Mª Ángeles de la Guarda

En la medianoche de un 4 de julio, Mª Ángeles estaba sentada en la terraza de su apartamento junto al mar, leyendo un hermoso cuento de Juan Farias titulado “Una cinta azul de dos palmos y pico”, que contaba la historia de un niño rico que tiraba a la calle, aburrido, el lazo que envolvía uno de sus juguetes de Navidad y fue a parar a los pies de un niño pobre que la recibió como un auténtico regalo y comenzó a jugar con ella imaginando toda clase de aventuras… Conmovida, levantó la vista del libro y nunca imaginó que el cuento que acababa de leer se fuera a convertir en el prólogo de la historia que estaba a punto de protagonizar…

Abajo, en la calle, un joven delgado y rubicundo de apariencia extranjera, llegó envuelto en una sábana, presentando un aspecto bastante lamentable. Parecía enfermo y, pese al sofocante calor de la noche levantina, se arrebujaba en su embozo como si tuviera frío… Mª Ángeles observó cómo, lentamente, desplegaba su tesoro y lo exponía al público: la tapa de una olla, un cepillo para limpiar zapatos, un monedero con la cremallera rota… objetos, todos ellos, visiblemente usados y, con toda seguridad, recogidos de la basura.

Las ancianas vecinas de los apartamentos contiguos percibieron el incipiente interés de Mª Ángeles y, sabiendo de su buen corazón, la advirtieron:

—No estarás pensando en bajar a darle una limosna… ¡a saber de dónde habrá robado todas esas cosas! —dijo una de ellas, ignorando el mal estado de la mercancía supuestamente robada.

—Mª Ángeles, no te acerques a él, te puede hacer algo… ¡esas cosas debe resolverlas el presidente de la comunidad de vecinos!

Pero la mujer hizo caso omiso de sus advertencias y entró en la cocina a poner en el horno un trozo de pan para hacerle un buen bocadillo. Cuando lo tuvo listo, cogió también una lata de refresco y algo de dinero para comprarle alguna baratija, pues no quería humillarle con su ayuda. Y con todo ello, bajó, contenta, los cuatro pisos que la separaban de la calle…

Mª Ángeles se acercó al puesto del chico y señalando lo que parecía un fular le indicó que lo quería. Tomó la prenda entre sus manos y al acercársela se dio cuenta de que no era más que un simple trozo del bajo de un vestido de flores deshilachado.

—¿Cuánto vale? —le preguntó la mujer, a quien le importaba más la caridad que la calidad…

—Dos euros —respondió él.

Mª Ángeles le dio muchas más monedas de lo que costaba la tela y el joven, al darse cuenta, la miró a los ojos y le dijo en su castellano chapurreado, dejando a un lado el escaso orgullo que aún podía conservar:

—Lo que tengo es hambre…

Y entonces ella, por fin, le dio lo que en realidad había querido darle desde el principio: la comida que con tanto amor había preparado.

El chico comenzó a comer con tanta avidez que ni siquiera le dio las gracias… Ella se retiró discretamente, dejando al joven a solas con su pequeño maná; pero, por si sus vecinas tenían razón, regresó por un camino diferente, por temor a que la siguiera hasta casa… sin percatarse de que el joven comía con tal voracidad, que ni siquiera se dio cuenta de que ella se había marchado.

Cuando Mª Ángeles volvió a casa, dejó el “fular” en la mesilla, preguntándose por qué alguien a quien se le daba dinero podía preferir la comida que ella había preparado… Sumida en estos pensamientos, se asomó a la terraza y contempló con una sonrisa cómo el joven, acalorado, se despojaba de su sábana, y emprendía, estómago lleno, un nuevo camino…

 

© Vanessa Gil

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