Conduciendo en la oscuridad

Tengo casi 38 años y siento que la mayoría de ellos, los he vivido en piloto automático y con una venda sobre los ojos dentro del circuito cerrado y artificial que parecía ser mi vida. Y si trataba de levantarme un poco la venda de los ojos, me pesaba tanto que terminaba volviendo a dejarla caer sobre ellos… Durante años, he culpabilizado de todo a mi exterior y a mis circunstancias, pero hace unos meses, tras pasar por un proceso familiar muy doloroso, conseguí levantar esa venda de nuevo. Y esta vez no quiero dejar que me ciegue otra vez. Pero algo dentro de mí parece que me lo impide… Vivo en una continua batalla entre mi ego y mi ser.

Las personas del ámbito espiritual lo llaman “despertar”. Muchos ridiculizan este concepto y, en general, las inquietudes espirituales e identifican este nuevo estado de conciencia con un estado “alterado” de conciencia, como si de pronto las flores te oliesen bien de repente y todos bailásemos al son de la era de Aquarius, bajo el efecto de algún alucinógeno. Pero nada tiene que ver con esto. Es más, nada más lejos de la realidad. Porque despertar DUELE. Y mucho, ¿verdad? Dejar atrás tus viejas formas de ser y de estar es MUY costoso por muchos motivos:

Porque no conoces otras. Así has sido siempre o, mejor dicho, así creías hasta ahora que eres… Y de repente te das cuenta de que eso ya no te sirve, ¿pero qué te va a servir de ahora en adelante? Es como si al expandirte por dentro, de pronto tus ropas encogiesen y ya no pudieses vestirte. La sensación de desnudez e indefensión hace que te quieras poner lo que tenías. Sin embargo ya no sirve, porque ya no te vale. Tú ya no eres la misma persona… ¿pero quién eres?

Porque al cambiar pierdes tus referencias. Las cosas a las que antes te agarrabas para explicarte tu mundo y tu vida, ya no te sirven tampoco. Las excusas han caído y parece que todos los dedos te apuntan a ti. Y la responsabilidad que descubres, de pronto te parece culpa y te pesa.

Porque los cambios internos conllevan cambios externos y es posible que en la nueva vida que estás estrenando haya muchísimos aspectos puramente prácticos difíciles de afrontar o de organizar. Y te sientes muy extraña ante esto. Antes, aunque ciega, al menos te sentías cómoda, parecía que todo fluía… aunque el precio de esto fuese tu felicidad misma.

Porque lo que traes de serie es un programa, como el software de un ordenador lleno de virus que cuesta desinstalar. Así que en tu vida diaria se da una constante pugna: los viejos modelos se resisten a marchar y los nuevos quieren quedarse. Pero los viejos son más grandes y los nuevos son poco más que una semilla germinada: ¿cómo un tronco leñoso va a ser vencido por un tallo verde y minúsculo?

Me gusta mucho tu consulta porque está toda escrita bajo la metáfora de tu vida como un viaje en coche, en bólido, en tu caso. Y yo no encuentro mejor imagen para ilustrar el miedo que da avanzar, como ya he escrito en otras ocasiones, que conducir en la oscuridad. Los faros te iluminan sólo un trozo del camino y tienes que confiar en que a medida que avances habrá más camino, bifurcaciones para elegir y, quién sabe, igual hasta un bonito paisaje que podrás ver… cuando amanezca. Pero ahora todo esto tal vez te suena a cantos de sirena porque, como dices, has saltado de tu bólido y nada menos que en marcha (qué valentía…), por lo que estás muy magullada… sí: pero viva. Y los moratones se curan si permites que la naturaleza siga su curso.

Y ya es hora de que tomes un nuevo vehículo (preferiblemente un utilitario, que no va tan deprisa) porque ahí parada en la oscuridad no vas a ningún sitio. Sigue siendo de noche, pero has demostrado una gran responsabilidad al dejar de culpar de tu travesía al resto de conductores y ahora sabes que tú conduces. Y sí, hay muchos senderos (demasiados) y los ves borrosos al estar acostumbrada a ver la vida desde un bólido. Pero tu coche de ahora es más lento. Y ¿sabes qué? No importa tanto el camino que escojas. Para mí es más importante, simplemente, que no te quedes bloqueada. Estando detenida, en tu camino no pasará nada, ni habrá aprendizaje alguno. Escoge uno, ¿cuál? No lo sé. Sopesa con tu mente, pero elige con tu corazón la opción que cuando la visualices te haga sentir más ilusión, más emoción… no conozco otra forma mejor que ésa para vivir la vida. ¿Será siempre la elección “correcta”? ¿Quién puede saber eso? Ni tú, ni yo, ni nadie. Yo sólo sé cuál es la forma correcta para mí de hacer el camino con más alegría. Pero un camino te llevará a un sitio y otro camino te conducirá a otro lugar, eso es todo. Haber vivido a toda velocidad en un circuito predeterminado que sientes que no escogiste y arrojarte de un coche en marcha ha hecho que ahora estés muy prevenida y quieras asegurarte bien de los pasos que das para no volver a pasar por lo mismo. Es natural. Y está bien que te escuches y que te tomes tu tiempo… Pero que ese proceso no se dilate hasta convertirse en tu nueva forma de ser y de estar: que sea sólo una parada necesaria, un repostaje.

Y, para mí lo más importante: que no vivas tu nueva vida con tanto peso y tanta trascendencia. ¿Que te equivocaste de camino? Bien, pon la marcha atrás y escoge otro. Y si no puedes dar marcha atrás, busca otro sendero que, como bien dices, hay tantos que abruma (la inmensidad abruma…). Ahora conduces tú, no hay inercia alguna que te lleve. Tú mandas. Estás viva y consciente: rectificar es tu derecho fundamental como ser humano.

Dices que rodearte de personas inspiradoras es ahora una necesidad vital para ti para poder descifrar los carteles que te encuentres en tu nuevo camino. Y suena bien. Pero por más señales que creas ver, por más pistas que quieras vislumbrar para elegir la opción correcta… la libertad y responsabilidad de elegir será tuya. Pero relájate porque, como decíamos, no hay “elecciones correctas”: sólo acciones más afines a ti que otras. La esencia de tu vida está en conocerte y descubrirlas.

Para terminar, también dices que vives en lucha entre tu ego y tu ser. Yo no conozco peor guerra que la interior, no conozco peor tormento que asistir a la lucha diaria que se da dentro de uno mismo. Y en mi experiencia más dura, los aspectos que más me ayudaron y que tal vez puedan servirte fueron:

Tener el apoyo (personal o profesional, eso es lo de menos) de alguien que pueda verte tal y como eres y que te diga las cosas que ve de ti, aunque no sean las que tú quieres oír. Y que, al mismo tiempo, te ofrezca el espacio donde puedas expresar esa lucha para poder verla, aunque sea momentáneamente, fuera de ti. En este espacio tienes la oportunidad de poner luz en todos tus viejos patrones, todas tus paradojas, todos los aspectos de tu ego de los que antes no eras consciente y ahora te están amargando la vida… Y es preciso entablar un doloroso diálogo con ellos no para machacarte ni mucho menos, sino con el único fin de desmontarlos. Con constancia y firmeza, pero con suavidad: piensa que te estás relacionando con una parte menos evolucionada de ti, más impulsiva y menos consciente, como si fuese una niña, y funciona mejor la dulzura que los gritos. Porque en el fondo, no se trata de luchar (aunque al principio lo parezca y mucho), sino de ver y comprender lo que es verdad y tener el valor y la sabiduría de aceptarlo e integrarlo en tu vida. Y esto no es NADA fácil. Pero como decía mi apreciado Carl Rogers “la paradoja es que cuando me acepto como soy, entonces puedo cambiar”. Hasta entonces, el cambio es imposible.

A la vez que dialogas con esas partes de ti que te hacen daño e intentas iluminarlas con suavidad con tu verdad recién descubierta, es MUY útil que trates de aquietar tu mente para arrebatarle poder, adelgazarla dejando de darle contenido negativo. Como indico en este café, y con más profundidad en mi guía Tu felicidad al desnudo, la felicidad como nunca te la habían contado, no hay nada que puedas “hacer” realmente. Sólo se trata de comprender, aceptar y permitir que la naturaleza de tu ser siga su curso, sin impacientarte, sin entorpecerla alimentándola con contenido negativo.

Mucho se habla sobre esto y sobre su acepción más moderna, el mindfulness, que no es nada más (y nada menos…) que prestar atención al momento presente, a tu cuerpo, a tus sensaciones, a lo que entra por tus sentidos en este preciso instante que estás leyendo estas líneas: a qué huele, qué oyes, cómo estás sentada… cuando prestas atención a este presente (que, en realidad, es lo único que existe, lo único que tienes) todo el pasado y futuro se desvanecen… como tiene que ser, dado que NO EXISTEN. Mantener esta atención constante al presente, le quita progresivamente el poder a todas tus perturbaciones… Pero para las personas muy activas o mentales pararse y concentrarse así es imposible (y hasta contraproducente, indican, de lo nerviosas que se ponen) y encuentran la paz, por ejemplo, en la relajación que les da el terminar de hacer ejercicio físico. Otras alcanzan este estado tocando un instrumento musical (por la concentración que exige y, por descontado, tratando de crear belleza) o aprendiendo algo… es decir, si te fijas, dirigiendo la mente de una forma constructiva. Da igual, no permitas que las modas actuales te lleven en una dirección o en otra. Encuentra tu manera personal de que tus pensamientos rumiativos no te alcancen por unos momentos… y trata de hacer esos momentos extensivos al resto de tu día.

El libro de El poder del ahora, de Eckhart Tolle, explica de una forma maravillosa y profunda (muy profunda, es para leer muy despacio) cómo todo lo que nos pasa no son más que objetos mentales que pasan por nuestra conciencia y con los que nos identificamos y en este apego está nuestro sufrimiento. Esta idea, que no es nueva ya que los budistas llevan siglos explicándola, aparece en este libro realmente muy bien tratada, a mi juicio. A mí me hizo sentirme MUY comprendida.

Y cuando no puedas evitar que la lucha sea tan fuerte y te haga añicos por dentro… ríndete. Sí, ríndete, no suena muy popular entre tanta frase de optimismo crónico y casposo. Pero así lo creo (más bien lo sé) de todo corazón. Expresa por dentro (a ti misma, a tu conciencia, a Dios, al Universo, al pato Donald o a quien tú quieras) que tú sola no puedes. Sé que puede sonar extraño, pero si después de todo lo que hemos hablado, de todos tus intentos y apoyos, resulta que llegas hasta donde llegas, pero decides aceptarlo y entregar tu dolor a quien tú quieras y te desarmas… de una forma que no sé explicarte empieza a suceder el milagro… No sé para otros, pero ahí es donde yo he descubierto de una forma más personal, vivencial y sentida mi propia fe.

Un abrazo,

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