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Bienvenido

—¡Tengo tantas ganas de volver a hablar con él…! —exclamó la pequeña Andrea, camino del supermercado, de la mano de su padre.

—¿Tan interesante es su conversación?

—¡Ya lo creo, papi!

Su padre recordó que cuando era niño él también había vivido como algo extraordinario la posibilidad de entablar una conversación con una persona de otro país. Como su hija, también había disfrutado de lo lindo al descubrir lo especial que se sentía cuando tenía la oportunidad de conocer a una persona de aspecto y costumbres tan diferentes, que parecía proceder de otra galaxia. Para él, como para Andrea, el contacto con otros mundos le llenaba el alma de misterio, de novedad, de exotismo… Se preguntaba en qué momento exacto había sustituido aquella estimulante sensación por este desinterés inconfesable, por este hastío vergonzoso… Sabía muy bien que la ciudad no era suya y que, por tanto, no tenía motivos para sentirse invadido, pero lo cierto es que vivía con una creciente sensación de falta de espacio y las noticias con nuevas oleadas de inmigrantes no hacían sino incrementar su agobio. Andrea, como no veía las noticias, se sentía feliz de poder pasar unos momentos con su nuevo amigo.

—Ya estamos llegando… —informó el padre— ¿De qué hablaréis hoy?

—¡No lo sé, pero sea lo que sea, estoy segura de que será muy divertido! ¡Charlar con él es como ir de viaje… pero gratis!

Y Andrea se desasió de la mano de su padre y acudió corriendo junto a su amigo, ansiosa por tener esos pedacitos de vidas lejanas al alcance de sus manos.

—¡Cuídamela bien! —le dijo el padre al vendedor de periódicos que estaba apostado en la puerta del supermercado.

—¡Tranquilo! —respondió.

* * *

El vendedor de periódicos era un joven angoleño de hermoso, pero irónico nombre en los tiempos que le había tocado vivir: se llamaba Bienvenido.

—¿Cómo estás hoy, Andrea? —le preguntó con su alegría habitual.

—¡Muy bien! ¡Y muy contenta de verte! —la niña se deshacía de entusiasmo.

—¿Sabes que me recuerdas mucho a mi hermana Branca?

—¿Branca?, ¿qué nombre es ése?

—Es portugués y significa “Blanca”.

— Pero, ¿tu hermana no es negra, como tú? — la ventaja de ser un niño es que la curiosidad puede ser impúdica.

Bienvenido se rió con ganas.

—¿Y cómo es el resto de tu familia?, ¿tienes más hermanos? —y con esta pregunta, dio inicio a su particular tercer grado.

—Pues tengo una mamá y un papá, como tú, pero mi familia es “algo distinta”… —y el joven se sonrojó, aunque Andrea no pudo notarlo.

—¿Y en qué se diferencia?

—Mi papá tiene, además de mi mamá, otras esposas —Bienvenido esperaba ver sorpresa en los ojos de la niña, pero su curiosidad era superior a su asombro y encajó la noticia con mucha más naturalidad de la que él esperaba.

—¿Y viven todas en la misma casa?

—No, pero vienen a comer muchas veces, unas cuidan de los hijos de otras… las llamamos “tías” y todas forman parte de la misma familia.

—Entiendo… ¿y cuántas esposas tiene tu padre?

—Siete.

—¿Y cuántos hijos tiene cada una?

—Unos cinco o seis.

Al cabo de unos segundos en los que Andrea se recontó los deditos una y otra vez…

—¿Quieres decir que tienes, al menos, treinta y cinco hermanos? —esta vez sí se mostró escandalizada.

—¡Exacto!

—¿Y los conoces a todos?

— ¡No, por supuesto que no!

—¿Eso quiere decir que un día podrías enamorarte de una chica y descubrir después que es tu hermana?

Bienvenido volvió a reír a mandíbula batiente, mientras asentía con la cabeza.

—¿Sabes? —dijo el joven— Un día regresé a casa de la escuela acompañado por un amigo y cuando vio en la pared una foto de mi padre, me dijo “¡Ése también es mi padre!”.

—¡Y ése es el mío! —exclamó la niña, riéndose de la anécdota— ¡Ahí viene!, ¡papi!

—¿Cuántas preguntas te ha hecho hoy? Seguro que demasiadas… —le dijo al vendedor.

—Nunca son demasiadas… —respondió.

Bienvenido se sentía querido en el barrio a pesar del poco tiempo que llevaba allí, pero cuando Andrea le inundaba de preguntas se sentía especialmente importante, respetado y, sobre todo, acogido.

—¡Muchas gracias por cuidarla! —le dijo el padre, soltando momentáneamente las bolsas para poder estrecharle la mano y darle una lata de refresco.

El joven no entendía muy bien a qué venía su gratitud, cuando en su país lo natural era que las madres se fuesen a trabajar y los vecinos cuidasen todo el día a sus hijos… Pero le dijo que no tenía importancia y se despidió de ellos hasta la próxima vez.

De vuelta a su rutina, Bienvenido siguió plantado en la entrada del establecimiento tratando de vender algún periódico.

—¡Vaya, doña Antonia, hoy está muy guapa!, ¿viene de la peluquería?

Y doña Antonia, henchida de orgullo, le regalaba una sonrisa antes de entrar a comprar… y le daba unas monedas al salir y, de paso, una bolsa de patatas fritas.

Bienvenido no deseaba estar en esa situación pero, ya que, por el momento, no tenía otra opción, hacía ese trabajo con toda su alegría, que era mucha. A veces, y sin venir a cuento, se ponía a bailar y a canturrear viejas canciones de su pueblo, Cazenga. Y entonces, la gente se miraba entre sí y, sin disimular su risa, se permitía contagiarse de su alegría… Para los clientes de aquel supermercado, Bienvenido era la personificación de la alegría; ignoraban que en Cazenga la gente es así de abierta, cálida, cercana y, sobre todo, alegre.

—Don Gerardo, hoy no trae buena cara, ¡cómo se nota que anoche perdió su equipo!

Y don Gerardo refunfuñaba, entre dientes, mientras se alegraba íntimamente de que existiesen personas capaces de utilizar cualquier excusa para poder tener un mínimo contacto humano.

La gente pensaba que hacía una buena obra dándole limosnas a Bienvenido, pero lo que el vendedor nunca supo es que don Gerardo llevaba más de un año sin poner un pie en la calle hasta que supo de la existencia de este vendedor de piel negra azulada. Nunca supo que el anciano, algunas mañanas, se olvidaba, a propósito, de comprar alguna cosa para poder tener la excusa de volver a bajar al supermercado por la tarde. Y nunca supo que don Gerardo regresaba a casa tan contento que sus hijos empezaron a llevarle a sus nietos de visita con mucha más frecuencia… Y es que Bienvenido no despertaba lástima alguna. De hecho, no parecía que su objetivo fuese vender periódicos, ni siquiera pedir limosna: parecía, simplemente, que la alegría se le escapaba a borbotones de la boca, de los ojos, de las manos y de los pies.

Ningún cliente del establecimiento le compraba el periódico, pero casi todos le entregaban al salir algunas monedas y alimentos. De hecho, al terminar el día, Bienvenido parecía un cliente más, tan cargado de comida como regresaba a casa…

Había muy pocas personas, realmente, que no le dieran algo al joven, pero entre ellas había una mujer que no sólo no le daba nada, sino que ni siquiera le devolvía el saludo. El vendedor, consciente de que no se puede gustar a todo el mundo, cejó en su empeño y decidió ignorarla, sin más…

* * *

Se llamaba Telma y miraba a Bienvenido con una mezcla de curiosidad y desdén. Ella no era racista, por supuesto, de hecho hasta tenía un niño apadrinado en el Tercer Mundo… Pero se alegraba de que el vendedor fuese aquel muchacho oscuro y de que el director de ese periódico fuese su hijo, y no viceversa. Telma no se atrevía a confesarse que, en realidad, le gustaría saber cómo era el tacto de su pelo fosco, cómo olía su piel y cuán blancas eran las palmas de sus manos. Si hubiese tenido menos miedo, tal vez se habría sorprendido al descubrir que a Bienvenido, como a ella, le gustaba cocinar, hacer crucigramas y llorar con las películas de amor… Si hubiese tenido menos miedo, habría descubierto que si rascaba su color y su cultura, lo que había debajo era exactamente igual a ella.

Al llegar a casa, Alberto, su hijo, ya había llegado y estaba poniendo la mesa.

—¡Qué pronto has llegado hoy, hijo! —le dijo, dándole un beso fugaz en la mejilla.

—Sí… —respondió Alberto, sin saber por dónde salir— es que estoy cansado, mamá…

Estaba cansado, sí, pero de un trabajo en el que llevaba ya quince años. Necesitaba un cambio radical, y lo cierto es que sabía muy bien en qué iba a consistir, pero aún no estaba preparado para contárselo a su madre.

* * *

A la semana siguiente, Bienvenido, como cada tarde, recogió sus bolsas de alimentos y sus periódicos y se dirigió a la redacción a entregar el resultado de sus ventas y a devolver los periódicos que no había vendido… que eran todos. Alberto, comprensivo, le palmeó la espalda y le pidió que no se preocupara:

—Hoy tampoco he vendido nada, pero sí he sacado algún dinero —dijo Bienvenido— Toma, coge lo que consideres… con tal de que me permitas seguir trabajando aquí.

El director,  conmovido, negó con la cabeza y le preguntó:

—¿Por qué te importa tanto este periódico?

Y entonces, el joven sacó de su chaqueta, un curriculum cuidadosamente doblado y Alberto descubrió entonces que se hallaba ante uno de los mejores periodistas de Luanda, la capital angoleña.

—¿Cómo lo haces?, ¿cómo es posible que no vendas un solo periódico y que regreses cada tarde con las manos llenas de dinero y alimentos?, ¿cuál es tu truco para pedir?

—No es ningún truco. No pido: doy.

Y de su respuesta, Alberto sacó el valor para decirle esa misma noche a su madre que había decidido marcharse a África.

—¡Espero que seas mejor periodista que vendedor! —y con esto, Alberto le cedió su puesto a Bienvenido, al que se incorporaría en el plazo de dos semanas.

* * *

—¿Y quién ocupará tu lugar?, ¿en manos de quién vas a dejar el sueño de toda tu vida? —le preguntó su madre entre lágrimas, durante la cena, en un intento de retenerlo junto a ella.

—Creo que le conoces, de hecho te cruzas con él todos los días al salir del supermercado…

Aquella noche Telma no pudo dormir. La idea de ver a su hijo, blanco, en un continente de negros, le hizo sentir tan vulnerable que a la mañana siguiente decidió acercarse al joven vendedor que, en esos momentos, se estaba atando un cordón del zapato. Telma pudo ver que del bolsillo de su chaqueta asomaba un librito de crucigramas…

—¿Eres Bienvenido? —le preguntó.

El joven, que no reconocía esa voz, se puso en pie y cuando vio la cara de la señora que nunca se había dignado a saludarle, se detuvo unos instantes antes de contestar:

—¿Lo soy? —clavándole sus ojos negros.

Y ella, con una sonrisa franca, le respondió:

—Lo eres, por supuesto que lo eres… 

© Vanessa Gil

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