En peligro de extinción

—¡Ya lo tengo, ya lo tengo ! —gritó la mujer de las manos grandes, aprovechándose de la debilidad de su presa— ¡Por fin, el halcón ha caído en mi trampa!

La mujer de las manos grandes, que en ese momento sostenía a una aterrada criatura con aire triunfal, se llamaba Ellen. El halcón, aturdido, sintió que las manos grandes le anudaban las patas y le colgaban cabeza abajo junto a otras aves muertas… Muertas… ¿sería ése su destino ? El halcón desconocía la respuesta, pero sentía cómo poco a poco se le iba cerrando la leve herida que Ellen le había causado para capturarle, mientras que otra, más grande y profunda, se le abría en su alma.

Horas después llegaron al rancho de la mujer. Tommy, su hijo, salió a recibirla con el rostro iluminado.

—¿Es para mí, mamá ? —preguntó el niño señalando tímidamente al halcón— ¡Por favor, di que sí, dime que no lo vas a matar!

—No lo voy a matar, Tommy, el halcón es una especie protegida… está en peligro de extinción.

—Ah… entiendo —respondió el niño sin alcanzar a comprender del todo las palabras de su madre—. Entonces, ¿nos lo quedaremos?

Ante la afirmativa de Ellen, Tommy sintió que los años de soledad en aquel rancho apartado del mundo habían terminado. Lo primero que haría sería darle un nombre a su nuevo amigo. ¿Le gustaría el nombre de “Tristan”? Tommy miró al halcón con expresión interrogante y éste le devolvió la mirada. “Sí” se dijo el niño “se llamará Tristan”.

Tristan pasó los primeros días en una cuadra especialmente habilitada para él, donde Ellen, rayando el alba, le entrenaba en diferentes tipos de vuelos y acrobacias para poder presentarlo a la próxima feria del condado. Al caer la tarde, sus alas se relajaban y esperaban con ansiedad las caricias de Tommy. Era entonces cuando Tristan, de la mano del niño, recorría de palmo a palmo todos los rincones del rancho.

Una tarde, cuando la visita diaria estaba a punto de concluir, Tristan fue llevado por primera vez a un lugar aún desconocido para él: el palomar. Allí, centenares de palomas y otras especies de aves de todos los colores y tamaños, se apretujaban en diminutas jaulas pasivamente, como si con su encierro físico hubieran encerrado también sus ansias de volar, de vivir… Entre todas las palomas, Tristan se fijó en una, la que parecía más triste, y trató de acercarse a ella. ¡Lástima que Tommy, ignorante de la sensibilidad animal, se lo impidiera! Y así pasaron las siguientes tardes para Tristan: mirando a una linda paloma que ni siquiera se percataba de su presencia, de tan sumida como estaba en su propia melancolía.

Mientras tanto, la mujer de las manos grandes había adquirido otra pieza salvaje para su colección: un hermoso caballo gris que se resistía tanto a ser domado, como si en ello le fuera la vida… o acaso es que así era. Una noche de tormenta, el caballo comenzó a inquietarse, relinchando y encabritándose violentamente. Al oír el choque de los cascos contra las paredes, Ellen temió que éstas se vinieran abajo y acudió al lugar con una fusta en una mano y con una lámpara de aceite en la otra para defenderse de la oscuridad de la noche. La mujer no se lo pensó una vez y azotó al animal con la fusta, con el propósito de amainar su bravura. Sin embargo, esto no hizo más que enfurecer al caballo que, fuera de sí, propinó tal coz a su domadora que le hizo caer al suelo, aullando de dolor. Hecho esto, el caballo saltó por encima de Ellen, desafiando su poder, e inició su galope hacia nadie sabe dónde… hacia algún lugar sin establos, sin fustas y sin hombres. Ellen trató de perseguirlo, sin advertir que la llama de la lámpara de aceite había prendido fuego en el heno esparcido por el establo.

Las llamas no tardaron en propagarse por toda la estancia, proyectando un gran resplandor que logró despertar a Tommy. El niño, tratando de mantener la calma, salió a buscar a su madre, quien en ese mismo momento venía de regreso con sus grandes manos vacías. Ellen, consciente de su impotencia ante el incendio, decidió que lo mejor sería ir a buscar ayuda… pero antes debía salvar al halcón, el animal más valioso que poseía y al que tantas horas de trabajo había dedicado. Tommy la acompañó y, juntos, no tardaron en avistar a Tristan, que en ese preciso instante se debatía desesperadamente por liberarse de la cuerda que lo sujetaba por una de sus patas. Lo desataron pero, en lugar de permanecer quieto y tranquilo entre los suaves brazos del niño, el halcón se desasía de éstos, intentando volar en una dirección determinada… pero, ¿hacia dónde? “¿adónde se proponía llegar Tristan ?”, se preguntaban madre e hijo.

Por fin, el ave consiguió llevar a Ellen y a Tommy a su objetivo: el palomar. Tristan aleteaba nervioso, agitando su espléndido plumaje pardo ante el sorprendido rostro del niño. Entonces Tommy comprendió que las largas miradas que el halcón sostenía últimamente al infinito no eran tales, sino que se dirigían hacia las jaulas de las palomas, pero ¿por qué? Sin embargo, ya era demasiado tarde para hallar la respuesta: en sólo unos segundos las llamas alcanzaron el palomar con todas las aves en su interior, incluida aquella paloma de honda tristeza que sólo había sido importante para Tristan.

Cuando el halcón se dio cuenta de que ni Ellen ni Tommy habían hecho nada por salvarla, desplegó sus entumecidas alas como nunca lo había hecho y ascendió por el aire emitiendo un doloroso graznido… algo así como un sollozo. Después de describir varios círculos en su vuelo sobre el rancho, Ellen pensó que Tristan descendería y se fue confiada a buscar ayuda para sofocar las llamas. En cambio, el niño, que empezaba a abrir los ojos a la evidencia, supo que no lo haría. Tristan no volvería. Tommy acababa de comprender que para él las “especies protegidas”, desde ese momento, lo serían todas.

 

© Vanessa Gil

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