¿Confías en tu intuición?

Cuentan que en los albores de la Creación, el ser humano tenía el don de la sabiduría, pero como no supo usarlo de forma correcta, los dioses se la arrebataron y decidieron ocultarla en algún lugar al que sólo se pudiera llegar con verdadero esfuerzo. Pensaron en las cumbres más altas, en los océanos más profundos… pero todos estos lugares les terminaban pareciendo demasiado accesibles. Finalmente optaron por esconderla allí donde estaban seguros que los altivos seres humanos jamás buscarían: en su interior

Intuir es comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad aparente de razonamiento. Como surge de forma súbita, tienes la sensación de que se trata de un don pseudomágico o, al menos, de una capacidad que no puedes controlar totalmente. De hecho, la ciencia la ha ridiculizado durante años, pero con el paso del tiempo se ha descubierto que la intuición no es una simple corazonada, sino el resultado de una “ráfaga” de pensamiento lógico. Según Jung, tenemos un inconsciente “adaptativo”, una especie de “desván” o “cajón de sastre” donde acumulamos TODA la información que percibimos y registramos (de forma consciente o no, he aquí lo interesante) con el fin de dejar espacio libre a nuestra mente para que podamos seguir asimilando novedades y relacionándonos con el entorno.

Todo ese cúmulo de información, aparentemente desorganizada o inaccesible a tu parte consciente, es el que te proporciona esas repentinas ráfagas de conocimiento. Es como si de manera habitual, tú siguieras la secuencia “Archivo – Guardar” para almacenar un documento en tu ordenador, pero en caso de prisa pulsaras la combinación de teclas del teclado como método abreviado, más rápido. Así, tu cerebro cuando tiene que tomar una decisión rápida, se basa en todas esas percepciones (insisto, conscientemente registradas o no) para ayudarte a evaluar la situación que tienes delante y poder decidir lo que crees que más te conviene. Si no fuera por estos automatismos, no podrías conducir de forma relajada porque jamás sabrías adelantarte a las intenciones de otro conductor, por ejemplo, algo que cualquiera con cierta experiencia al volante puede predecir en muchas ocasiones. Pero vivimos en un mundo que da por hecho que “la calidad de una decisión está directamente relacionada con el tiempo y el esfuerzo dedicados a adoptarla”, como afirma Malcolm Gladwell (autor de Inteligencia Intuitiva, ¿Por qué sabemos la verdad en dos segundos?). Sin embargo, a veces, continúa el autor, “la prisa no es mala consejera, y los juicios instantáneos y las primeras impresiones constituyen medios mucho mejores de comprender el mundo”.

Visto esto, la intuición no es ningún “don mágico” que te habla “desde el más allá”, sino algo mucho más humano: una capacidad “extra” de tu mente, que trabaja por ti sin ti y que se puede manifestar:

Físicamente: “pálpitos”, cosquilleos en el estómago, zumbidos en los oídos, sudor en las manos…

Psíquicamente: como cuando detectamos peligros inexistentes hasta el momento, como sucedió en el tsunami que arrasó el sureste asiático. En dicha catástrofe se observó que entre las víctimas no había personas de las tribus locales algo que, según Joshua Brown, de la Universidad de Washington, se explica porque en nuestro cerebro, así como en el de los animales, hay una región capaz de detectar el peligro antes de que se produzca y es posible que, en el caso del hombre moderno, esta zona esté atrofiada por puro desuso. En este sentido, la intuición puede ser considerada como una manifestación del instinto en los seres humanos. Y lo cierto es que en situaciones extremas, como muestra este ejemplo, confiar en nuestra intuición puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Emocionalmente: sensaciones espontáneas de rechazo y desconfianza o, por el contrario, de atracción, confianza e, incluso, de amor a primera vista.

Mentalmente: son muy numerosos los ejemplos históricos de personajes que han encontrado soluciones instantáneas a problemas intelectuales (Leonardo da Vinci, Julio Verne…), pero sin ir tan lejos, seguro que tú mismo has descubierto alguna vez de forma repentina (incluso a través de algún sueño) la solución ante algo que te preocupa, una certeza profunda e inexplicable que te impulsa hacia la dirección correcta.

Espiritualmente: este tema daría para mucho, pero por resumir, Buda decía que “la intuición y no la razón atesora la clave de las verdades fundamentales”; es decir, que es la intuición la que te permite experimentar revelaciones o momentos de iluminación.

Todo esto está muy bien, sí, pero ¿puedes fiarte siempre de ese conocimiento que los dioses escondieron en nuestro interior? Por supuesto que no: la intuición también falla. Los expertos afirman que la intuición sólo nos proporciona resultados acertados en un 70% de los casos. Teniendo en cuenta que simplemente lanzando una moneda al aire habríamos alcanzado un 50% de aciertos, el 70% logrado por la intuición no parece demasiado extraordinario. La intuición falla porque:

la realidad es muy amplia, imposible de abarcar en su totalidad;
la realidad es compleja, compuesta de múltiples factores;
tu observación de la realidad no es directa, sino que la percibes a través de tus sentidos;
tus sentidos son limitados, por lo que tu mente se ve obligada a simplificar y organizar lo que ve en un todo coherente a través de esquemas más sencillos de la realidad pero que, por supuesto, no son la realidad misma. Son las denominadas “creencias”, imprescindibles y, al mismo tiempo, insuficientes para poder desenvolverte en el mundo que te rodea.
como decía antes, la intuición te ayuda a evaluar la situación que tienes delante y poder decidir lo que crees que más te conviene. Pero, ¿sabemos siempre lo que más nos conviene…?
Y, finalmente, porque existe, según Jung un “desván” de información aún más grande que el personal y por el que nos vemos influidos: el “inconsciente colectivo”, que almacena todo tipo de información (creencias, recuerdos, símbolos…) y que es compartido por diferentes grupos o, incluso, por toda la especie humana. Un ejemplo de ello lo encontraríamos en el estudio de Timothy Judge, que revelaba que los empleados de más estatura cobraban más. ¿Discriminación? Seguramente, pero ante todo la muestra de que de forma inconsciente asociamos altura con capacidad, quizás porque nuestros antepasados elegían como líderes a las personas altas al considerar que eran más capaces de proteger al grupo. ¿Somos, pues, tan libres como pensamos o funcionamos en “piloto automático” mucho más de lo que creemos…?

A pesar del riesgo a equivocarnos, no creo que haya que desconfiar sistemáticamente de nuestra intuición, especialmente porque a nivel personal es muy útil, ya que compara sin que nos demos cuenta la infinidad de patrones e impresiones que almacenamos en nuestra mente desde nuestra infancia para que podamos tomar decisiones, así:

  • la intuición es la base de la empatía, que te permite leer entre líneas y conocer los verdaderos sentimientos de los demás, al margen de sus palabras;
  • la intuición es un mecanismo, tal vez tosco e inexacto a veces sí, pero muy útil en muchas ocasiones en las que conoces a una persona y necesitas saber rápidamente si puedes fiarte de ella o no

¿Pero la intuición se puede desarrollar? Yo pienso que sí porque es una capacidad humana natural y, por tanto, cultivable. Es decir, que no es un “don de elegidos”, sino que es una habilidad que resulta más que evidente en algunas profesiones como buscadores de talentos, investigadores, empresarios… pero que todos podemos hacer crecer. De hecho, el “inconsciente adaptativo”, que decía al principio, ya ha entrado a formar parte de los programas de desarrollo profesional de altos ejecutivos a través de la mejora de las habilidades intuitivas.

¿Y cómo puedes desarrollar nuestra intuición? Bajo mi punto de vista, a través de:

1. La observación.

Cuanto más y mejor observas, mayor cantidad de información filtras y seleccionas, por lo que las posibilidades de que esas “ráfagas” de intuición sean acertadas, aumentan. Observar más no es más que una cuestión de atención, de silencio interior y apertura. Observar mejor es tratar de mirar el mundo sin prejuicios.

En la serie policiaca “El Mentalista” aparece, a mi juicio, un ejemplo de excelente observador: un tipo corriente que sin ayuda de pruebas científicas ni forenses, sabe leer entre mentiras y se da cuenta de esos pequeños pero significativos y contundentes detalles que a los demás les pasan desapercibidos. Así, dicen de él, que “no ve: observa; no oye: escucha; no toca: percibe. Y no falla”.

2. La experiencia.

Cuantas más experiencias vitales acumulas, más recursos y respuestas internas obtienes.  Y aunque las experiencias futuras no sean idénticas a las pasadas, siempre habrá elementos que se asemejen que harán que tu intuición aflore.

3. La sincronicidad.

Lo que denominamos coloquialmente “señales” obedecen al Principio de Sincronicidad formulado por Jung, a través del cual un aspecto de la realidad y un aspecto interno del sujeto (subjetivo), que no guardan ninguna relación de causa-efecto, suceden al mismo tiempo. Suelen achacarse a la suerte o a la magia, bajo el nombre de “casualidades” o “coincidencias” que, en este caso, están llenas de sentido. Un ejemplo sencillo lo encontramos cuando recordamos repentinamente a alguien y a las pocas horas nos lo cruzamos por la calle. O como le sucedió al actor Anthony Hopkins quien, después de sus infructuosos intentos por encontrar la novela del autor en la que se basaba la película en la que iba a participar (“La mujer de Petrovka”), se dispuso a regresar a su  casa en Metro y, esperando en la estación, encontró un ejemplar de dicha novela, lleno de anotaciones al margen. Pero su sorpresa fue aún mayor cuando, dos años más tarde, conoció a George Feifer, el autor, quien le dijo que había olvidado su ejemplar anotado en un banco de la estación.

Pero, según Jung, la sincronicidad no es fruto de la magia ni de la suerte, sino que es un indicador de cómo nos interconectamos los seres humanos con la naturaleza en general (idea de la que parte la serie de Netflix “Touch”) a través del inconsciente colectivo, demostrándonos que no somos meros observadores, sino participantes de un Todo interconectado.

© Vanessa Gil

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