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La buena nueva

Mi nombre es Alfonso y vivo en esta residencia desde hace ya seis años. No me vas a creer, a mí todavía me cuesta creerlo… pero cuando empecé a hacerme viejo y a dejar de ser útil, mi familia me abandonó una tarde de agosto en una gasolinera sin equipaje alguno, ni documentación, ni nada que llevarme a la boca… Me quedé tan desorientado que no vi una enorme autocaravana que paraba en esos momentos a repostar y me di un fuerte golpe que me hizo caer y fracturarme la cadera. Nadie me vio, así que pude haberme quedado allí mismo de no ser por uno de los empleados de los surtidores que se dio cuenta, me llevó al hospital y después se encargó de que me trajesen a esta residencia.

La verdad es que, a pesar de todo, estoy teniendo una vejez digna. Las chicas que me atienden son muy amables y no permiten que me falte de nada: me dan buena comida, buena charla, largos paseos y muchísimo cariño. Yo me siento muy bien y, aunque arrastro ésta y otras heridas de guerra que me impiden caminar como cuando era mozo, me encuentro en pleno uso de mis facultades mentales. Otros compañeros no tienen la misma suerte que yo y se pasan el día con la mirada perdida, prendida, quizá, de algún pasado feliz que ya jamás volverá… Algunos de ellos están tan tristes y enfermos de soledad que, incluso, se autolesionan y se provocan heridas que les llevan a morir en pocos días. La verdad es que las noches sin luna me da por pensar que esta residencia es como el corredor de la muerte: todos la tememos, pero todos la esperamos.

Después del desayuno y de mi paseo matinal, Laura me lee el periódico y me cuenta sólo las buenas noticias. Dice que a esas horas todos estamos muy sensibles como para teñirnos de buena mañana con la negrura del mundo. Pero claro, la lectura es breve, no sé si porque hay realmente pocas buenas noticias o porque los periódicos piensan que los lectores se sienten menos infelices cuando ven que hay otros en peor situación que ellos, no lo sé… Nunca fui muy buen lector, pero siempre me interesaron las buenas noticias. Y la de hoy no me resulta nueva, pero sí buena: esta noche es Nochebuena.

Laura piensa que la Navidad debería celebrarse como los años bisiestos: cada cuatro años. Yo la miro sin poder dar crédito a lo que dice y ella me cuenta:

—Piénsalo bien —me cuenta, tratando de hacerme recapacitar—. Hoy en día el supuesto espíritu de la Navidad no existe. La Navidad no es un estado del alma, ni un sentimiento de amor y fraternidad. Es una simple sensación “estética”. Es Navidad cuando encendemos el televisor y suenan cascabeles en los anuncios y todo se llena de rojo, verde y dorado. Es Navidad cuando salimos a la calle y todo está lleno de luces. Y, por supuesto, es Navidad si recibimos regalos. Si no, no nos parece auténtica… Y claro, como lo único que interesa es vender ¡cada vez las fiestas empiezan antes! Así lo único que consiguen es saturarnos de Navidad… si es que esto es la Navidad…

Yo intento decirle que adoro cómo engalanan las calles, que las luces de los caminos y avenidas son para mí una de las dos cosas más hermosas de esta época… pero ella no me escucha, está demasiado ocupada quejándose.

Pero como tú sí me estás escuchando, te contaré cuál es la otra cosa que para mí hace que la Navidad sea Navidad…

—¡Feliz Navidad, Laura! —dice Jaime, uno de los voluntarios de la residencia, interrumpiendo mis pensamientos.

—¡Gracias, Jaime! ¡Feliz Navidad para ti también! —responde ella, con un repentino rubor en sus mejillas.

Ahí está; la segunda cosa más hermosa de la Navidad: los buenos deseos. La Navidad es la única época del año en la que todos formulamos, de corazón o no, buenos deseos para los demás. Con los años, he llegado a la conclusión de que el hecho de que los deseos sean sinceros o no, es lo de menos. Si yo no deseo que tengas unas fiestas felices pero, aun así, te lo expreso, bien sea porque creo que tú esperas oírlo o porque está bien visto y no quiero quedar mal… lo cierto es que, de cualquier manera, con mis palabras estoy demostrando tener un detalle bonito hacia ti y eso, créeme, en los tiempos que corren es más que suficiente. Cuando era joven, detestaba los tópicos, pero ahora pienso que cuando las cosas se repiten una y otra vez llegamos a creer que son ciertas. Y si al cabo del día nos repetimos tantas cosas que son falsas, a nadie le puede hacer daño que repitamos a nuestra gente los mismos buenos deseos año tras año, una y otra vez…

El uso de la palabra “feliz” no está demasiado extendido, quizá porque la felicidad tampoco… pero, ahora que lo pienso, sería fantástico que cuando las empleadas de la residencia se fuesen, se despidiesen con un “¡feliz día!”, en lugar de con un simple “hasta mañana”. O que cuando nos sirven la comida nos deseasen un “feliz almuerzo” en lugar del aséptico “que aproveche”… A algunos niños, sus mamás les desean “felices sueños” antes de darles un beso en la mejilla y arroparles. Nosotros somos viejos, pero seguimos necesitando tener sueños felices, sobre todo ahora que dormimos tanto y que no sabemos si despertaremos a la mañana siguiente…

Laura termina de leerme las escasas buenas noticias del día y me lleva a dormir la siesta de la mañana. Yo la miro y, por su expresión de ensueño, creo que desde hace unos segundos la Navidad ha adquirido un nuevo sentido para ella. Paciente con mi cojera, me acompaña hasta mi cama, pero esta vez ella camina incluso más despacio que yo: su mirada está puesta en el joven voluntario, quien, sabiéndose observado, hace gala de toda su ternura con mi compañero de habitación, mulléndole bien el colchón y aflojándole la venda del costado, para que pueda reposar su costilla rota lo más cómodamente posible.

Laura me sonríe y me dice:

—Toma, Poncho… porque eres el más lindo del refugio —y me da una galletita con forma de hueso, mientras me rasca cariñosamente la cabeza.

Y ambos jóvenes se van, dejándonos solos a mi compañero con sus dolores y a mí con mis sueños… Cuando llegan estas fechas, sueño una y otra vez lo mismo: la Nochebuena de hace catorce años cuando apenas era un cachorro y mi dueño se encariñó conmigo a través del cristal de una tienda de animales. Por la facilidad con la que se desprendieron de mí ocho años después, no debí de costarles mucho dinero, pero ahora no quiero pensar en eso… sólo quiero recordar los ojos castaños del pequeño Pablo cuando le dijo a su padre:

—¡Oh, papi, si me compras este perrito, te prometo que no tendrás que comprarme nada más ninguna Navidad durante el resto de mi vida!

Yo le creí. Pero el tiempo pasó y yo dejé de ser un cachorro adorable para convertirme en un perro vulgar que empezaba a ser un problema a la hora de salir de vacaciones… Además, nadie tenía tiempo para mí. A veces, incluso, me tenía que hacer mis cosas encima y a las tres o cuatro horas cuando regresaban, olvidados por completo de mis necesidades, me regañaban, como si yo hubiese tenido la opción de coger las llaves y salir de casa yo solo. Pero ya es suficiente, he dicho que no quería pensar en eso…

El refugio estaba muy animado todos los años por esas fechas. Decenas de familias, llevadas por el espíritu de la Navidad en el que Laura no creía, querían adoptar un perrito para que a partir de ese día formara parte de sus vidas. Mis compañeros jóvenes exhibían todo su repertorio de habilidades y no tardaban en encontrar una familia que les quisieran. Yo me alegraba sinceramente por ellos y les despedía con un movimiento de mi rabo. Pero ellos estaban tan entusiasmados que ni me veían… se les veía tan felices… Mis compañeros más mayores trataban de ganarse una plaza en el corazón de las personas despertando su compasión y para ello no dudaban en lanzarles unas miradas tan lastimeras que si en mi pata hubiera estado, habría sido el primer perro en adoptar a otro perro, sin duda alguna… También tenían relativo éxito con su estrategia, pues siempre había personas tristes que deseaban tener a su lado seres que comprendieran y compartieran su desdicha y descartaban a los cachorros juguetones que imponían su alegría.

Yo no tenía ninguna estrategia porque no aspiraba a encontrar, a mis años, hogar alguno. Si el refugio me parecía a veces el corredor de la muerte era, sobre todo, porque yo estaba condenado a cadena perpetua y sentía que cuando las familias se asomaban a verme era como si revisasen mi caso y me preguntasen si estaba arrepentido por el crimen que nunca cometí. Pero es que nunca cometí delito alguno, como no fuera el de querer y no ser querido… Así que cuando la gente venía a verme, no experimentaban emoción alguna, pues yo me limitaba a mirarles y a mover alternativamente las cejas, mientras esperaba a que se cansaran y se fueran a otra jaula con ejemplares más atractivos.

Esta tarde ha venido a verme una niña con los mismos ojos castaños de Pablito, pero con una mirada mucho más… ¿cómo expresarlo? Aquella niña no para de mirarme; se pasea por el resto de los cheniles una y otra vez, pero siempre vuelve al mío y me mira en silencio, sin llamarme siquiera.

—¿Cuántos años tiene ese labrador? —pregunta, por fin, a Laura.

—Tiene unos catorce años… y una leve cojera… —y entonces sé de verdad cuánto me quiere esa joven y cuánto teme que me aparten de su lado.

—¿Qué esperas que te dé un perro de catorce años, cariño? Apenas podrás jugar con él, ni correr… y a saber cuánto tiempo le quedará de vida… —le dice su madre, que no quiere un abuelo discapacitado en su casa.

—¿La pregunta no sería más bien “qué le podemos dar nosotros a él en la vida que le quede”, mamá?

Y dicho esto, me sacan de la jaula…

Y así fue como descubrí el día antes de Navidad que la verdadera libertad tiene también sus propios barrotes: unos barrotes suaves y cálidos como los brazos de una niña…

© Vanessa Gil

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