Deja de sufrir por pequeñeces

La sensibilidad, como cualquier otra cualidad, es una virtud cuando la posees y un defecto cuando ella te posee a ti. Sin embargo, socialmente está muy bien aceptado y hasta valorado que demuestres cuánto te importan las cosas por la cantidad de sufrimiento y preocupación que estás dispuesto a sentir.  A veces las cosas que te hacen sufrir son serias; algunas, incluso, verdaderos dramas. Pero por lo general, seguro que reconoces que la mayoría de las veces tu actitud responde más bien a un patrón, a un hábito inconsciente firmemente arraigado en ti, que a una decisión sopesada sobre cuánta “cantidad de preocupación” merece un asunto.

Preocuparte, en su sentido etimológico, es ocuparte de algo con anticipación. Es decir, adelantarte con tu mente a los hechos que pueden suceder… o no. Pero igual que cuando planificas un viaje, no eres capaz de vivirlo, tan sólo de imaginarlo; cuando te pre-ocupas, tampoco eres capaz de ocuparte de lo que te inquieta. Es más, lo paradójico del tema es que este adelantamiento de tu mente sólo te lleva a bloquearte, menguar tus energías y, por tanto, a inhibir tu capacidad de acción. ¿Realmente esto es lo que deseas? Reconozcámoslo: a veces sí. En ocasiones, preocuparnos nos mantiene lo suficientemente ocupados y constituye la excusa perfecta para evitarnos el esfuerzo de pasar a la acción.

Pero si de verdad quieres dejar de sufrir por esas pequeñeces que empañan tu día a día y deseas aprovechar esa energía en otras cosas más significativas para ti, te propongo:

Acepta la realidad.

La realidad va a seguir siendo la que es, te guste a ti o no. Y tu influencia en ellas a veces es grande y otras no tanto. Decía Quevedo que “el que quiere en esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos en la vida”. Y es cierto. Y, es que, siguiendo con las citas, lo cierto es que “es más fácil calzarse unas zapatillas que alfombrar toda la Tierra” (Anthony de Mello), ¿no crees?

Tu sufrimiento suele venir originado por la no aceptación de algo. Pero sufrir no arregla nada, no incide en los acontecimientos en modo alguno; es tan sólo un mero indicador de todo lo que no eres capaz de aceptar: cuanto más sufres, más apegado estás a la idea de algo. De ahí que yo definiría lo que es un disgusto como “lo que sentimos cuando la realidad nos lleva la contraria”. Es la simple negación de una idea que tienes sobre cómo deben ser las cosas a tu criterio, es un reflejo de tu resistencia a la realidad, que es la que es, la aceptes tú o no. Sufras tú o no.

Puesto que esto ha sido, es y será siempre así y dado que todo comportamiento existe porque cumple una función (ya que, de lo contrario, se extinguiría), ¿para qué eliges sufrir?:

– ¿Te gusta, en el fondo, la imagen de ti que transmites con esta actitud? ¿Qué cosas positivas obtienes de mantener esta actitud? ¿Atraes, quizás, la atención de los demás…?

– ¿Qué cosas de tu presente evitas al vivir preocupado? ¿Te ayuda a postergar aquello de lo que preferirías no ocuparte?

– ¿Te ves capaz de desenvolverte en tu vida sin mostrarte preocupado? ¿Soportarás las reacciones de extrañeza de los demás al observar tu serenidad ante los acontecimientos que antes te alteraban?

– … ¿para qué eliges sufrir tú?

 

Decide sobre la realidad.

Una vez que comprendes y aceptas que la realidad es la que es, te invito a recordar la sencilla oración de la serenidad en la que se pide “la serenidad para aceptar las cosas que no puedes cambiar, el valor para cambiar las cosas que puedes cambiar y la sabiduría para distinguirlas”. Como afirma un viejo y práctico proverbio inglés: “Si tu problema tiene solución, ¿por qué te preocupas? Y si no tiene solución, ¿por qué te preocupas?”:

1. ¿Tiene solución y depende de ti? Ocúpate.

Deja de darte excusas y de preocuparte inútilmente y ponte en marcha. Hay muchas cosas que exigen de tu intervención y no se resuelven solas.

2. ¿Tiene solución pero no depende de ti? No te pre-ocupes y permite que otro se ocupe.

Ésta es una de las más delicadas porque tendemos a creer que somos como el perejil: tenemos que estar en todos los guisados. Y ni todos los guisos necesitan perejil, ni todos los problemas (por más que los sufran personas muy cercanas) necesitan de nuestra intervención. Trata de enfriarte y de pensar con objetividad: ayudar no es lo mismo que interferir. Es más, yo diría que son antónimos. Cuando intervenimos en un asunto que no nos corresponde, estamos interfiriendo en su solución, en la capacidad del otro (y, por tanto, en su autoestima) para resolverlo, en el desarrollo de los hechos y en sus consecuencias no observables a priori…

3. ¿No tiene solución? Entonces ni siquiera es un problema, es un hecho que hay que aceptar por más que duela o inquiete.

Parece fácil de decir y difícil de hacer, ¿verdad? Pero nunca es tarde para intentar que la mente se aleje de los caminos trillados. Concibe tus pequeños problemas como entrenamientos para fortalecerte y prueba a:

  Amplía tus horizontes.

Toma contacto con otras realidades para aprender a evitar sobredimensionar tus pequeños sinsabores cotidianos.

 Relativiza.

Establece cuáles son las prioridades de tu vida y sé coherente con ellas, planteándote con sinceridad qué sería lo verdaderamente terrible para ti y qué merecería mucha menos atención.

Sé consciente.

Aprende a identificar las creencias y circunstancias que desencadenan tu ciclo de la preocupación. Permanece atento a cualquier comentario ajeno, a cualquier pequeño suceso, a cualquier idea que se cruce por tu mente… que activen tu sensación de inquietud. Ser consciente es el primer paso para detener la espiral de pensamientos obsesivos.

Enfríate.

Adopta una actitud lógica y realista ante las cosas que te preocupan y analiza con sentido común tanto las posibilidades reales de que ocurra aquello que temes como tu poder de acción para evitarlo.

Ponte en lo peor.

Plantéate la posibilidad de que ocurriera aquello que tanto temes y que tanto te preocupa y qué sería lo peor que pudiera pasarte al respecto. Es una buena manera de relativizar tus miedos y de descubrir, incluso, beneficios insospechados. Todo nubarrón tiene un borde luminoso: búscalo. Sé práctico y adopta para siempre en tu vida el célebre refrán español “no hay mal que por bien no venga”. Dale la vuelta a cualquier situación y sé tan hábil como puedas para encontrarle el lado positivo. Y siéntete sabio al decidir que puedes beneficiarte de todas las circunstancias de tu vida.

Acota y vencerás.

Fija en tu agenda “la hora de las preocupaciones”: ponle día y hora. Un rato a la semana permítete preocuparte por todos esos asuntos que te restan energía cada día.

Distráete.

El resto del tiempo, fuera de tu “hora de las preocupaciones”, simplemente niégate a dedicarles tu atención y distráete como mejor puedas.

Ponte en lo peor, como decíamos, pero también visualiza lo mejor.

Prepárate interiormente para las peores consecuencias que pueda acarrear cualquier acontecimiento, pero, al mismo tiempo, visualiza con confianza el buen desenlace del mismo. Esto contribuirá a mantener tu energía para afrontar los obstáculos.

Evalúate.

Constata la inutilidad y el desgaste físico que te produjo la preocupación. Recuerda cómo te sentías antes, durante y ahora que ha pasado, ¿para qué te ha servido?, ¿te ha valido la pena el desgaste?, ¿has sido más eficaz movido por tu sufrimiento?

Y elabora una lista de todas las cosas que recuerdes que te han preocupado a lo largo de tu vida y comprueba las que realmente se cumplieron, así como la influencia que tu preocupación tuvo en el desarrollo de los hechos y también en el normal desempeño de tu vida diaria. ¿Acaso tuvo algún poder positivo tu inquietud?

¿Más ideas? aquí.

¡Mucho ánimo!

© Vanessa Gil

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