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A las puertas…

Era medianoche: la hora mágica.

Claudia acababa de despertarse en un banco del parque con un solo zapato y con la sensación de haber bebido más de la cuenta. Acababa de cumplir dieciséis años, pero ella se sentía muy diferente de cuando tenía sólo quince. Cuando nos hacemos mayores, las fronteras de la edad se desdibujan, pero cuando somos jóvenes, un año, un mes, una semana, un solo día… marca la diferencia.

La farola del parque alumbraba lo suficiente para que la joven, aún algo mareada, diera con su endiablado zapato de tacón y se lo calzara, recuperando así un poco de la dignidad perdida. Trató de hacer memoria de dónde estaba y adónde se dirigía, pero sus recuerdos eran una maraña. Buscó en su bolso el espejo y el lápiz de labios y con sólo dos hábiles movimientos de su mano adoptó ese aire de mujer fatal que tanto le gustaba. Cuando estaba a punto de besar la imagen que le devolvía el pequeño espejo, vio de refilón el reflejo del dorso de su mano izquierda: tenía algo escrito. Claudia no recordaba haberse apuntado nada, de hecho no era su letra. Pero el mensaje era claro:

“Sábado a medianoche fiesta en el ático de la Avenida Celeste, número 7”.

No estaba segura de si fiarse de lo que le habían escrito, pero la letra era clara y femenina, así que lo más seguro era que alguna amiga le habría dejado el mensaje apuntado para poder reunirse con ella si finalmente se despertaba. “Sí, es eso, no cabe duda…”, se decía Claudia en plena búsqueda de su destino.

—Perdone, ¿puede indicarme dónde queda la Avenida Celeste? —le preguntó a una mujer de rostro ajado que rebuscaba comida entre los cubos de basura.

—Está al final de esta calle, mira… —y le agarró los brazos con tanta brusquedad que Claudia se arrepintió de no haber sido más cauta a la hora de pedir ayuda— ¿Ves aquel sitio de donde sale tanta luz?

— Sí… —respondió la chica, desasiéndose discretamente de sus manos y empezando a imaginarse la fiesta tan increíble que estarían dando en aquel sitio que podía ver su resplandor tres calles más abajo.

— Así que vas para allá, ¿eh? —le dijo la mujer, con cierto anhelo en la voz— Pues supongo que no puedo decirte más que ¡muchas felicidades!

La mujer le regaló una sonrisa desdentada y Claudia no supo por qué la felicitaba: ¿sabría que el día anterior había sido su cumpleaños?, ¿la felicitaba por su buen gusto a la hora de elegir fiestas…?

—Sí, bueno… ¡gracias! —y al segundo siguiente la joven había olvidado las palabras de la mujer y apretaba el paso para no ser de las últimas en llegar.

Los zancos sobre los que iba subida y la exigua minifalda le impedían andar con comodidad, pero ella se sentía una diosa de piernas largas y no le importaba caminar como una geisha con tal de llegar a aquel ático y efectuar una entrada triunfal. Mientras se ahuecaba la melena y se ajustaba tanto el corpiño que casi desvelaba el secreto que lo atenazaba, Claudia pensaba en lo importante que era llegar a una fiesta en el momento preciso: si llegaba muy pronto, todos pensarían que su plan previo era muy aburrido; pero si llegaba demasiado tarde, nadie se daría cuenta de su existencia y todas las relaciones sociales que ella esperaba mantener ya estarían trabadas y ella quedaría al margen, en la más completa oscuridad, ignorada por todos…

Tres calles más arriba, atisbó el edificio número 7 de la Avenida Celeste. Y efectivamente, las intensas luces provenían del ático. Desde abajo, la vista no le alcanzaba para ver si había mucha gente o no, pero se oían voces y música y por la terraza asomaban algunos helechos y otras plantas… parecía un sitio espectacular. Claudia se moría de ganas por llegar y más aún cuando entró en el moderno y lujoso portal. Ya se veía rodeada de la gente más cool de la ciudad… sus compañeras de clase se pondrían verdes de envidia cuando se lo contase el lunes.

El ascensor estaba iluminado por una luz blanca azulada y los números de los pisos se iban tiñendo también de azul a medida que la muchacha ascendía hacia el ático, en el séptimo piso. Cuando las puertas se abrieron, Claudia no tuvo problema en identificar la puerta de acceso a la fiesta, pues un portero de aspecto tosco franqueaba la entrada.

—¡Hola, buenas noches! —saludó Claudia con su mejor sonrisa, tratando de aparentar dominio de sí misma e intentando pasar con la mayor naturalidad del mundo.

—¿Dónde crees que vas? —le paró el portero.

—Una amiga me ha invitado a la fiesta y, si eres tan amable… ¿me permites? — improvisó, acercándose a él demasiado, hasta agarrar el picaporte de la puerta.

El portero era un joven de unos treinta años, bien parecido, pero de carácter algo bronco.

—¿Sí?, ¿una amiga?, ¿y qué amiga? —se estaba divirtiendo de lo lindo.

Claudia se quedó en blanco, soltó el picaporte, miró al suelo y al volver a levantar la vista se topó con la chapa identificativa del portero.

—Mira… Pedro —y la chica decidió confesarse— Voy a serte sincera: no estoy segura, pero creo que una amiga mía me ha recomendado venir a esta fiesta y debe de estar ahí dentro, esperándome.

—¿Lo crees? —preguntó Pedro con sorna.

—Sí… es una larga historia, pero así lo creo —respondió Claudia, suspirando.

—Dame, entonces, tu invitación.

—No tengo invitación.

—Pues en ese caso no puedes pasar.

Claudia empezó a impacientarse. La medianoche había quedado atrás hacía ya una hora… como no se espabilara, entraría tarde en la fiesta y se quedaría plantada como una seta toda la noche. Pero ya era toda una mujer y no quería que el portero se diese el gusto de verla descontrolada en una de sus rabietas, así que tomó aire y armándose de paciencia le dijo:

—Es cierto, no tengo invitación. Pero mi amiga me apuntó esta dirección en la mano, mira…

Y le señaló con el dedo su inscripción, indicándole cada sílaba, como si a Pedro le costase leer.

—Ya, ya lo veo, no hace falta que me digas por dónde tengo que leer, la frase no es tan larga, ¡no voy a perderme!

Claudia se mordió el labio arrepintiéndose de su gesto. Era una manía que tenía desde niña: no sabía leer si no le acompañaba su fiel índice. Una costumbre que un profesor de literatura le quiso quitar con guasa diciéndole que no usara el “DDT” (“dedete”), pues era tóxico, pero ni por ésas…

—Lo siento, pero no es suficiente. Si no tienes invitación, no puedes pasar —repitió Pedro, pétreo como su nombre.

—Vaya, Pedro, me has decepcionado… —y Claudia comenzó a desplegar todo su arsenal.

—¿Que yo te he decepcionado? —y el portero soltó una carcajada que casi hace flaquear a la muchacha.

—Pues sí, la verdad… Dicen que los porteros no piensan por sí mismos, que simplemente cumplen órdenes, como los soldados… pero yo siempre os defendí, siempre pensé que los buenos profesionales de lo que sea son personas flexibles y esperaba que tú lo fueras, pero veo que estaba equivocada… —y la chica le miró con actitud reprobatoria, como una madre regañando a su hijo.

Pedro no pudo evitar reírse de nuevo. La verdad es que aquella chica no sólo era osada, sino también de lo más ocurrente…

—Así no vas a conseguir que te deje entrar… —le dijo, secándose las lágrimas.

— ¿No? —y le lanzó una mirada ingenua que casi ablanda su corazón de pedernal —Pues es una pena… pero bueno, lo he intentado… Si en el fondo sólo pretendía distraerte, Pedro, porque debes de tener un trabajo horrible, ¿no es cierto?

—No, no es cierto, es un trabajo como otro cualquiera…

—Debes de estar aburridísimo, todo el día ahí plantado como un pasmarote, viendo entrar y salir a la gente y reduciendo a cenizas los sueños de adolescentes como yo… ¿No te has planteado dejar este trabajo?, ¿en qué trabajabas antes?

Pedro recordó sus días de pescador y, por unos instantes, se le nubló la mirada, no sabía si de la niebla del mar o de la tristeza que le producía precisamente no tenerla ante sus ojos… Claudia pensó que si tiraba un poquito más del hilo quizás aún no estaba todo perdido.

—Pues si yo fuese tú dejaba este trabajo ahora mismo… —susurró, como si no fuera ella, sino su conciencia, la que pronunciaba esas palabras.

Pedro volvió en sí y dio un pequeño respingo que hizo tintinear las llaves de su llavero:

—¡Buen intento!

—Pero, ¿qué te cuesta? —Claudia no se daba por vencida, mientras miraba de soslayo las llaves que abrían la puerta a la diversión—. Es que no puedo entender qué gana la persona que da esta fiesta impidiéndome la entrada. ¿Es por dinero?, ¿cuánto tengo que pagar por la invitación que no tengo?, ¿y cuánto más quieres tú?

Y la joven sacó de su monedero un fajo de billetes impropio para su edad.

—Guárdate eso, no se trata de dinero… —le ordenó el portero, escandalizado.

—¿De qué se trata entonces?

—No tengo por qué darte explicaciones. Simplemente sin invitación no puedes entrar.

Claudia suspiró otra vez y Pedro pensó que por fin se había rendido.

—¿Qué hora es? —preguntó con frescura, reanudando su cháchara.

—Es la una y cuarto de la madrugada.

—¿Has cenado?

—No, no he cenado.

—¿Y no tienes hambre?, ¿quieres bajar conmigo a tomar algo? —Claudia no sabía qué hacer para ver la puerta libre, pero por si había sido demasiado transparente añadió —¿o quieres que te suba algo para picar?

Pedro pensó que no le vendría mal reponer fuerzas: el desgaste estaba siendo considerable.

—De acuerdo, súbeme una limonada y unas galletas —y le lanzó un par de monedas.

Mientras Claudia bajaba por el ascensor, trató de pensar con rapidez: “¿Y si le pongo un somnífero en la bebida?, ¿pero de dónde saco yo ahora un somnífero? La farmacia más cercana queda a dos manzanas y si tardo tanto, seguro que sospechará algo…”.

La muchacha compró las viandas y regresó de nuevo al edificio. Mientras esperaba a que se abriera el ascensor, escuchó con nitidez un llanto desgarrado. No sabía de dónde provenía, pero estaba segura de haberlo oído. Al llegar al piso séptimo no pudo contenerse:

—Pedro, ha pasado algo abajo… he escuchado a alguien llorar… espero que no pienses esta vez que quiero distraerte porque…

—Sí, lo sé, es en el sótano —le interrumpió el portero.

—¿Quién es?, ¿qué le ocurre? —Claudia se olvidó por un momento de sí misma y de su fiesta y volvió a estremecerse recordando lo que acababa de escuchar.

—Ve a verlo tú misma si quieres. Al fin y al cabo: ¡aquí no vas a entrar! —contestó Pedro, con humor —¿Tú no tenías hambre, dónde está tu cena?

Claudia se había olvidado por completo de comprarse algo para disimular.

—Esperaba que me dejases entrar a la fiesta y picar algo…

—Claudia: no puedo dejarte entrar aquí, ¿comprendes?

El tono que empleó Pedro la enfureció tanto que no se dio cuenta de que el portero la había llamado por su nombre, cuando ella en ningún momento se lo había revelado. Estaba tan enfadada que explotó:

—¡Vas a acordarte de esto! —estalló— ¿Tú sabes quién es mi padre?

Pero al decir esto, de pronto advirtió que no recordaba quién era su padre. “¿Tanto había bebido que no podía acordarse de su familia?”.

Y entonces Claudia se derrumbó y comenzó a sollozar porque la imagen de su padre estaba más borrosa en su cabeza que la máscara de pestañas manchando sus mejillas… Y lloró también porque, sin saber muy bien el motivo, y a pesar de estar de fiesta, estaba triste. Una tristeza antigua y remota, que el alcohol no había logrado terminar de borrar…

Pedro, conmovido, se acercó a ella, le levantó dulcemente la barbilla y le ofreció una galleta:

—¿Quieres una?

Y entonces Claudia quemó su último cartucho: le miró con sus grandes ojos verdes y, acercándose aún más a él, le dio un suave, pero largo beso en los labios.

Pedro, sorprendido, no supo reaccionar y se quedó quieto, saboreando las lágrimas saladas de aquella muchacha, que tanto le recordaban a su mar…

La joven se levantó y, con un gesto que el portero no supo interpretar, tomó el ascensor y se fue. Mientras bajaba, Claudia agitaba triunfante su tintineante trofeo frente al espejo y se decía que sólo era cuestión de tiempo que Pedro se diese cuenta de que tenía la cara manchada de maquillaje y se fuera al baño a lavarse. Entonces ella abriría la puerta con sus llaves y se colaría, por fin, en su ansiada fiesta. Al llegar a la planta baja las puertas se abrieron y volvió a escuchar ese llanto infernal. La curiosidad le pudo: pulsó el botón “-1” para ver qué sucedía en ese sótano…

El lujo de las plantas superiores dejó paso a un lugar oscuro y húmedo que olía a rancio. Los lamentos se oían cada vez más fuerte y Claudia sintió cómo el miedo se agarraba a sus piernas y no la dejaba avanzar. Lentamente, llegó hasta la puerta de hierro del fondo, que estaba entreabierta, y fue entonces cuando se dio cuenta de que allí había dos personas, no una sola como pensaba. Las voces le resultaban tan familiares que se echó a temblar…

Abrió la puerta y se encontró en la habitación de un hospital. Y no tuvo problema alguno en reconocer a las dos personas que lloraban junto a la cama de una chica: ¡eran sus padres! Y la chica que yacía demacrada con la vida escapándose en cada exhalación… ¡era ella!

—¡No puedes hacerlo, no puedes desconectarla! —gritaba su madre.

—¡Pero si ha sido ella la que se ha hecho esto! ¡Es ella la que no quiere estar aquí, a nuestro lado! ¿Quiénes somos nosotros para retenerla? —su padre chillaba y lloraba enloquecido de dolor.

—¡Sus padres, cariño, somos sus padres…! —y la mujer se abrazó a su esposo llorando sin parar y sin dejar que se soltara.

Claudia, horrorizada y paralizada, sintió cómo la sangre volvía poco a poco a sus piernas y salió corriendo de allí. Subió atropelladamente las escaleras que la llevaban de nuevo a la superficie y cuando estaba a punto de abandonar el edificio, recordó que aún tenía las llaves de Pedro en la mano. A pesar de todo, no quería que le echasen del trabajo. Así que se acercó rápidamente a los buzones y con su lectura algo torpe y su inseparable dedo índice buscó la palabra “Ático” en las ventanillas. Pero no la encontró. Probó, sin esperanza alguna, con el nombre del portero. ¡Sí! ¡curiosamente ahí estaba!: “Pedro”, junto a un siete pequeñito indicando el piso. Claudia arrojó las llaves en su buzón y salió volando de allí, sin reparar que su fiel índice no le había dejado leer las tres letras que precedían su nombre: un simple “San” que le habría hecho comprender muchas cosas…

© Vanessa Gil

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