ha puesto delante una maestra que, paradójicamente, no está para enseñarte cómo tienes que ser; ni siquiera como “no tienes” que ser. Está para reflejarte algo de ti que puedes superar: para que aprendas a poner tu foco en ti. Para que dejes de respirar por su nariz y de ver por sus ojos. Ella es responsable de sus emociones y tú de las tuyas. Ella termina en su piel y tú empiezas en la tuya. Ella tiene derecho a tener un mal día y a tener cara de limón pocho y tú tienes derecho a ignorar (aunque lo percibas) su estado emocional. Ignorar no es pisotear los estados anímicos de los demás, sino prestar atención a los tuyos y darles su espacio. Porque sus cambios de humor vas a seguir percibiéndolos, claro está, llevas mucho tiempo viviendo a través de sus sentidos y estás acostumbrada a pegar un respingo casi antes de que se pinche con una chincheta. Pero ahí entra en juego, como casi en todo, tu atención. Porque una persona por su edad, cargo o posición superior no tiene más poder sobre tu estado emocional que el que tú le confieres. Imagínate que estás con un niño al que estás ayudando a hacer sus tareas y hay una televisión encendida de cuyo mando a distancia no dispones. El niño mirará a la televisión constantemente y tú le tomarás de la barbilla con dulzura y le dirás: “no atiendas a eso, atiéndeme a mí”. Pues contigo misma será igual: tu mente seguirá deseando estar prendida de los vaivenes emocionales de tu jefa, pero tú tendrás que tomarte de tu propia barbilla para recuperar tu atención. Porque tu atención es tu poder. Se trata entonces, continuando con el símil del “contagio”, de “incubar” ahora tus emociones positivas buscando un estado de “centramiento”. Es decir, actuar desde tu centro, de dentro a fuera, de forma centrífuga: no reaccionar provocada por los vaivenes de tu jefa, sino actuar motivada por tus propias fuerzas, razones y emociones.

Y una vez que entrenas tu atención, tu foco en ti, puedes pasar, si es que lo deseas, al siguiente paso que, a mi juicio, es más interesante aún: ser tú el “virus” positivo de tu ambiente laboral. Porque tú también puedes influir en el estado emocional de tu jefa… si es que ella es permeable al contagio, claro está. Tú puedes ejercer una “manipulación positiva” creando corrientes emocionales en tu entorno, que no sólo le benefician, sino que además te ayudan a conseguir tus objetivos, ¿lo habías pensado? La única condición que considero que debe darse es que tu expresión refleje de forma natural y espontánea tu estado, es decir, que no la uses como un medio para perseguir otra finalidad, pues creo sólo obtienes beneficios propios verdaderamente auténticos a través de un medio (o persona) cuando este medio resulta beneficiado o, al menos, no resulta perjudicado.

¿A que con todo esto en mente, resulta más sencillo (y menos cursi) entender la frase de Martin Lutero mi risa es mi espada, y mi alegría, mi escudo…?

Un abrazo,

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