La señora

— Ya hemos llegado: es aquí…—dijo la anciana doncella abriéndole la puerta de una suntuosa mansión victoriana —Gracias por acompañarme, hijo. Pareces cansado; entra un momento y te ofreceré algo de beber…

El joven entró y las puertas se cerraron tras él con un quejido. Reinaba un silencio tan grande que lo que menos esperaba encontrarse el muchacho era con un lujoso hall lleno de personas. Y mucho menos con personas con un aspecto tan lamentable: había personas heridas, otras tenían la piel morada, casi azulada; otras presentaban partes de su cuerpo quemado… más allá había ancianos en sillas de ruedas, otros delgados y de rostro macilento y también atisbó algunos niños sin cabello ni cejas y algunos otros, muchos más, de apariencia africana y con el estómago enorme.

—Ahora regreso, ¿te apetece un zumo de naranja? —dijo la sirvienta.

Pero el chico estaba tan pasmado que no respondió.

En lugar de ir a la cocina a por la bebida, la vieja doncella se dirigió a la última habitación del ala oeste y con sumo sigilo abrió la pesada puerta de roble y se coló dentro.

—Has tardado mucho, pensé que hoy no volverías… —dijo una mujer aún mayor que la doncella, con un hilo de voz y el vientre tan grande como el globo terráqueo —¿Has traído a alguien?

—Sí, señora, no se preocupe… —respondió, dócil, la criada— ¿En todos estos años cuándo la he fallado?

—Es verdad, querida… —admitió la señora—, pero has de comprender que esto es tan cansado…

—Ya… me hago cargo —concedió la sirvienta—. Pero usted debe entender que a veces no es fácil lograr que vengan voluntariamente…

—¿Cómo lo lograste esta vez? —preguntó la dama, acomodándose los cojines tras la espalda.

—Fingí estar desorientada y le inspiré lástima a un muchacho…

—¿A qué muchacho? ¿estaba haciendo algo peligroso?

—No, señora… —y la asistenta desvió la mirada, avergonzada, mientras fingía componerse su negro uniforme —, pero a usted le urgía tanto…

La señora pidió a su sirvienta que se acercara. A pesar de que entre las dos sumaban la edad del Universo y de que llevaban casi todo este tiempo viviendo juntas, aún mantenían cierta distancia profesional. La señora le tomó la mano y se la apretó.

—Ya sé que haces esto por mi bien, pero tienes que intentar por todos los medios traer a las personas adecuadas; si traes a las más preparadas, es mucho más fácil para todos…

—Lo sé, señora, lo intento con todas mis escasas fuerzas… —y la veterana criada dejó escapar una lágrima de sus ojos llenos de cataratas —, pero llevo toda mi vida a su servicio y no soportaría perderla por mi culpa…

—Ya viene otra… ¡ay…! —interrumpió la dama.

Y de su vientre nació fácil y rápidamente, y ya casi sin dolor, una criatura hermosa y sonrosada. Llevaba tantísimos años dedicada a esa tarea, que ella misma terminó de ayudarla a salir, la limpió con uno de los paños que se apilaban, como una montaña, en la cómoda de caoba y, después de depositar un cálido y sentido beso en sus mofletes, se la entregó a otra de sus sirvientas, quien le hizo una rápida fotografía con una cámara instantánea y se apresuró a sacar al bebé de la habitación de inmediato.

Al instante, su vientre volvió a abombarse como en el minuto anterior y la señora le pidió a su fiel sirvienta:

—Rápido, haz pasar a alguien…

La doncella hizo llamar a una mujer que tenía medio cuerpo quemado y salió de la habitación de su ama para prepararle el refresco al joven de aquella mañana. Cuando el chico vio llegar a la anciana con una copa de jugo de naranja recién exprimida colocada elegantemente sobre una pequeña bandeja de plata y junto a una servilleta con encajes, se preguntó dónde estaría.

—¿La señora de esta casa es rica y se dedica a actividades benéficas?

— No exactamente, pero puedes vernos así si quieres —respondió la criada.

El joven contempló a su alrededor y pensó que todo en aquella casa, salvo los “invitados”, parecía sacado de otra época. Advirtió que la sala donde se encontraban estaba profusamente ambientada con ricos colores en alfombras, paredes y cortinas. Había una gran variedad de pequeños detalles como figuras, lámparas y adornos que hacían la estancia muy acogedora. Un aparador presidía la sala y sobre él un espejo tallado en el que, por mucho que se esforzaba, no alcanzaba a ver su reflejo…

—Le agradezco mucho su hospitalidad —le dijo el joven, despidiéndose —la verdad es que es un lugar muy cálido y agradable, pero he de marcharme…

—Me temo que no puedo permitírtelo, hijo… —respondió la mujer sonriendo con dulzura.

—¿Está diciéndome que va a retenerme aquí contra mi voluntad? —el corazón del joven se aceleró— ¿estoy secuestrado?

—No exactamente —repitió la sirvienta como la vez anterior—, pero si quieres verlo así no podré evitarlo…

—Pero…

Y se marchó dejándole con la palabra en la boca, sin más explicaciones que aquélla y la visión, junto a la puerta, de un fornido mayordomo que, a todas luces, no le permitiría marcharse. Y él no intentaría salir de allí a la fuerza. Era una persona muy pacífica. De hecho, aún no sabía por qué aquel partido de fútbol, al que asistía justo antes de cruzarse con la anciana, había terminado de aquella manera. De pronto, a la salida del estadio, un grupo muy numeroso de chicos con cadenas y botas de militar se dirigieron a él y a sus amigos ecuatorianos y comenzaron a agredirles sin ningún motivo…

Tenía que pensar algo para salir de esa casa y rápido. Observó el reloj de pared de madera de satín, pero estaba parado, así que no tenía ni la más remota idea de la hora que era. Entonces decidió que hasta que se le ocurriera algo más inteligente que hacer, se dedicaría a observar a las personas del vestíbulo: las personas con lesiones y enfermedades le impresionaban y evitaba mirarlas, pero cuando se atrevió a hacerlo, advirtió que parecían serenas y relajadas. De hecho, observó que de sus heridas, en realidad, no manaba sangre alguna. Las hemorragias parecían haberse detenido, como las agujas del reloj… Y el tiempo parecía efectivamente haberse parado, a juzgar por el soberano aburrimiento del muchacho.

—¡Hola! —le saludó de repente una chica muy bonita, sacándole de su letargo.

—¡Hola! ¿qué tal? —contestó, encantado, por fin, de tener compañía— ¿Tú sabes qué hacemos aquí?

—Pues la verdad es que no… Yo sólo sé que anoche regresando a casa de una fiesta me encontré en un descampado a una anciana con la mirada perdida y me ofrecí a acompañarla a su casa.

—¿Tú también? —se extrañó el chico— Parece que nos han timado a todos…

—¿A ti también te ha sucedido lo mismo?

—Me temo que sí… ¿sabes que no nos dejan salir de aquí?

La chica llevaba todo el día charlando con unos y con otros y no parecía importarle demasiado su secuestro.

—Pero yo no creo que esa mujer nos esté engañando… Mira, ¿ves aquel hombre que tiene la piel morada, casi azul?— le dijo, señalándole a un hombre cuyas ropas aún goteaban e iban dejando un pequeño reguero de agua allá por donde iba.

El chico asintió discretamente.

—Me ha contado que estaba en medio de una riada encerrado en su coche y la sirvienta le tendió una cuerda y le salvó— comentó, orgullosa de todas las cosas que había averiguado—. Y no sólo a él, fíjate en cuánta otra gente salvó…

El joven no se paró a pensar de dónde sacaría las fuerzas una mujer tan menuda y tan mayor… porque era cierto, en el recibidor había por lo menos quince personas en su misma situación. Se les identificaba enseguida porque estaban encima de un gran charco de agua.

—¿Les has preguntado qué hacemos todos aquí? —inquirió el joven.

—Sí: dicen que ésta es su casa.

* * *

            La señora miraba desde la cama la infinidad de fotografías que tenía colocadas en su alta rinconera acristalada. A veces se preguntaba cómo era posible tener fuerzas para sonreír estando postrada en una cama desde hacía tanto tiempo… sumida, como estaba, en un parto eterno. Pero no podía evitar sentirse inmensamente feliz al ver las fotos de todos sus hijos. No sabía sus nombres, pero eso era lo de menos. Sólo sabía que pronto volvería a verlos a todos, a cada uno de ellos, y podría estrecharlos contra su pecho como el primer día, aunque la mayor parte de ellos ya fuesen mayores… o al menos eso era lo que ella deseaba.

—Han nacido muchos seguidos… —le dijo la señora a su asistenta— ¿cuántos hay en el hall?

—Traje un montón de una riada, señora…

—¿Y están bien? —a la ajada dama se le ensombreció la mirada al pensar en lo que podía sentirse al estar en medio de una riada. Ella nunca había salido de aquella habitación pero sabía muy bien qué se sentía al ser dominada por una fuerza más poderosa… a veces lo más sabio era dejarse llevar.

—No se preocupe, señora; venir en compañía siempre es más fácil… para todos.

—Hazles pasar, por favor.

Y al momento, mansos y plácidos como ovejas, fueron pasando a los aposentos de la señora dejando a su paso el rastro líquido de su infortunio.

—¿Qué ha pasado?, ¿por qué se van?, ¿y adónde se dirigen?, ¿y por qué están tan tranquilos? —preguntó el chico retorciéndose las manos, preso de la inquietud que le producía aquel singular encierro.

—No lo sé… —suspiró la muchacha, quien también empezaba a contagiarse del estado de ánimo del joven y, sobre todo, empezaba a añorar profundamente a sus padres, a su hermano, a su novio… ¿Cuánto tiempo llevaba allí?, ¿realmente sólo un día?

—Tenemos que hacer algo, tenemos que salir de aquí… tenemos que conseguir apoyos… ¿Me acompañas?

Y juntos, se colocaron en el centro de la sala para tratar de averiguar con quién sería mejor aliarse. Los enfermos estaban tan tranquilos que no parecían tener deseos de irse, así que quizá lo mejor fuera acudir a los que tenían un mejor aspecto, con los que compartían idéntica mirada atónita.

—¿Podemos hablar con vosotros? —preguntó el chico a dos hombres de mediana edad que conversaban en voz baja en una de las esquinas del hall.

Uno de ellos vestía con elegancia y el otro llevaba puesto un fino pijama de hospital.

—Desde luego, ¿en qué podemos ayudaros? —respondió gentilmente el hombre del pijama.

—Queremos irnos y parece que no nos dejan —respondió el joven— Yo tengo una vida, un trabajo, una familia que me espera para cenar… estoy seguro de que estarán muy preocupados por mí.

—¿Estáis buscando aliados para un motín? —preguntó el hombre de traje, con una sonrisa acre.

—¡Algo así! —contestó la chica.

—¡No, esperamos no tener que llegar a eso! —terció él—. Simplemente queríamos saber si podríamos reunir a todas las personas que quieren largarse de aquí y abordar a la sirvienta para pedirle que nos abra la puerta…

—¡Y si no, empujar todos a la vez hasta que se abra! —insistió la muchacha, que no podía reprimir por más tiempo sus ganas de romper aquel sedante silencio.

Todos rieron en voz baja y, por un momento, el hombre del pijama olvidó la divertida conversación que mantenían los médicos que le estaban operando su hernia discal y el hombre trajeado olvidó la amargura que le embargaba hasta que se encontró a cierta anciana doncella extraviada junto al puente en el que estaba apostado…

* * *

Aprovechando un descanso de la dama, la criada arrimó una silla de patas torneadas y respaldo tapizado junto a la cama de su señora.

—Señora, discúlpeme, pero todo esto me parece un sinsentido —comentó la sirvienta, exhausta, apoyándose las manos en el costado — No entiendo nada…

—Ni yo, pero es lo que hay, querida, yo no elegí esta vida… —respondió, resignada, la vetusta dama.

—Pero, ¿no puede detener esto de ninguna manera?

—¡La energía no admite vacíos! —rió la señora, tratando de desdramatizar la situación e intentando cambiar de tema —. Dime, querida, ¿por qué hace tanto tiempo que no me traes ningún animalito?

—La gente es muy entrometida y ya no me lo permiten, señora, se ocupan ellos mismos…

—¿No tienen bastante con ocuparse de las plantas, las flores y los árboles?

—Parece ser que no…

La señora quiso decir algo, pero enseguida otra criatura brotó de su vientre. La criada se levantó, como una autómata, e hizo pasar a un hermoso niño africano, con los ojitos llenos de moscas.

—Ven, mi amor… —le dijo, la señora. Y el niño obedeció con alegría, como si supiese que en su regazo nunca más pasaría hambre.

* * *

Mientras, en el hall, el grupo de personas que no sabía qué hacía allí y que deseaba marcharse era cada vez más numeroso y hacía cada vez más ruido… Pero su joven líder quería hacer las cosas bien.

—Disculpe, ¿podemos hablar? —preguntó a la veterana sirvienta, interceptándola en otra de sus visitas al recibidor.

—Ahora no puedo, hijo…

—¡Vamos a marcharnos y queríamos pedirle por favor que le ordenara a su mayordomo que nos abra la puerta! —le dijo en voz alta, mientras ella se alejaba.

—¡Lo siento, joven, pero no puede ser! —respondió ella.

—Pero, ¿por qué? —gritó la chica.

Pero la criada ya había vuelto a entrar a la estancia de la señora y no se dio cuenta del revuelo que estaba organizándose en la entrada de la mansión.

—¿Cómo se encuentra? —le preguntó la sirvienta a su ama, con el miedo dibujado en los ojos.

—Bien, gracias… —le tranquilizó ella—. No has de preocuparte, de veras, ¡estoy bien! ¿No me ves?: ¡estoy llena de vida!

La sirvienta no entendía el buen humor que gastaba siempre su ama, eternamente convalenciente.

—¿Puedo hacerle una pregunta personal, señora?

—Claro, querida… — y le sonrió con los ojos, llenos de ternura.

—¿Qué sentido tiene todo este dolor y todas esas personas sufriendo ahí fuera…?, ¿no puede usted evitarlo?

—Yo sólo puedo hacer mi parte, pero no soy Dios y Él no está para estas cosas…

—¿Para qué está si no, entonces?, ¿no es el padre de todos sus hijos? —la criada olvidó por un momento su posición en la jerarquía.

La señora la miró por primera vez sintiendo tambalear el orden férreo que siempre las sostuvo y respondió con sencillez:

—Sí, pero Él sólo es un padre y lo único que puede hacer es inspirar fortaleza a sus hijos, como cualquier otro padre…

La criada insatisfecha no se daba por vencida:

—¿Y qué sentido tiene mi trabajo, señora?, ¿por qué necesita usted a todas esas personas?, ¿es que en el mundo no hay sitio para todos?

—Sí, querida: pero no para todos a la vez.

—¿Por qué?

La anciana aristócrata se acomodó entre las almohadas, se limpió el sudor de la frente y se quitó una pelusa invisible del camisón, para ganar tiempo… Afortunadamente, una nueva contracción la sacó del atolladero.

—Rápido, haz pasar a otra persona, por favor…

La sirvienta salió del dormitorio, molesta de no recibir las respuestas que durante tanto tiempo había deseado conocer, y buscó sin éxito por la sala a una mujer con el cráneo abierto y heridas de metralla por todo el cuerpo. Interrogó a varias personas, al mayordomo, abrió la puerta de entrada por si se había marchado, volvió a entrar en la habitación de su ama por si se había colado antes de tiempo… pero ni rastro.

De repente, escuchó el llanto de un bebé: provenía de la cocina. Cuando llegó, encontró a la mujer que buscaba en medio de una dolorosa estampa en la que le ofrecía su pecho seco a un niño, también ensangrentado, de tan sólo unos días de vida. La criada, con los ojos llenos de lágrimas, tomó al pequeño en sus brazos y la madre les siguió, sin parar de sollozar. Cuando el joven y su comitiva vieron la escena se quedaron sin palabras. Aquella anciana no tenía un trabajo nada fácil y era evidente que sufría mucho llevándolo a cabo…

La doncella, la mujer herida y el recién nacido se arrastraron lentamente hacia el dormitorio de la señora y entraron despacio… tan despacio, que el muchacho, aprovechando el patetismo de la escena, se coló dentro sin que nadie se diera cuenta.

—Oh, bienvenida a casa, hija mía… ¡y bienvenido tú también, querido hijo! —dijo la dama, emocionada, abriendo los brazos.

La madre y el hijo dejaron de llorar, como por arte de magia. Y, al instante, la señora les dio un abrazo tan amoroso que se fundieron en su pecho, como si fuesen mantequilla derretida, y desaparecieron. Y el joven por fin comprendió que no tenía un lugar mejor al que regresar…

 

© Vanessa Gil

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