¡Déjate en paz!

Todo esto del crecimiento personal me parece muy bonito y cuando leo cosas positivas de verdad que siento que me llegan y pienso que me están haciendo bien. Pero luego, en la práctica, los efectos de eso que acabo de leer o reflexionar se desvanecen. Digamos que estas cosas se quedan en mi cabeza y ahí al rato se evaporan… Y en mi día a día siguen los agobios, los disgustos y el malestar.

Si algo que lees te hace bien, no es porque el autor esté iluminado y libre de pesares y te esté confiando la receta secreta de la Coca-Cola. Sino porque eso que te dice te está recordando una verdad que tú, en realidad, ya conoces (aunque no la recuerdes, pero vive dentro de ti). Porque si no la supieras, no resonaría en ti; no te dirías por dentro “si es que es cierto…”. Lo que ocurre es que del mismo modo que irte a correr un día no elimina tu sobrepeso, leer un libro de crecimiento personal no transforma tu mente de un día para otro, de manera mágica. No funciona así. Creo que funciona más bien alrededor de 4 conceptos:

Tu esfuerzo consciente

Imagina que tienes un campo que has arado formando surcos. Si viertes una jarra de agua en él, el agua tenderá enseguida a seguir el camino que tú has creado con tus surcos. Y cuanto más profundo sea tu surco, más agua atraerá, de manera natural. Pues tu mente es igual: es un campo lleno de surcos que tú has arado a base de hábito, de repetición. Y si has arado en él ciertas formas de pensar y reaccionar, lo natural es que ante cada nueva circunstancia tus pensamientos y emociones, como el agua, vayan por ese surco que, seguramente de forma inconsciente, has creado a lo largo de los años. Deshacer ese surco y crear surcos nuevos que te lleven a formas de estar en el mundo más saludables no es ni fácil ni inmediato. Si así fuese, uno se leería un libro como quien se toma una pastilla para el dolor de cabeza. Por el mismo motivo que cuando el dolor de cabeza no remite es porque hay otras causas y a veces se hace preciso recibir masajes que alivien la tensión cervical, tratar de dormir más, reducir las horas de trabajo… es decir, todo un trabajo, todo un esfuerzo; del mismo modo cuando el “dolor de la mente” no cesa, se hace necesario algo más que la lectura. Y normalmente es tan sencillo de entender (y tan difícil de hacer) como llevar a la práctica justo eso que has leído y que sientes que tanto bien te ha hecho.

Llevar a la práctica en profundidad eso que has leído y que tanto te ha gustado, implica algo muy costoso y a lo que muy pocas personas están dispuestas de verdad: estar todo lo consciente que puedas cada día para poder “cazarte” en aquellos pensamientos, emociones y actitudes que te llevan por el “surco” dañino para ti y elegir conscientemente los que te hacen sentir paz. En palabras de Gandhi: no hay caminos para la paz, la paz es el camino… Y has de reconducirte por el nuevo surco que quieres crear con suavidad, con paciencia. Porque si llevas toda tu vida con la misma música de fondo, no puedes esperar que cambies de disco y tu mente asuma la nueva melodía así como así. Dentro de ti seguirá sonando la antigua, aunque sea molesta, pero será muy persistente (y tanto más cuanto más violentamente la quieras expulsar de ti).

Pero dime, de las horas que estás despierta en tu día, ¿cuántas empleas para mantener tu conciencia alerta a tu interior y tu exterior y cuántas para distraerte, divagar, entretenerte…? Si son más de la segunda, es lógico que una simple lectura de dos o tres horas de duración no consigan en ti el efecto que deseas, ¿verdad?

La buena noticia es que por más que sufras, y por más que no sepas cómo dejar de hacerlo, lo mismo que te daña, te está indicando la salida: tu dolor es tu guía. Bien, es posible que tu dolor no te diga exactamente lo que tienes que hacer y tengas que descubrirlo tú, pero lo que sí es cierto es que tu dolor funciona como un “termostato” de tu paz interior. Un termostato es un interruptor que abre o cierra un circuito eléctrico en función de la temperatura. Así, por ejemplo, el termostato de tu calefacción se desactiva cuando en tu hogar se alcanza una temperatura confortable y vuelve a activarse cuando empieza a sentirse el frío. En el caso que nos ocupa, el “termostato” es tu dolor, que hace que tu mente se active para devolverte a tu estado natural, que es la paz, el bienestar interior.

Porque si deseas la paz interior y te perturbas por todas las cosas que la dificultan es porque la paz es tu estado natural y por muchas tensiones que debas o elijas soportar, siempre hay en tu interior un resorte que intenta devolverte a ese anhelado estado de serenidad perdida. Somos, en ese sentido, como gomas elásticas, que, en cuanto se sueltan, tratan de recuperar su estado inicial de relajación. El problema surge cuando la goma se tensa tanto que “olvida” su estado natural y, viéndose incapaz de recuperarlo, se “da de sí” sin remedio…

Tu tiempo

¿Dónde se desarrolla tu vida?, te pregunto. Si tu vida tiene lugar en (al menos) dos dimensiones, espacio y tiempo, para que algo suceda en ella has de proporcionarle suficiente sitio y suficientes horas, ¿no crees?

En cuanto al tiempo, y dado que el número de horas del día es el mismo para todos, vale la pena pararte a pensar profundamente cuáles son tus prioridades y qué lugar ocupa tu deseo de paz interior en esta lista. Porque igual descubres que es algo que deseas así como en abstracto, pero que luego, en la práctica, no estás dispuesta a dedicarle tiempo de tu vida y prefieres dedicárselo a otras cosas. Esto no es ni bueno ni malo, tan sólo es que es vital que seas honesta contigo misma y, sobre todo, coherente. Y si deseas algo mucho, que tengas las agallas de sacudirte tu pereza e ir a por ello. Y si no estás dispuesta a hacer el esfuerzo, aceptes que quizás tu deseo no es tan importante como creías. Lo que no puede ser, como no se puede vivir, es queriendo una cosa y haciendo otra. Eso es lo que nos produce sufrimiento y “desmembramiento” interior, vivir con fuerzas opuestas dentro de nosotros. La tensión de opuestos, es necesaria para la vida, pero mantener esa lucha interna de manera constante nos mina las fuerzas y terminamos más que viviendo, dejándonos morir…

Tu espacio

En cierto concurso de dibujo sobre el tema “La Paz” fueron presentados diversos cuadros que representaban dulces amaneceres, apacibles ocasos, prados soñolientos… Sin embargo, el premio fue otorgado a un cuadro que mostraba una furiosa catarata que se precipitaba por un acantilado de rocas, provocando en su caída densas nubes de espuma y vapor, que se desvanecían a la altura de la rama de un árbol donde un petirrojo había construido su nido y gorjeaba alegremente… Por eso ganó ese cuadro: porque el petirrojo encontraba la paz a pesar del desasosiego que le rodeaba. Y es que estar en paz contemplando ocasos, prados y amaneceres, retirado de la vida, como un monje en un monasterio, te da más oportunidades de sentir paz que estar en plena interacción con el mundo, con sus luchas, sinsabores y disgustos, ¿verdad?

¿Y cómo usar el espacio a tu favor para que te ayude a alcanzar la paz que deseas?: ¿has comprobado alguna vez si estás rodeada, a la manera de Platón, de personas y cosas Bellas, Verdaderas y Buenas, en su sentido más profundo? Esto no significa que te obceques en perseguir lugares hermosos y personas honestas, sino que te abras a percibir lo bello que te rodea y captes lo bueno y lo auténtico que reside en todas las personas. Y, por supuesto, que pienses qué pequeños (o grandes…) cambios puedes implementar para que tu vida sea más rica, más bella, más hermosa y más significativa.

La actitud que ELIGES ante las dificultades

Sí, es esencial vivir lo más conscientemente posible para ser nosotros (y no nuestra mente ni nuestras emociones) los que tengamos el poder en nuestra propia vida. Y es importante intervenir en nuestras circunstancias espaciales y temporales para procurarnos una existencia pacífica. Pero de nada sirve esto si no trabajamos nuestro posicionamiento interior, nuestra actitud, en relación con las adversidades de la vida. Porque por más bonita que sea nuestra vida y por más conscientemente que la vivamos, las dificultades nos dan una medida exacta de nuestra naturaleza.

Y la actitud no es algo fácil de cambiar porque sentimos que la traemos de serie. Y, de alguna manera es así, porque se ha construido gracias a las grabaciones que recibimos desde que nacemos. Pero tu actitud puedes cambiarla SI QUIERES. Pero lleva tiempo, reflexión, autocuestionamiento, desafío interior… incomodidad, en una palabra. ¿Estás dispuesta?

En este sentido, cuenta una historia que una joven fue a hablar con su madre y le contó lo difícil que le resultaba sobrellevar los problemas diarios de su vida y lo cansada que estaba de luchar. Sin decir nada, su madre llenó de agua tres cacerolas y las puso a hervir, llenando cada una de ellas con zanahorias, huevos y granos de café molidos respectivamente. Pasados unos minutos, colocó cada alimento en un recipiente distinto y su hija, sin entender, la preguntó el significado de todo aquello.

La mujer le explicó que cada uno de esos alimentos había experimentado la misma adversidad: agua hirviendo. Pero cada uno había reaccionado de forma bien distinta. La zanahoria entró fuerte, dura e implacable, pero por efecto del agua hirviendo se ablandó. El huevo crudo era frágil, pero tras el proceso de  hervido su interior se había endurecido. Sin embargo, los granos de café molidos eran especiales. Porque después de estar en el agua hirviendo, la transformaron, desplegando en ella todo su aroma y sabor…

Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cuál de ellos eres tú?

¿Eres la zanahoria que parece fuerte, pero con el dolor y las dificultades te ablandas y pierdes tu fortaleza?
¿Eres el huevo que empieza con un corazón maleable, pero te endureces con la adversidad?
¿O tal vez eres un grano de café, que con las dificultades no sólo te transformas tú, sino la situación que te rodea…?

Un abrazo,

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