Siete años de buena suerte

Olga descolgó el espejo de la cómoda para comprobar que las paredes de su dormitorio necesitaban, como su corazón, una nueva mano de pintura. Pero cuando se dispuso a colgarlo, se le escurrió de las manos y se estrelló contra el suelo haciéndose añicos.

—Vaya… — pensó— espero que esto no sea un mal augurio…

Y como si la suerte se guardara en un vaso que a ella se le acababa de derramar, acudió corriendo a la tienda más cercana y al momento ya había sustituido su antiguo espejo por uno nuevo, con marco wengué.

Sonó el teléfono y Olga, ilusionada, salió del dormitorio, olvidando recoger los efectos de su torpeza: el viejo espejo que, reducido a virutas de cristal, sentía que estaba teniendo un triste final después de la intimidad que les había unido. Él la había visto crecer, en toda su grandeza y su miseria, había observado toda su vida sin juzgarla… Siempre quiso decirle que ella era mucho más de lo que él podía expresarle…

Mientras, desde la cima de la cómoda, el nuevo espejo sabía que le querrían nada más verlo. Porque a veces, no hace falta un nuevo traje ni un nuevo peinado para tener una mirada renovada de nosotros mismos: basta un nuevo espejo…

© Vanessa Gil

 

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