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Copos de nieve

Se llamaba Gonzalo y, quién sabe si por eso, se había hecho soldado:

—“Dispuesto a luchar” —le dijo su padre, orgulloso, el día que se fue a su primera misión—. Recuerda que eso es lo que significa tu nombre.

Pero a Gonzalo no le interesaba poner orden en otro mundo que no fuera el universo diminuto que palpitaba bajo la pletina de su microscopio. Y así sucedió: la primera bala que recibió casi lo mata. Le pasó tan cerca de la arteria aorta que ahora se sentía dichoso al escuchar los efectos que aquel proyectil le había dejado como recuerdo: una característica ronquera… Además de una clavícula rota: su pasaporte de vuelta a casa.

Los días pasaban y Gonzalo amanecía temblando cada mañana temiendo abrirle la puerta al cartero y encontrarse el fatídico requerimiento que lo mandase de nuevo al frente. Pero a mediados de noviembre, el viejo cartero se jubiló, dejando su puesto a una joven cartera de larga melena negra y ojos a juego.

—Buenos días, traigo una carta certificada —dijo la muchacha.

Gonzalo iba vestido con un fino pijama y empezó a tiritar, no sabía si del frío, del miedo a las malas noticias… o de la mirada franca y penetrante de aquella joven.

—Gracias… —y la chica escuchó por primera vez aquella vozarrona encerrada en el cuerpo delgado y frágil del soldado aspirante a científico.

—Hace frío, ¿eh? —comentó ella, pensando que su afonía era efecto del frío otoñal.

—Supongo que lo dices por mi voz… —comentó él, mientras firmaba en el portafolios que ella sostenía.

—Pues sí, pareces resfriado…

—No es por eso —y al constatar que la carta no era del ejército respiró aliviado y sacó pecho —. Es que casi me hacen tragar una bala… yo les dije que me sientan mal, que son indigestas, ¡pero ni por ésas!

La cartera se rió de lo que pensaba que era una broma y se despidió de él con una sonrisa. Gonzalo cerró la puerta pensando en que tal vez, sólo tal vez, a partir de ese momento podría empezar a sentir más deseo que temor ante la llegada del cartero…

La mañana siguiente el joven decidió que el hecho de estar en casa no era motivo suficiente para andar en pijama todo el día. Así que se calzó sus vaqueros y, según su vieja manía, se puso dos camisetas: una de manga larga que le abrigaba y otra de manga corta que, quizá no le daba calor, pero sí un estilo propio. Se puso ante el espejo para tratar de poner orden en su pelo enmarañado y al observar el resultado recordó que la linda cartera, a pesar de llevar el tosco chaleco identificativo, vestía con muchísima elegancia. El soldado se miró a los ojos y dejó volar su imaginación, preguntándose si realmente formarían una buena pareja…

A las dos o tres horas de esa interminable mañana el timbre sonó y Gonzalo acudió raudo a abrir la puerta, sin pensar, por primera vez, en las malas noticias que un día u otro terminarían llegando:

—¡Hola!, ¡qué buen aspecto tienes hoy!, ¿estás mejor? —la joven era directa como una flecha y, no sabía muy bien por qué, sentía una corriente de confianza hacia ese chico de voz rota.

—¡Sí, mucho mejor…! —respondió irguiéndose, pero su voz sonó igual de desgarrada que el día anterior.

Inteligente como era, la cartera supo enseguida que lo de la bala no había sido ningún chiste.

—¿Qué me traes hoy? —preguntó Gonzalo fingiendo interés, cuando lo único que quería era que la joven rebuscara en su cartera para poder contemplarla unos instantes sin que ella se diera cuenta.

—Pues hoy no te traigo ninguna carta certificada, sólo esta carta del banco y un par de facturas… pero he llamado al timbre simplemente porque quería saber cómo estabas.

El chico, impresionado por su detalle y abrumado ante tanta sinceridad, no supo qué responder. Desde luego, no podía sentirse más atraído por aquella chica de ideas claras y corazón tan sensible como valiente…

—Desde luego, desde que estás tú sólo recibo buenas noticias… —confesó él, en un arranque de valor.

Aquello no era del todo cierto, pero reflejaba exactamente lo que él sentía.

—¿Llamas buenas noticias a las facturas? —rió ella, disimulando su turbación.

Él habría querido decirle que las hay peores. Y, sobre todo, habría querido decirle que un mensaje entregado por esas manos cálidas nunca podría ser malo. Pero en su lugar, sólo pudo mirarle con sus ojos verdes y decirle:

—¿Te apetecería venir conmigo esta tarde al Museo de Ciencias?

—¡Claro! —respondió, contenta, y recordando que precisamente la tarde anterior ella había visitado el Museo de Artes, que estaba justo al lado.

Y entonces ella se preguntó si realmente formarían buena pareja: el arte y la ciencia, lo inexplicable y lo demostrable, lo sentido y lo pensado…

—Por cierto… ¿cómo te llamas? —dijo el joven soldado, interrumpiendo sus pensamientos.

—Ángela, me llamo Ángela —respondió ella sonriendo, tendiéndole la mano.

Ninguno de los dos sabía que aquella tarde del veinte de noviembre, en el Museo de Ciencias disfrutarían juntos de una exposición fotográfica de las estructuras cristalinas de los copos de nieve: nada más bello, nada más artístico…

© Vanessa Gil

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