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Bella hasta el fin

Olivia siempre fue bonita.

No, no es cierto: Olivia siempre fue muy bonita.

Su belleza llamaba la atención ya desde la cuna: nadie podía pasar por su lado sin volver la cara porque contemplarla era, simplemente, una auténtica delicia. Y cuando fue creciendo nadie sabe cómo, pero el huracán de la adolescencia que causa estragos en el cuerpo de todas las personas, cuando llegó a ella debió de sentirse tan impresionado que se detuvo y se convirtió en una suave brisa que torneó dulcemente sus senos y sus caderas, haciéndola aún más hermosa.

Nunca tuvo problemas en atraer a los chicos y cuando ella quiso, logró que el bueno de Marco cayera rendido a sus pies, subyugado por la belleza de su cuerpo, pero también por la de su alma. Porque Olivia no sólo era linda, también era inteligente, cariñosa y muchas otras cosas que hacían que su esposo se sintiera el hombre más afortunado de la Tierra.

Poco después de tener a su hijo Nicolás, el restaurante italiano de Marco comenzó a ir tan mal, que a punto estuvieron de perder no sólo el local, sino también su casa. Fueron tiempos realmente difíciles pero que, como los felices, también terminaron pasando. Y no sólo pasaron: Marco, que era como un bambú, aprovechó la crisis para hincar sus raíces en lo más profundo de la tierra y nutrirse de ella. Y, aunque aparentemente no hacía nada, en cuanto encontró la oportunidad adecuada para relanzar su negocio, en un mes creció lo que no había crecido en tres años. Marco, como el bambú, estaba aprovechando el tiempo para generar un complejo sistema de raíces que les permitirían sostener el crecimiento que iba a tener lugar después. Pero Olivia no lo comprendía y se atormentaba día y noche por la situación que estaban pasando, acusándole de no estar esforzándose lo suficiente. Tanto fue así, que cuando todo pasó, descubrió que en su bella y despejada frente, se habían comenzado a dibujar unas pequeñas arrugas de preocupación. Eran las primeras arrugas de las que se percataba y le pillaron totalmente desprevenida. Así que aprovechando la bonanza que vivían, no quiso desperdiciar la ocasión:

—Marco, mi amor, ¿qué te parece si, ahora que nos lo podemos permitir, me quito estas arruguitas? —le dijo a su marido, señalándoselas con el dedo.

—¡Pero si estás preciosa! —respondió él, agarrándole la cara con ambas manos y depositando un sonoro beso en su mejilla.

—¡A ti lo mismo te daría verme en traje de noche que en pijama! —masculló ella.

—¿Es que el pijama no es un traje de noche? —le dijo Marco, tratando de quitarle hierro al asunto y de que no pensara en meterse en un quirófano para hacerse algo que realmente no necesitaba.

Pero Olivia empezó a obsesionarse y no descansó hasta que obtuvo de su marido si no el beneplácito, sí la indiferencia: Marco la había dejado por imposible.

* * *

Olivia había oído hablar mucho de aquel cirujano. De hecho, era el cirujano de las famosas y ellas lucían tan guapas y alegres que, sin duda, no iba a perder el tiempo buscando más.

La operación era sencilla, así que a los pocos días regresó a casa con su nuevo aspecto y su nueva personalidad.

—Cómo son las mujeres… —pensaba Marco— si llego a saber que con tan poca cosa, Olivia podía llegar a estar tan feliz, no me habría opuesto con tanta ferocidad a esta operación…

Porque Olivia estaba radiante por fuera, pero también por dentro. Parecía otra mujer, mucho más despreocupada. Parecía que, literalmente, le hubieran liberado del pesado fardo de sus viejas preocupaciones…

Una noche, mientras cerraban el restaurante y después de despedirse de sus empleados, se quedaron a solas en el salón.

—¿Recuerdas cuando esto era sólo un tugurio con olor a pizza y salsa pesto? —le dijo Marco, arrimándose cariñoso a su esposa y apartando la silla de madera que le separaba de ella.

—Sí, bueno… —respondió ella, zafándose de su mirada y soportando su abrazo, un tanto incómoda—  Pero afortunadamente ya pasó todo, ¿no?

El hombre no respondió. “Sí”, pensó, “definitivamente, esa operación ha hecho de ella una persona mucho más positiva…”.

* * *

Marco pensaba que la sugestión era algo muy poderoso y que, en realidad, el rostro de Olivia tampoco había cambiado tanto. Pero Olivia pensaba bien distinto…

—¿Sabes, cariño? He pensado que voy a operarme de estas pequeñas arrugas que me han salido alrededor de los ojos… —esta vez no buscó la aprobación de su marido, simplemente le informó.

—Cuando nació Nicolás decías que te saldrían arrugas en los ojos de tanto sonreírle y parecías feliz —repuso Marco, distante—. Bien: pues ahí las tienes.

Pero Olivia no le escuchó y esa misma tarde acudió al cirujano.

Días después, a su regreso, fue a recoger a Nicolás al colegio y oyó que una niña le decía en voz baja a su madre:

—Hoy no ha venido la mamá de Nico a buscarle, ésa debe de ser su hermana mayor o su canguro…

El niño también escuchó el comentario pero, en lugar de replicar a su compañera, prefirió levantar la barbilla y, henchido de orgullo, se agarró de la mano de la madre más joven y bella del mundo… Esa noche, mientras Olivia le arropaba, el pequeño se puso mimoso:

—Anda, mami, cántame la canción con la que me dormías en tus brazos cuando era un bebé…

Y entonces Olivia se quedó en blanco.

—Sí… decía así: duérmete niño, duérmete ya… —y apagó la luz de la lamparita de la mesilla para que su hijo no notara lo desorientada que se sentía.

Pero Nicolás ya se había dado cuenta y no tuvo valor para decirle a su madre que ésa no era la canción que le había cantado sin cesar desde que estaba en sus entrañas. Así que se dio media vuelta en su camita y, con los ojos muy abiertos y brillantes, aguardó a que su madre terminara de cantar aquella estúpida nana…

* * *

Meses después y, pasados los efectos de la novedad, Olivia comenzó a sentir en su interior la inquietud por la necesidad de una nueva dosis de colágeno. Se estaba dando cuenta de su excesiva “afición” y había intentado superarla ella sola, tratando de compensarla mediante otras artes. Así, a pesar de que superaba ampliamente los cuarenta, empezó a gesticular y a moverse como una jovencita; incluso empezó a usar las mismas expresiones que cuando era una adolescente… algo que podía parecer ridículo, pero, en cualquier caso, era un ridículo paliado por su formidable aspecto.

Olivia tenía que reconocer que su juventud, a pesar de su éxito y popularidad, en realidad nunca fue tan plena como fueron los años posteriores, pero ella amaba la vida y quería seguir perteneciendo al mundo, un mundo que, al parecer, sólo era propiedad de los jóvenes. Y si sólo se podía vivir de verdad siendo joven, ella había decidido que viviría al máximo: esa misma mañana acudió a la clínica de cirugía estética a quitarse las arrugas que le habían salido a ambos lados de la boca… las marcas de tanto reír y sonreír, la huella inequívoca de la felicidad…

Marco la echó tanto de menos durante esos días que pasaba en casa el tiempo justo; el resto del día trabajaba sin descanso en la cocina del restaurante. Cuando Olivia regresó, su marido estaba echando una cabezadita apoyado en la encimera, mientras un guiso de zanahorias borbotaba en su olla. Dudó en despertarle… No sabía que Marco estaba soñando con la primera vez que la vio reír: aquella tarde ventosa en la que estaban paseando por el embarcadero y él le estaba confesando sus sueños más locos de montar un restaurante y dedicarse toda su vida a su gran pasión, la cocina. En un momento, un golpe de viento le estampó un enorme folleto en la cara y al leerlo vieron que se trataba de la publicidad de un restaurante italiano.

—¡Una señal! —dijeron ambos, al unísono.

Y Marco cogió el folleto y lo convirtió en un gorro de chef, que se colocó al instante en la cabeza y con el que se paseó el resto de la cita…

El cocinero debió de sentirse observado y se despertó sobresaltado.

—Hola… —dijo ella, esperando un halago de su esposo.

Pero la transformación física de Olivia era casi imperceptible para él, en comparación con la que estaba teniendo lugar en su corazón. Así que en un desesperado y patético intento de recuperar a su esposa, cogió la servilleta de papel que tenía al lado y se hizo un gorro como el de aquella tarde borrascosa. Se lo puso y miró fijamente a su mujer:

—¿Te acuerdas?

Olivia, sintiéndose acorralada, asintió levemente con la cabeza, tratando de salir del paso…

Marco suspiró y guardó silencio. Sentía que tenía fuerzas para todo, excepto para eso.

—Es curioso, ¿no?… —meditó Marco a media voz.

—¿Qué quieres decir?

—Que yo me sintiera tan fuerte y seguro a tu lado en medio de un vendaval que hace que casi lo perdamos todo y ahora que todo va bien no sé dónde estás, no te encuentro…

—¡Pues precisamente por eso hago esto!: ¡me opero para dejar de ser invisible, porque ya no me miras, no te fijas en mí! —respondió Olivia, defensiva y justificándose a la desesperada— ¡Quiero que me mires como antes, por eso quiero volver a estar guapa para ti…!

Era cierto que a Marco le pasaba desapercibido cualquier cambio en el aspecto de su mujer. A veces, ni siquiera se daba cuenta de que se había cortado el pelo. Pero eso era porque él la veía mucho más allá de su forma… En esos momentos, la miró con detenimiento y se dio cuenta de que ese cirujano milagroso no había conseguido que el tiempo se detuviera para su mujer, ¡sino que corriera marcha atrás! Observó el reflejo que le devolvía el cristal de la vitrina de las copas y se dio cuenta de que él estaba tan viejo que parecía su padre.

Olivia no pudo soportar el silencio de Marco y se echó a llorar amargamente. Pero esta vez su esposo no fue a consolarla porque la expresión de su cara era tan teatral, que le pareció que su llanto no era auténtico…

Cuando Olivia se calmó y vio en el espejo los efectos de su disgusto, acudió corriendo de nuevo a la única persona que tenía el poder de hacer que se sintiera mejor…

Marco soportó la ausencia de su esposa en medio de un mar de dudas… Pensaba en los valores y la sabiduría de sus padres y abuelos y se preguntaba por qué ahora la gente no sólo no quería parecer mayor, sino tampoco serlo de verdad. A él también le daba pena envejecer, pero sabía bien que la frescura y la inocencia que dan el tener toda la vida por descubrir es algo que el bisturí no puede hacer emerger, por muy profundo que penetre en la piel…

* * *

Los años siguieron corriendo hacia delante y la piel de Olivia hacia atrás… Y mientras tanto, Marco empezó a sufrir el tormento de los celos: celos porque su mujer se pasaba los días fijándose constantemente en el aspecto de otras mujeres más jóvenes. Celos porque, poco después, acudía a su cirujano, pasaba unos días hospitalizada y regresaba a casa distinta y radiante. Celos del propio espejo en el que se pasaba las horas contemplando su nueva imagen. Celos, celos, celos… celos de que su esposa tuviese puesta su mirada en todo, menos en él.

Para entonces, Nicolás se había convertido en un adolescente inteligente, pero acomplejado, que tenía algunos problemas con las chicas.

—Mamá —le dijo un día que acababa de sufrir su tercer rechazo— ¿a ti te dieron calabazas alguna vez?

Pero el acceso de Olivia a sus recuerdos era cada vez más restringido.

—Déjame pensar… —respondió ella, con un tono petulante, más propio de una quinceañera que de una mujer de cincuenta años — no, a mí nunca me rechazaron.

—¿Por qué crees que no gusto a las chicas? —preguntó el joven, desolado y humillado.

—A las chicas nos gustan los chicos que se cuidan más, que se preocupan más de su aspecto…

A Nicolás no le extrañó que su madre se considerase a sí misma una “chica” porque, efectivamente, así lo parecía. De hecho, parecía que había llegado el momento en que sus edades se habían cruzado: lucía, incluso, más joven que él. Pero Nicolás necesitaba una madre, no una frívola compañera de clase y su respuesta había hecho que él perdiera la escasa confianza que aún le quedaba en ella…

Pero quitar arrugas en un cuerpo que está destinado al deterioro es como achicar agua de una barca agujereada. Así, aunque el cirujano hacía un trabajo excelente en cada “retoque” que Olivia se hacía, enseguida unos pliegues nuevos venían a captar su ya de por sí desmesurada atención, entrando en un bucle sin fin…

Una noche, Marco no podía dormir y se abrazó al cuerpo de su esposa, que siempre le había dado tanta paz. Ella se desasió de sus brazos y le dijo que así se le volverían a marcar las arrugas que acababa de quitarse.

—¿Qué arrugas? —preguntó él, ya cansado, encendiendo la luz de la lámpara.

—Éstas… —respondió Olivia señalándose las arrugas verticales se forman entre los pechos, entre otras cosas, por dormir acurrucada y acogida entre los brazos de alguien que te quiere.

Marco miró a su esposa: no, ya no la reconocía.

Se levantó muy despacio de la cama, se vistió con calma ante su mirada atónita y sacó su maleta.

Olivia, entendiendo por fin lo que estaba a punto de suceder, empezó a angustiarse:

—¿Te vas?, ¿por qué?, ¿ya no me quieres?, ¿no soy la misma de la que te enamoraste?

Marco, antes de salir por la puerta, estuvo a punto de hacer simplemente, un gesto de negación con la cabeza. Pero recapacitó un instante y, sin volver la cara, respondió:

—Justo porque eres exactamente la misma de la que me enamoré.

Cerró la puerta y tras de sí dejó a una hermosa mujer que no se sabía si reía o lloraba porque sus ojos ya no eran capaces de producir lágrimas…

© Vanessa Gil

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