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La necesidad del conflicto en la pareja

Tuve una larga relación que terminó minada por el desgaste de los conflictos. Ahora tengo una nueva pareja, llevamos poco tiempo y todo es tan bonito que me parece mentira. Pero empiezan a surgir conflictos y temo acabar igual que en mi relación anterior…

Se dice que la primera fase del amor es pasajera y se habla de ella, por un lado, como algo maravilloso y tan emocionante que muchas personas, adictas a ese chute de endorfinas e incapaces de asistir al amaine de su pasión, ponen fin a su relación y van en pos de una nueva. Pero, por otro lado, esta primera fase se percibe también como algo engañoso y hasta irreal. Se dice que nos “atonta” o nos “ciega”. Yo no sé si, como decía Gala en Las afueras de Dios,  el amor es ciego o “hipermétrope, pues ve virtudes y bellezas donde el ojo humano corriente no ve más que desperfectos”. Lo que sí sé es que si el amor no es bonito ni siquiera al principio, ¿cuándo lo va a ser? Porque ¿cómo va a nacer si no? Y, lo qué es más importante, ¿qué le depara? Quiero decir, que el hecho de que la relación sea tan perfecta a nuestros ojos no me parece intrínsecamente malo. Estás enamorado: admiras a tu pareja y tu relación con ella tiene valor para ti. Eso es positivo. Ahora bien, querer lo perfecto es sencillo, no tiene ningún mérito. La esencia del amor es amar lo imperfecto. Ésa es la gracia del amor. Si quisieras un amor perfecto, deberías profesárselo a una estatua, que nunca cambiará porque no tiene vida. Tu pareja tiene vida y, como cualquier ser vivo, está en constante cambio. Tanto es así que, libre como es, podría dejar de quererte. O tú a ella. He aquí lo inasible del amor, puro mercurio entre nuestros dedos…

Empezamos una relación amorosa y mostramos nuestra mejor cara porque es de la que pensamos que el otro se ha enamorado. Y tratamos de mantener la pose todo lo que podemos para que nuestro amor no se resienta. Pero resulta que no somos una estática fotografía, sino, en todo caso, más bien un video: necesitamos movernos y cambiar de postura para poder seguir siendo nosotros mismos y sintiéndonos cómodos. Y entonces aflora nuestra naturalidad, nuestra espontaneidad… nuestra libertad. Y, con ella, los conflictos asociados. Porque, lógicamente, somos personas individuales y diferentes unas de otras, cada una con unos “sentires” y unos “quereres” diferentes. Luego, los conflictos son inherentes a cualquier ser que se precie de estar vivo. Y medir la salud de una relación sólo por su cantidad de conflictos es como valorar la belleza de una flor por la cantidad de malas hierbas que la rodean. Es más, lo de “malas” es un juicio de valor: son hierbas con entidad propia que juzgamos como negativas porque no nos parecen hermosas respecto a la flor principal.

Sabiendo esto, ¿qué hacer ante los conflictos? Si los evitamos a toda costa caeremos en la autorrepresión y, finalmente, en el silencio y el hastío o, lo que es lo mismo, la muerte del amor. Pero si tenemos hacia ellos una actitud demasiado activa en nuestro intento por afrontarlos, terminaremos viendo conflictos donde no los hay y discutiendo por deporte. Porque afrontar un conflicto inevitable es una cosa y hacer de nuestra relación un conflicto permanente es otra bien distinta, ¿verdad? Entonces ¿cómo hallar el “justo medio entre extremos” que decía Aristóteles?, ¿dónde está el punto de equilibrio?

Bajo mi punto de vista, es importante que te preguntes si esos conflictos que vives son necesarios o innecesarios:

Los conflictos son innecesarios cuando, siguiendo la metáfora de la flor, surge una ¿mala? hierba a su lado, pero la flor puede seguir creciendo tranquilamente. Es decir, cuando surgen de planteamientos equivocados y que nada tienen que ver con lo que la relación de pareja necesita en realidad: cuando nos peleamos con el otro por prejuicios y “etiquetados” (no ver al otro como realmente es), por la necesidad de controlarle, de buscar culpables, de tener razón… Es MUY frecuente en muchas parejas: la relación termina convirtiéndose en un campo de batalla a la mínima ocasión en el que se libran enfrentamientos por el control de la energía o el poder de uno sobre otro… la posesión, en resumidas cuentas, que suele dar lugar a luchas descarnadas seguidas de reconciliaciones ardientes. Un juego maquiavélico que a las personas adictas a las emociones y a los juegos de poder les hace sentir que su relación está viva. Que su vida es emocionante, como un culebrón. Un concepto del amor (¿lo es?), a mi juicio, tortuoso, dañino y poco práctico porque ¿qué retos de la vida se esperan afrontar juntos cuando la propia relación ya es, por sí misma, todo un reto…?

Los conflictos son necesarios, al hilo de la metáfora anterior, cuando la mala hierba realmente lo es y amenaza con ahogar a la flor. Es decir, cuando surgen a partir de situaciones o aspectos tras los cuales se intuye la necesidad de trascenderlos para hallar un punto de entendimiento y armonía más elevados.

 

Nacemos con un ego. El ego es lo que creo que yo soy, mi idea de mí. Un ente creado por mi mente para poder “tenerme” a mí misma y relacionarme con el mundo. Pero no deja de ser un artificio, pura construcción mental. Y solemos relacionarnos de ego a ego: te hablo desde lo que creo que soy a ti, a quien creo que eres. Y surgen los conflictos porque, como bien resume la ventana de Johari, resulta que de las cosas que yo conozco de mí algunas las conoce el otro, pero otras no… También hay cosas de mí que el otro sí puede percibir, pero yo soy incapaz de ver. Y, para terminar, hay cosas que ni el otro ni yo podemos ver de mí. Pero todas ellas son fuerzas que operan en mí y, por supuesto, del mismo modo en el otro. Teniendo en cuenta todo esto, ¿cómo no van a existir conflictos? ¡Lo extraño sería que no existiesen! 🙂

Lo que sí creo es que hemos de ser especialmente cuidadosos si tenemos la creencia interior de que “discutimos como todas las parejas”, pues si bien es cierto que todas las parejas tienen desacuerdos porque los conflictos son naturales, también lo es que no todas ellas discuten siempre como consecuencia de los mismos.

Un conflicto bien canalizado es una oportunidad estupenda para fortalecer tu vínculo y llevar tu relación a unas cotas más altas de armonía. Pues sólo creces y vas más allá de tu pequeña realidad cuando estás en contacto con lo que es distinto a ti, con “lo otro”. Además, así como la felicidad no se mide por la ausencia de problemas; la buena salud de tu relación no se mide por la ausencia de desacuerdos, sino por vuestra capacidad para manejarlos  y desenvolveros en ellos. Pero para ello es esencial que permitáis que vuestra concepción del conflicto evolucione: que deje de ser un modo de rebelaros (lucha), para convertirse en una forma de revelaros (descubrimiento).

Manejar nuestros conflictos, bajo mi punto de vista, es una cuestión tanto de forma como de fondo y, en ambos casos, el autocontrol es la clave:

De forma, porque el tono es esencial. La voz es un instrumento de proximidad. Solemos emplear un tono de voz más suave y un volumen más bajo cuanta mayor es la intimidad de la situación de pareja. Y somos conscientes de que estas circunstancias fomentan una comunicación aún mayor. Y es que cuando estamos muy cerca, no necesitamos hablar más alto, ¿verdad? No dejéis que la voz os aleje y permitíos resolver vuestros conflictos en el mismo nivel de cercanía e intimidad en el que os relacionáis habitualmente.

De fondo:

1. Elige el momento.

No estamos hablando de pedirle un aumento al jefe, así que no me estoy refiriendo sólo a buscar un momento en el que el otro esté de buen humor. Voy mucho más allá. Si decides hacerte cargo de ti mismo DE VERDAD, te comprometes a responsabilizarte de tu interior. Parece una afirmación gratuita, pero no lo es en absoluto: se trata de no usar al otro de nuestro “basurero emocional” y no abusar de la atención que acostumbra a brindarnos. O, lo que es lo mismo, por urgente que te parezcan tus necesidades emocionales, has de ser capaz (si crees que amas y respetas de verdad) de hacerte cargo de la situación presente del otro y posponer esa interesante pero delicada conversación a un momento en el que el otro esté más disponible y pueda recibirla de la que forma que tú deseas.

Y, como siempre, el equilibrio: no te precipites, espera porque te vendrá bien serenarte… pero tampoco te excedas en demorarlo, pues el hecho de que puedas “rumiar” demasiado una queja en tu interior hace que te “cargues de razones” (es decir, que te auto-retroalimentes) y después estés tan aferrado a tu punto de vista que se vuelva imposible el diálogo.

2. Sé auténtico.

Atrévete a expresar tu verdad del todo y siempre. Aunque sepas que estás equivocado, aunque al ponerle voz te des cuenta del defecto que expresa y eso te haga sentir ridículo o vulnerable. Las “fuerzas del mal” operan desde la sombra: ponles luz y verás que todo es mucho más superable de lo que esperabas.

3. Silencia tu voz interior.

Cuando escuches al otro, cállate también por dentro: acalla tu mente. En ocasiones, estamos elaborando nuestra respuesta mientras la otra persona está aún exponiendo su postura. O seleccionamos parte de su discurso como arma arrojadiza para usarla en nuestro contraataque. Trata de preguntar para obtener más información y con una actitud conciliadora. Recuerda que esto es un “yo gano-tú ganas”, si uno resulta victorioso y el otro herido, habrá resultado un conflicto innecesario, un desgaste inútil.

4. Empatiza con el otro.

Parece paradójico, pero para que nos entiendan, primero hemos de entender nosotros…

Es importante que partas del modo de ser y de pensar del otro para que puedas comprenderle en profundidad. Pero también es esencial que disocies tu comprensión de tu apoyo porque tú tienes muchas opciones:

  • no comprender al otro, pero respetarlo amorosamente;
  • entender su punto de vista, pero no estar de acuerdo;
  • no estar de acuerdo y, a pesar del todo apoyarle;

5. Separa la crítica de la persona.

En lugar de juzgar y etiquetar a tu pareja en su totalidad por unos hechos concretos, prueba a utilizar el modelo XYZ: “cuando tú dices X, yo me siento Y, cuando yo preferiría que ocurriera Z”. Esto os ayuda a enfocaros en el problema exacto, pues cuando discutimos, como todos sabemos, nuestras efervescentes emociones nos hacen mezclarlo todo, y al final por un detalle sin importancia se cuestionan todos los años de relación.

6. Dinamiza los roles.

Con demasiada frecuencia suele recaer en un solo miembro de la pareja la función de sacar a relucir los conflictos, pero es preciso dinamizar los roles en la relación para evitar situaciones enquistadas en las que uno parece tener siempre la obligación de silenciar sus sentimientos y el otro de expresarlos.

 7. No des las cosas por sentado.

Es positivo leer entre líneas y darse cuenta de las emociones, deseos y necesidades no expresados del otro. Pero es peligroso pensar que lo sabemos todo del otro (y viceversa). Pregunta, contrasta y averigua, no supongas nada. Además, lo que ayer fue cierto, quizás hoy ya no lo es…

8. Perdona y olvida.

¿Qué es eso de “perdono, pero no olvido”? En el amor perdonamos y olvidamos todo porque tras cada conflicto nos reseteamos, empezamos desde cero. Es como cuando las personas religiosas se confiesan y comulgan, que están libres de pecado. Pues nosotros también: dejamos atrás el conflicto, el dolor y el resentimiento. Nada de “te lo dije”, ni reproches guardados en el cajón. La vida es demasiado corta como para vivirla cargando con una mochila tan pesada…

Un abrazo,

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