Solos en un planeta superpoblado

Siento un gran vacío. Me siento desprotegida. Soy una “single” empedernida. No tengo ya familia directa. No soy una persona de grupos… Me apoyo mucho en algunos amigos, pero, claro, no siempre están ahí para mí. Me he separado bastante del grupo de amigas; no es que sienta envidia, pero tienen de todo: familia, dinero… sin embargo yo…

En mi “café para llevar” sobre la timidez, “Mostrarte al mundo”, hago alusión a la idea de que si fuésemos manzanas podríamos definir nuestra comunicación en tres niveles: de piel a piel (superficial), de carne a carne (más profunda) o de pepita a pepita (comunicación íntima). Cuando nos sentimos solos, suele ser porque añoramos poder comunicarnos de esta forma esencial, de semilla a semilla. Ya lo decía Ana Frank: una persona puede sentirse sola, aun cuando mucha gente la quiera. Es que todavía no es la “única” para alguien

Me parece muy humano y natural desear la compañía que deseas (eres humana, social por naturaleza). Y más en un mundo donde todos se afanan tanto en demostrarnos lo felices que son y cuánto se divierten juntos (me pregunto de dónde obtendrán más satisfacción: si de vivirlo o de contarlo…). Pero imagina por un momento que es tu cumpleaños, celebras una gran fiesta e invitas a toda la gente que conoces. Todo el mundo acude, todos te sonríen, te felicitan y algunos hasta te abrazan… pero casi nadie te trae un regalo, apenas una o dos personas. ¿Cómo te sentirías? Te invito a pensar en esta imagen porque me parece poderosa y, a mi juicio, simboliza bastante bien lo que yo siento que son las relaciones humanas: ¿no crees que la amistad y el amor son dones, regalos de la vida, que no podemos exigir… y ni siquiera esperar? Sí, ni siquiera esperar. Así que lo venga, será bienvenido, y si no viene… bueno, es que es lo natural, como luego te explico. Venimos al mundo solos y nos vamos solos. Si Dios, el Universo o quien tú quieras hubiese pensado que para tener una existencia completa necesitásemos tanto al otro, nos habría creado en pack, como los yogures, ¿no te parece?

En tus palabras siento que tu atención está totalmente puesta fuera de ti: sientes que hay otras personas con unas vidas que supones más completas que la tuya y desearías (aunque no lo exiges lógicamente porque lo comprendes) que estuviesen más disponibles. O poder tener a tu alcance tú también todo eso de lo que sientes que careces porque crees que eso te haría feliz. O, cuanto menos, completa. Y, sobre todo, normal, porque eso es, además, lo que nos han enseñado: que hay que tener amigos (cuantos más mejor), pareja, hijos… si no, es que alguna tara debemos de tener.

Quiero recordarte que tu vida tiene sentido ya. Ahora. Sin amigos más cercanos. Sin pareja. ¿Y cuál es su sentido? Sólo tú puedes saberlo. Y si no lo sabes tienes la responsabilidad de encontrarlo. Y si no lo encuentras, lo creas. Y si no lo sabes crear, ¡te lo inventas! Porque eso es ¡como ir al baño!: algo que NADIE puede hacer por ti. Has venido a este mundo, como todos, con la carga de tu existencia: con tu libertad. Que sí, que suena muy bonito, que todos la queremos… pero qué difícil es manejarla y hacer un buen uso de ella, ¿verdad?

Me sería muy fácil decirte que salgas, que conozcas gente nueva… pero si eso lo vas a hacer, como se suele hacer, en modo “Rastreator”, es decir, en una búsqueda desaforada (en Internet o en donde sea) por encontrar “a ese alguien” (ese “prototipo” que tanto repiten en cierto programa de citas…), o a ese grupo de gente totalmente afín a ti… creo que tu insatisfacción no desaparecerá porque así lo único que harás es perpetuar tu malestar, ya que seguirás manteniendo el foco, tu atención, fuera de ti. Y yo quiero invitarte a que lo lleves adentro, a ti, a tu vida. A tu día a día. A conocerte, a saber cuáles son los cerillos que se encienden en ti, como decían en la preciosa novela y película Como agua para chocolate. Me gustaría animarte a que descubras uno o varios centros de interés en tu vida: aficiones, actividades… proyectos. Proyecto, qué hermosa palabra… Algo que te llene, que te alinee con tu vida. ¿Alguna vez has sentido esto? Sabrás que estás alineada cuando hagas algo y descubras que tu ser está ahí, contigo, y no desearías estar haciendo otra cosa ni con otra persona ni en otro momento. Que estás disfrutando de tu existencia tal y como es. ¿Que es posible que aún la disfrutarías más si lo compartieses con alguien especial? Es posible… ¡o no! ¿Quién sabe?

A mí, no sé a ti, me ayuda muchísimo a superar mis miedos e inquietudes ponerme en lo peor, suena paradójico, pero a mí me funciona. No me gusta que me digan frases consoladoras sin fundamento: prefiero una verdad amarga, que una mentira dulce. Así que vale la pena mirar de frente a la realidad y saber que la posibilidad de que ese afecto o ese amor que deseas quizá no te llegue nunca. Pero yo te pregunto:

  • ¿tu vida valdría la pena si eso fuera así o elegirás seguir viviendo con ese sentimiento de carencia hasta el final?
  • ¿te vas a seguir sintiendo incompleta y cerrándote a otras cosas buenas de tu vida por descubrir, sólo porque no tienes (o no tienes aún) eso que tienen las personas que te rodean?
  • ¿estás dispuesta a asumir el reto de seguir sola antes que mal acompañada?
  • ¿estás preparada para no unirte a otras personas por mera necesidad de compañía porque sabes que dos abismos nunca hacen una cima…?
  • ¿te apetece convertirte en la mejor compañía para ti misma, para no sentirte la mitad incompleta de nadie, para emprender proyectos interesantes, aun sin compañía, y a proporcionarte a ti misma el amor y las atenciones que esperas que otros te den porque sabes que cada uno sólo tiene la responsabilidad de hacerse feliz a sí mismo y, si lo desea, compartirlo con otros…?

Piénsalo, es muy práctico: si aparece una persona con la que conectes, sabrás reconocerla y acercarte a ella con serenidad y sabiendo que no la necesitas en realidad. Y si no aparece, no te sentirás frustrada porque, aunque la sigas deseando, sabrás que no la necesitarás. Parece fácil de decir y difícil de hacer porque los sentimientos están ahí dentro de nosotros, enturbiándolo todo, ¿verdad? Pero tu sentimiento es fruto de tu pensamiento. Cambia uno y cambiará el otro. ¿Automáticamente? No, por supuesto, pero por algún lado hay que empezar, ¿no te parece?… La verdad es que es muy costoso y tendrás que ser paciente y amorosa contigo misma y perdonarte por todas las veces que te cazarás sintiendo que necesitas algo que en realidad no necesitas, sólo deseas. Pero la recompensa es tu paz de espíritu, ¿no crees que vale la pena probar?

De regreso de lo peor, volvemos a la realidad: vivimos en un planeta superpoblado. Así que es posible que no encuentres jamás a nadie afín… pero es poco probable si vives abierta al mundo. Y con “abierta” me refiero a vivir como si fueras nueva, una recién llegada al mundo: que tus experiencias pasadas sean sólo unas campanillas de alerta, no unos grilletes que te impidan avanzar y relacionarte por miedo a sufrir.

Sin embargo, pienso que esa probabilidad no aumenta a medida que aumentan nuestros “amigos” de las redes sociales. Aumenta asomándote a los ojos de la gente. Aumenta

  • cambiando tus rutinas,
  • haciendo cosas nuevas (no es idea mía, es de Einstein: si quieres resultados distintos, no hagas siempre lo mismo),
  • en, definitiva, saliendo de tu zona de confort (en el sufrimiento, por mal que lo pasemos, estamos cómodos porque es lo que conocemos), o, lo que es lo mismo, superando tu pereza, comprometiéndote contigo misma a hacer las cosas que en realidad quieres hacer y a las que te resistes dándote un montón de excusas que lo único que hacen es boicotearte, impedirte tener la vida que deseas y mereces.

Queremos “tener” amigos y yo creo que es más práctico “ser” amigo. Yo puedo vivir sin “tener” amigos, pero no sin ser “amiga”. ¿Y amigos de quién? De todo, sí, y de todos. No es hippie, es puro sentido práctico. Tener una actitud abierta, amistosa y cariñosa hacia todas las personas con las que nos cruzamos, charlando con unos y con otros, sin otro afán que vivir el momento, no a la caza de nada (la amistad y el amor, insisto, son dones, no mercancía)… sabiendo que es probable que con ninguna o casi ninguna surja el fruto que deseamos. Vivimos las relaciones como inversiones o transacciones en las que esperamos el mínimo riesgo, es decir, queremos recuperar lo invertido e, incluso, con intereses (esperamos recibir más de lo que damos). Yo te propongo justo lo contrario: ¿estás dispuesta a realizar esa inversión a fondo perdido, sin esperanza alguna de recuperación de lo que das… sin apego alguno, sólo porque sí, porque vivirás mejor en esta actitud… porque, aunque suene paradójico, sólo tienes lo que das? Recorriendo tu senda, descubriendo tus cerillos y encendiéndolos, y compartiendo tu luz con quien quiera acercarse a disfrutarla…

Un abrazo,

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