Defenderte de las agresiones de hoy

Estoy de baja laboral porque un compañero me acosó. A él le despidieron y yo me siento más recuperada, pero tengo que volver al trabajo (un trabajo que no me apasiona, pero muy estable) y temo enfrentarme a otras personas que, si bien no me acosan, no son precisamente agradables y siento que “campan” por mí a sus anchas. Por dentro hiervo de rabia y siento ganas de responder a sus comentarios, pero siempre me contengo porque me da miedo descontrolarme.

Si estuviésemos en la Edad de Piedra, seguramente esta conversación que hoy tenemos no tendría lugar. Los ataques de los demás eran absolutamente palpables: gruñidos, golpes, palos y piedras. En el proceso de civilizarnos, nuestro cerebro se ha “refinado” tanto que se ha hecho de lo más sofisticado. Así que ahora podemos sentirnos heridos por actos mucho más etéreos y simbólicos: una mirada, un desprecio, una palabra… Se cuelan en nuestro ser sensible y permitimos que echen raíces y crezcan en nuestra alma.

Como ya comenté en otra ocasión, me gusta la metáfora de nuestra vida como un tablero de ajedrez, ilustra muchos aspectos, creo yo. En este caso: mi espacio, tu espacio, ¿te suena ;-)? Cuando tuve la ocasión de visitar la Isla del Príncipe Eduardo (donde está ambientada mi novela El muñeco ruso), me fascinó poder ver tan de cerca tantas y tan preciosas casas porque ninguna tenía valla alguna que las protegiera. Habiendo crecido en un entorno habitual de cierres, verjas y alarmas, me chocaba ver viviendas sin rejas, vallas, setos ni ningún otro límite que las defendiera del mundo. Sería bonito vivir así, ¿verdad? En un lugar donde puedes ser tú sin necesidad de defenderte porque se da por hecho que el otro va a respetar tu espacio… Pero lamentablemente no es así. Y si alguien entra en tu terreno, en esa parte del tablero que es SÓLO tuya y, como dices, “campa” a sus anchas, la culpa, por supuesto, es del otro… pero la responsabilidad de que deje de hacerlo es SÓLO tuya.

Vale la pena que te detengas a mirar con calma tus opciones y comprobar si esas puertas están o no abiertas, porque a veces el agobio se produce porque no nos dejamos abiertas esas salidas de emergencia. Quizás eres una persona autoexigente y sabes que, en el fondo, lo único que te hace falta es un arranque de asertividad, de valentía. Y como crees que ésa es la verdadera y definitiva solución y no te atreves a llevarla a cabo, deshechas todas las demás. O todo o nada. Pero veamos si hay más opciones, porque que una no esté aún “madura” no significa que tengas que soportar pasivamente todo lo que te pasa:

Comprende al agresor para saber manejarlo

El agresor, aunque no te lo parezca, es una persona dependiente. Si busca nutrirse de ti (de tu atención, de tu obediencia, de tu condescendencia…) es porque tú le das el alimento que necesita. Deja de dárselo, así de simple. Si busca tus reacciones y te provoca, no reacciones. Si busca tu atención, muéstrate superocupada e ignórale con educación pero con firmeza. Si busca embaucarte con su conversación, pasa a ser tú quien dirige la conversación, desvíala, como si de una bola mal lanzada se tratase, y vuelve a tus cosas. Si busca tu obediencia (pero no se la debes, pese a compartir espacio de trabajo), no se la des. Si busca manipularte, sé consciente y no te dejes (por las buenas… o por las malas). Si busca herirte, no le dejes ver que lo ha conseguido (aunque así haya sido por ahora)… En fin, párate a saber qué busca de ti y no se lo des.


Compréndete a ti para poder trascenderte

Aunque no lo creas, la vida te ha regalado una oportunidad de oro para crecer: una persona fastidiosa. ¿Qué es lo que pulsa en ti, que te tiene tan alterada?, ¿por qué esa persona tiene tanto poder en tu vida, en tu estado de ánimo? Es importante que lo descubras.

Y, sobre todo, es importante que te hagas una pregunta que igual nunca te has hecho: ¿qué obtienes tú al permitir al otro que se comporte así? Porque el agresor obtiene algo, sí… pero tú también, pues de lo contrario no lo permitirías. Tienes que saber qué es y ponerle nombre para poder dejarlo atrás.

Lo que se obtiene de permitir un comportamiento dañino suele ser siempre lo mismo y tiene dos capas:

La capa más superficial es la preocupación por mantener tu autoconcepto de “buena persona”. Tienes una idea de ti misma, de lo que es ser buena persona, buena compañera, buena trabajadora… y las personas que te agreden te ponen a prueba, amenazan con sacar la “oscuridad” que, en mayor o menor medida, todos tenemos dentro. Mira cara a cara a tu oscuridad y verás que también tiene su función. En la Edad de Piedra si no podías huir de un león, te aseguro que te habrías defendido con uñas y dientes… y no te habrías sentido “mala persona”. Simplemente, te estarías defendiendo.

Pero hay otra capa más profunda y es que esa preocupación, en el fondo, encubre tu miedo. Te da miedo enfrentarte, así de simple. Y no pasa nada, es humano. Pero escarba un poco, por favor: ¿a qué tienes miedo exactamente?, ¿qué es lo peor que puede pasarte?:

Que surja un conflicto escandaloso en el trabajo y recibas una amonestación.

Una regañina no mata a nadie. Y date cuenta, además, de que a través de la forma en que ambas partes reaccionéis, os retrataréis. Así que, en todo caso, estarás dando oportunidad a que las cosas se manifiesten y a que tus superiores recaben información de valor. Y, aquí entre nosotras, no te digo que montar un lío sea algo agradable, pero a tu autoestima le da un gustito afirmarse cuando la defiendes de los abusos, que ni te imaginas…

Que la relación con la persona que te daña se estropee y dejéis de hablaros.

Piénsalo: ¿no sería genial que la persona que te agrede comprenda de una vez por todas hasta dónde puede llegar? A veces para que algo se arregle, primero tiene que romperse del todo. Y, por otro lado, ¿no crees que sería una bendición dejar de tener relación con alguien que no te trata bien o es que estás sometida a tu necesidad de que todo esté “bien” al menos en la apariencia…? ¿No es mejor una vez colorá que ciento amarilla?

Que la persona de la que te defiendes tome represalias.

Si el riesgo de esto es real (y no una paja mental tuya, asegúrate bien…), debes informar inmediatamente a tus superiores.

Que te echen del trabajo.

Sinceramente, lo veo posible pero poco probable. Aunque en el supuesto caso de que eso pasara, piénsalo: dices que no te apasiona, que no estás a gusto con la gente, que no te apetece volver y que estás de baja… y, sin embargo, no estás aprovechando ese tiempo para buscar otras alternativas profesionales porque, como comentas, lo que tienes es algo estable y te sientes cómoda en este sentido. Bien, soluciones perfectas no existen: debes elegir entre vivir la incomodidad de la incertidumbre de buscar o la incomodidad de la certidumbre de seguir viviendo en un ambiente desagradable. Tú eliges.

Tienes más opciones para mejorar tu situación. Por ejemplo, puedes aprender a vivir con ello sin que te afecte. Si elegiste la comodidad de la certidumbre y quieres ese mantener tu puesto a toda costa, quizás sea el momento de empezar a concebir tu trabajo de otra manera y aceptar que el ambiente de hostilidad te obligará a tener una actitud menos abierta y más autoprotectora hasta que te sientas cómoda del todo en tu nuevo posicionamiento interno… Opciones hay muchas, descúbrelas. Pero date permiso para usar alguna de tus puertas de emergencia, no las cierres todas o tú misma estarás perpetuando tu sufrimiento.

 

Un abrazo,

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