Carta a los amigos que salieron de mi vida

Querido amigos,

Un momento: ¿Os debo seguir llamando “amigos”? Porque, ¿qué es un amigo, en realidad?

Leí por ahí que los que llaman “amigo” a alguien que nunca ven deben ser los mismos que llaman “casa” a un ladrillo. Parece ser que el calificativo de “amigo” uno se lo gana a golpe de F5: de actualización. Si no actualizas la relación, si no la “alimentas”, la amistad no existe, está muerta. Da lo mismo que en el pasado esa persona hiciera por ti un acto que más de “amigo” pareciese de “hermano”, que si en dos meses no hay interés en tomar un café y pasaros la checklist de los ítems más significativos de vuestra vida, no hay amistad que valga. Los amigos son, desde este punto de vista, personas con las que mantienes una relación de amistad. Mantienes, es decir, mantienes con vida, alimentas.

Otros tienen “amigos” en concepto y sonríen al recordarlos porque la imagen que tienen de ellos quedó fija, como una fotografía, en el pasado. Da igual que ellos o sus amigos hayan cambiado porque sus corazones se mantienen puros, sin mayor complejidad, así que se alegran de verdad cuando vuelven a verse… “como si no hubiesen pasado los años”, dicen. Sin pensar que la alegría con la que vibran la produjo un rasgueo de cuerdas cada vez más lejano. Porque para los verdaderos amigos, dicen, el tiempo no existe.

¿Cuál de las dos partes tendrá razón?

Queridos amigos, no lo sé.

Y lo he vuelto a hacer:

¿Os debo seguir llamando “amigos” por más que ya no sepa de vosotros? Porque, paradojas de la vida, esto de ser escritora hace que, si queréis, podáis seguir conociendo una pequeña parte de mí, pero yo de vosotros no. Injusto y hasta impúdico si lo pienso, pero las palabras deben ser generosas y no discriminar, deben volar libres porque para eso tienen alas…

¿Os debo seguir llamando “amigos”, ya que tan sólo relajamos los lazos hasta desatarlos y, en realidad, no pasó nada tan espantoso? Porque, ¿qué pasó? Nada. Bueno, algo: el tiempo. Sólo ha pasado el tiempo. Y el tiempo ni ofende ni ataca. Sólo hiere y al final mata. Pero no puede evitarlo, es su naturaleza.

¿Os debo seguir llamando “amigos” porque ése es el título que os ganasteis cuando aún creía que los amigos se podían “tener”? Porque, ¿quién no tiene amigos…?, ¿quién no necesita tener amigos?, ¿quién no quiere tener amigos? Pues, en estos precisos instantes, yo. Porque he descubierto que Jules Renard tenía razón: no hay amigos, sólo momentos de amistad. Pero esto ya no me entristece, al contrario, me libera y me expande: no tengo amigos, no necesito tener amigos y no quiero tener amigos. Lo único que necesito es ser amiga. Y lo grande es que para serlo, como a mi perro, me vale cualquier persona que desee vivir junto a mí un fugaz momento de amistad. Porque ese momento puede durar minutos o años, pero siempre será efímero, en realidad. Y se extinguirá en algún momento, a menos nos obcequemos en alimentar la relación, en mantenerla con vida. Con respiración asistida si hace falta. Porque así es como nos han dicho que se comportan los verdaderos amigos, rozando el idealismo, el heroísmo y hasta el romanticismo.

Pero ¿sabes qué? Yo ya no lo creo. Las personas que, de verdad, llevan amor dentro y quieren darlo pueden entregarlo a cualquier persona, no seleccionan, no excluyen… no discriminan, como mi perro que, como ya conté, da su amor con la misma naturalidad con la que suelta pelo por la casa, sin poder evitarlo.

Yo no quiero alimentar ninguna relación porque yo no quiero que nadie alimente su relación conmigo. Y porque, admitámoslo, las relaciones significativas, las más importantes de nuestra vida, no hay que alimentarlas: son, simplemente, el centro de nuestra vida, construimos nuestra existencia en torno a ellas. Nos sostienen y nosotros las sostenemos sin poder evitarlo porque son nuestros pilares sin los cuales sentiríamos que nuestro mundo se derrumba. Todo lo demás es maravillosamente accesorio, aunque nos duela admitirlo. Y así ha de ser, así hemos sido diseñados para que cuando falte un ser querido pero no muy cercano, podamos seguir viviendo y seguir queriendo a otros seres. Porque las personas vamos desapareciendo unas de la vida de otras constantemente y por muchos motivos y el mundo sería aún más trágico si nuestro corazón se encogiera por igual ante todas las pérdidas.

Así que si tú, querido amigo mío, desapareciste de mi vida (o yo desaparecí de la tuya) porque las circunstancias que generaron nuestra amistad ya no existen, aceptémoslo. Cierto es que no siempre es fácil hacerlo. Una relación puede estar muerta, pero tu afecto puede continuar vivo; y si matarlo es doloroso y antinatural, dejarlo morir es agónico. De alguna forma, esa persona que, de pronto, ya no ves, pasa a ser un “muerto en tu armario” y su fantasma puede perseguirte durante el día o durante los sueños de la noche. Deja que te acompañe su presencia sin hacerle lucha; es parte de tu duelo, de ese cariño que brota de tu corazón, que no encuentra a ese ser sobre el que posarse. Pero, para mí, siempre será mejor esto que alimentar con respiración artificial una relación cuya naturaleza es extinguirse. Yo quiero estar contigo porque me nace de dentro y quiero que si tú estás conmigo sea simple y puramente por la misma razón. Y si te apetece ahora y mañana no, te sientas libre de marchar para que si me sucede a mí, yo sienta esa misma libertad. Y nos despidamos con amor y gratitud. Y eso no es falta de compromiso: es comprender la naturaleza humana, siempre cambiante, siempre en movimiento.

Pasa el tiempo y me doy cuenta de que cuando alguna vez quiero contar una anécdota de alguien del pasado a quien quise, me sale de forma natural la palabra “amigo”, porque eso es lo que era para mí. Pero cuando esto me sucede con alguien de mi presente la palabra que viene a mis labios de forma natural es “conocido”. Al principio me resultaba chocante, pero me he dado cuenta de que no es algo frío, sino sincero. Porque se puede querer a un conocido y hasta quererlo mucho. Por querer, se puede querer hasta a quien no te quiere e, incluso, a quien ni te conoce. La palabra empleada para mí no indica mi proximidad afectiva, sino mi grado de posesión. Y he de rendirme a lo aprendido: que, por más raro que resulte, cuando no tienes amigos, tienes los brazos libres para abrazar al mundo…

© Vanessa Gil

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