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La deuda emocional

Como ya sabrás, tu mente no reacciona sólo a la realidad, sino también a tu fantasía. De hecho, el escritor Adolfo Bioy Casares, en su obra “Máscaras venecianas”, afirma algo con lo que no puedo estar más de acuerdo: Muchos opinan que la inteligencia es un estorbo para la felicidad. El verdadero estorbo es la imaginación. Es más, yo diría que la mayor parte del tiempo no respondemos a la realidad, sino a representaciones de ella (comentarios, imágenes, ideas sobre el pasado o el futuro… conceptos, en una palabra), es decir, aspectos inexistentes… Y ésa es la principal fuente de nuestro sufrimiento y probablemente una de las que más nos diferencian de los animales, pues es la que introduce el factor tiempo en nuestra vida (lo que fue, lo que será…), algo ajeno, en principio, a cualquier otra especie. Y es que este cerebro nuestro reacciona a las cosas que no existen produciéndonos las mismas sensaciones y emociones que si fuesen reales, como supongo que habrás experimentado, por ejemplo, con tus sueños. ¿Te despertaste algún día con una sensación de pesar, por ejemplo, por un sueño triste o en el que, incluso, lloraste? Y sin ir tan lejos: después de leer este párrafo, detente en seco. Mira dentro de ti y pronuncia mentalmente el asunto que más te preocupa en estos instantes.

(…)

Ahora trata de no pensar en él y mira a tu alrededor: ¿está este asunto ahora mismo delante de tus ojos perturbando realmente tu vida? Realmente, o sea, tangiblemente, materialmente, visualmente. Casi con toda seguridad la respuesta será “no”. Lo que te estará preocupando es un “devenir” de las cosas, todo un conjunto de aspectos, de opiniones, de juicios, de miedos… Eso es lo que te perturba, no el hecho en sí. Por ejemplo, tal vez mantengas una relación dañina con alguien. A menos que esa persona te esté maltratando en estos precisos segundos, lo que te perturba es que después de leer este artículo, te levantarás y probablemente tu vida continúe igual, tu relación con ella prosiga, los recuerdos del pasado te atormenten, los momentos de tensión se verán venir, tus dudas sobre permanecer a su lado te perseguirán, tus miedos a tomar una decisión aflorarán… Ése es tu sufrimiento, no la persona a la que le atribuyes tu dolor, que tal vez en estos momentos ni siquiera esté sentada a tu lado.

Para Vicente Simón, autor del artículo “La deuda emocional” que te estoy comentando, la deuda emocional es el impulso que tiene tu mente a comprometerse consigo misma (a apegarse, como dirían los budistas) con el fin de alcanzar o evitar en el futuro el objeto mental que le provoca la emoción, sea positiva o negativa. En el ejemplo anterior, sería la deuda que contrae tu mente con la idea que tienes de esa persona dolorosa para ti, ojo, NO con la persona en sí. Esa deuda que para mí, en muchos casos, es apego y hasta obsesión, suele hacer que sobrevalores a esa persona de una forma desmedida: tanto en el sufrimiento como en la felicidad, pues la conviertes en el centro de ambas cosas.

La deuda emocional suele darse hacia tu pasado o hacia tu futuro, como declara el autor, porque, como decíamos, no se basa en aspectos presentes, sino inexistentes y vinculados a alguno de estos dos tiempos:

Tienes deudas emocionales con tu pasado cuando no lo aceptas tal y como fue y desearías cambiarlo. No te libras de él, las imágenes y los recuerdos te persiguen, provocándote culpa, tristeza o cualquier otro sentimiento que hace que de tu herida siga manando dolor.

Tienes deudas emocionales con tu futuro cuando te apegas emocionalmente a tus metas y objetivos, generándote tanto deseos de cumplirlos, como incertidumbre y miedo de no cumplirlos.

La cara positiva de contraer deudas emocionales es que podemos alcanzar grandes logros como especie porque, ¿cómo sin la determinación y hasta obsesión de personas inteligentes, trabajadoras y tremendamente enfocadas a sus objetivos se habrían alcanzado ciertos progresos? No habría sido posible, eso es indudable. Y todo comienza con una idea. Una simple idea que germina y echa sus raíces en nosotros y no paramos hasta ver sus frutos.

Pero la cara negativa de este asunto es que esta deuda emocional es también fuente de mucho sufrimiento, como afirma Simón. Y hay muchos tipos de deudas emocionales que contraemos con nosotros mismos que no parecen, a priori, negativas y, sin embargo, pueden terminar siéndolo. Por ejemplo: los sueños, los famosos sueños. Tal vez tengas un fuerte deseo de tener tu propio negocio y te esfuerces para ello muchísimo. En el camino, crearás un vínculo con esa imagen de ti que en algunos momentos sentirás que te da fuerza… pero en otros, seas consciente o no, te estará encadenando. Porque si no logras tu objetivo, o simplemente lo abandonas o lo sustituyes por otro, no es ya que tengas sensaciones de frustración o fracaso, va mucho más allá: te seguirás sintiendo ligado a esa imagen de ti como empresario. Esa imagen es algo irreal, nunca existió, pero tu deuda emocional con esa imagen puede continuar años después de esos momentos. Es curioso, ¿verdad? Te imaginas una empresa que nunca existió y te identificas con el empresario que nunca fuiste: ambos hechos irreales que, sin embargo, te producen un dolor real. Y todo porque tus emociones se activaron con lo irreal del mismo modo que si fuese real.

Es muy normal funcionar así, entendiendo “normal”, como la norma extendida. Pero desde luego, no es nada saludable. Sin embargo, es posible “saldar” o “liquidar” esa deuda emocional. Es más, podemos llegar a no “contraerla”, consiguiendo así vivir más ligeros y felices. En el ejemplo del emprendedor, creo que se hace necesario tener una actitud permanentemente consciente para vigilar que todos esos mensajes con los que se educa y autoeduca la mente emprendedora y que en principio parecen positivos e inspiradores (“con persistencia todo se logra”, “hay que apuntar lejos”, “los muros sólo están para demostrar la fuerza de tus sueños”…), no se conviertan en una jaula de la que no podamos salir. De eso no hablan los blogs de emprendedores. Porque si nos dejamos deslumbrar por el brillo de nuestros propios sueños, corremos el riesgo de “monotematizar” nuestra vida para siempre. Y hacer que nuestra vida gire en torno a un único tema, a una única persona, a una única tarea… es empobrecerla, por más que los lemas inspiradores (del tipo que sea: en lo profesional, en lo amoroso…) afirmen lo contrario. Y es que (y cito textualmente al autor) la mayoría de seres humanos que hemos crecido en la cultura occidental nos hemos creado la necesidad psicológica de ser de otra forma a como ya somos. Estamos obsesionados por «llegar a ser algo» y una considerable parte de nuestras energías las dedicamos a transformar esos deseos en realidad (…) De ahí la necesidad de forzar la historia, de que las cosas se desarrollen de una determinada manera, de que la fábula acabe bien. Por eso es fácil que en la vida humana se produzca el drama, ya que muchas veces las cosas se tuercen y entonces se vive el desmoronamiento del self imaginado. El sujeto suele vivir para un mundo imaginario cuyas dimensiones sobrepasan, con mucho, a las del mundo real y a las posibilidades concretas que, como ser limitado que es, tiene a su alcance.

Vicente Simón afirma que es perfectamente posible que generemos una imagen mental de algo que nos seduzca, pero si somos capaces de no comprometernos con ella a pesar de nuestras emociones y de no incorporarla a nuestra vida como una parte más de nosotros mismos, no llegaremos a contraer esta deuda emocional. Un simple deseo no basta, requiere esa autoexigencia que nos imponemos para lograrlo. Por eso, la verdadera frustración surge si hubo deuda emocional. Y ése es el motivo, indica Simón, por el que no nos frustramos si no nos toca la lotería: porque normalmente no nos “obligamos” a que nos toque, comprando décimos sin parar. En este ejemplo lo vemos claro porque es algo que escapa a nuestro control. Pero en otros casos (perseguir un sueño, emprender un negocio, enamorarnos…) obviamos la parte que no depende de nosotros (que a veces es inmensa) y nos autoexigimos alcanzarlo, como si solo el poder de nuestra voluntad fuese suficiente.

Tal vez no desees saldar tu deuda contigo mismo porque la vivas como algo saludable. Pero si no es así y deseas salir de esta situación de endeudamiento contigo mismo y evitarla en el futuro, coincido con el autor en que sería bueno que aceptes tu realidad con una actitud comprensiva, sea cual sea. Y que aceptes también que tu mente va a seguir generándote deseos apetecibles (o imágenes recurrentes del pasado) y ser consciente de ellos, sin condenarte (sólo observándote)… pero sin comprometerte, regulando tu ambición y tu afán de logro. ¿Significa esto que debes dejar de desear y de planificar cosas y de emocionarte con ellas? No, en absoluto. Significa, como afirma Simón, renunciar a la exigencia que normalmente ejercemos sobre los acontecimientos del porvenir. Exigencia que nos lleva a condicionar nuestro bienestar (supuestamente futuro pero en realidad presente) al cumplimiento de ciertas condiciones que nosotros mismos nos hemos impuesto.

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