Miedo a ser madre

Tengo 33 años, llevo nueve años con mi pareja y todo apunta a que “tengo que ser madre”. A él le apetece, a la familia también… yo nunca quise ser madre, pero veo que el tiempo avanza y me da miedo que cuando a mí realmente me apetezca, ya no pueda. Pero hay algo que me detiene…

Una de las reacciones más habituales del ser humano ante los cambios es el miedo. Siendo esto así, se extrae fácilmente que cuanto más grande es el cambio que se avecina, mayor es el miedo que genera. Y la maternidad es el fenómeno natural que, pese a su antigüedad, sigue generando miedos más o menos confesables entre las mujeres. Solo que si hasta hace unos años los miedos giraban en torno al momento del parto y al mantenimiento económico del bebé… los miedos de hoy tienen que más ver con necesidades personales profundas de las mujeres que pueden llegar a entrar en conflicto con la posibilidad de hacerle hueco en nuestra vida a otro ser humano, porque, en el fondo, es de lo que se trata.

Sentirte presionada a ser madre por ser mujer es natural, pero si lo piensas debería ser tan ridículo como sentirte obligada a correr maratones por tener piernas o a tocar el violín por tener manos. Ser madre es una opción, no una obligación por más mujer que hayas nacido. Es más, a veces pienso que no sé quién hace un mayor bien a la humanidad: si quienes queriendo tener hijos los tienen, o los que no queriendo tenerlos, se abstienen 🙂

No tienes que tener hijos: ni uno, ni dos, ni ninguno. Y cuando seas consciente de tu libertad al respecto, quizás puedas acercarte a tus miedos con mayor ligereza. Es posible que ponerle nombre a lo que sientes, “apalabrarlo” de alguna manera, te haga sentir más control sobre tu miedo y sobre tu forma de abordarlo. ¿Te identificas con alguno de éstos?:

1. La presión social.

Nuestra cultura nos empuja hacia un determinado modelo de vida y de familia, no hay más que ver la publicidad: papá, mamá y dos hijos (o tres, vengo observando). Y nunca sabré qué fue primero, si el huevo o la gallina: si como es el modelo mayoritario, la cultura tan sólo lo refleja. O, por el contrario, es un modelo ideal creado por los medios con fines puramente productivos (pues abarca un amplio público de consumo) y, a base de mostrarlo una y otra vez, nos lo muestran como el arquetipo hacia el que hay que tender y hacia allá que vamos… Hay que ser padres y no de un hijo: al menos de dos. Si sólo tienes uno, se te considerará “incompleto”, como que te quedaste a medio camino en tu hazaña. Y quizás vivas situaciones tan surrealistas como las mías en las que (sí, en plural, más de una vez, por imposible que parezca) me dijeron que debía tener otro hijo “por si acaso”. “¿Por si acaso?”, repliqué atónita. Y sí, intuyes bien: me recomendaron tener otro por si perdía el primero. Como si fueran paraguas. Como si las personas pudieran sustituirse…

La sociedad ejerce esta presión apoyándose en el supuesto instinto maternal. Y digo “supuesto” porque, en el caso de que exista, ni es un instinto (pues, en ese caso, no podrían existir madres que matan a sus hijos), ni es exclusivamente maternal (los padres algo tendrán que decir en todo esto, ¿no?).

En cualquier caso, muchas mujeres terminan sintiendo su opción, como tú: como una obligación. Ya que “es lo natural”, se te puede “pasar el arroz” y, si no te decides pronto, “seguro que finalmente te arrepentirás”…

Si quieres tener hijos, adelante. Pero recuerda también que es perfectamente posible y natural sentirte plena y feliz sin tenerlos. Ser madre, como enamorarse, es una de las experiencias “cumbre” de la vida según muchas personas. Pero cada uno tiene sus propias cumbres que alcanzar y la montaña de cada uno es diferente y única. Y ser padres, como cualquier otra cosa en la vida, tiene sus luces… y sus sombras. Así que si alguien te dice que te perderás algo grande, acepta con tu mente que es posible que así sea… pero como nunca lo deseaste, no va a pesarte. Es más, como nunca experimentaste la maternidad, no podrás experimentar tampoco ningún sentimiento de pérdida real. Como alguien me dijo una vez al respecto: “Como no sé lo que me pierdo, no puedo sentirme mal”.

2. La identidad.

La extendida y antigua creencia de que la maternidad da sentido a la feminidad ha perdido fuerza para dejar paso a una visión de la mujer mucho más holística, donde el factor biológico tiene una importancia mucho más ponderada. De hecho, son muchas las mujeres que se sienten felices y no necesitan de la maternidad, como decíamos antes, para sentirse completas; aspecto que, a gran parte de ellas, les hace sentir, paradójicamente, extrañas, poco “normales”.

Pero puede ser que tu temor resida en esta pérdida de identidad: en que serás madre y tendrás que adoptar una nueva identidad que casi invalidará el resto (mujer, amante, amiga, profesional…). Si éste es tu miedo, recuerda que tienes razón en no querer supeditarlo todo a tu nuevo estado, en no permitir que tu rol de madre absorba todos los demás: no convertir a tu hijo en el centro de tu mundo constituye el planteamiento más saludable para todos, pues no depositarás en él la razón de tu felicidad, serás una progenitora mucho más equilibrada y en constante crecimiento y, sobre todo, él podrá crecer sin este enorme fardo psicológico sobre su conciencia porque no habrá venido al mundo para darle sentido a tu vida.

3. No estar a la altura.

Existen toda una serie de mitos que inflan la maternidad de ideas preconcebidas y expectativas desmesuradas, como que para ser una buena madre “tenemos que sacrificarnos hasta darlo todo”. Y es posible que tú no quieras sacrificarte hasta ese punto y que el hecho de no hacerlo te produzca sentimientos encontrados de culpabilidad y juicio por miedo a no ser la “madre ideal” que los demás esperan o, peor aún, la que tú esperas de ti.

A veces, “infoxicados” como estamos, te sorprenderás a ti misma entrando en blogs de maternidad y verás las actividades tan maravillosas que hacen algunas madres con sus hijos sin perder la sonrisa y sientes que tú nunca podrás ser esa madre tan “guay”. Y olvidas que esos blogs son un simple escaparate, cuando no un negocio, en el que las personas proyectan una imagen sublimada, mejorada, de sí mismas… una proyección de su yo ideal, nada más, pero que te venden como su  yo real. Y olvidas también que ser madre es mucho más que ser monitora de tiempo libre. Se te olvidan tantas cosas cuando te comparas, cuando pones tu atención fuera de ti… ¿verdad?

4. La repetición de roles.

Hay personas que no quieren tener hijos porque como hijos han tenido una experiencia tan penosa, que temen repetirla. Otras planean su perfecta y planeada entrega al futuro bebé en una búsqueda desaforada e inconsciente de reconciliarse con su historia familiar anterior.

Puedes tener miedos, dudas y una historia familiar plagada de malos ejemplos… pero el pasado no tiene poder sobre tu futuro a no ser que tú se lo concedas. Por nefastos que hayan sido tus referentes familiares, en el caso de que decidas tener hijos, tú serás la madre que elijas ser porque cada día tendrás la oportunidad, la libertad, de elegir con valentía el dejar esos patrones atrás y crear algo nuevo. “El mañana está limpio y libre de errores” (Lucy Maud Montgomery, Anne of Green Gables).

5. La pérdida de fe en la humanidad.

Sí, a veces los motivos son más trascendentales: algunas personas han perdido completamente su fe en la humanidad y se niegan a tener hijos porque no les gusta el mundo en el que lo criarían. Suena fuerte, pero es cierto.

Tan cierto como que el mundo nunca fue ni será perfecto. Y mucho menos nosotros. Nuestros hijos vivirán, como lo hicimos nosotros, en esa sutil pero constante mezcla de Bien y de Mal. Traer un hijo al mundo es, en el fondo, traer la esperanza de que, se pueda o no se pueda mejorarlo, vale la pena vivir a pesar de todo.

6. La seguridad.

El querer tenerlo todo bien atado antes de ser padres es otra de las grandes excusas que nos damos para postergar embarcarnos en esta aventura. Algunos no se deciden a vivir juntos hasta que no tienen hasta el reproductor de DVD comprado. Otros no se deciden a ser padres hasta que la cuenta para la universidad de su hijo tiene varios dígitos. Da igual el motivo que elijas mientras justifique la demora del asunto…

Si ésa es tu razón, recuerda que si para actuar necesitas tener todos los factores de tu parte, es posible que nunca avances: si esperas a estar totalmente preparada, no serás madre nunca. Relájate y confía en que, como decía Ortega y Gasset, “las dificultades se resuelven a medida que se avanza”.

7. La pérdida de intimidad.

Éste es uno de los aspectos más delicados que abordan sin remedio la mayor parte de las parejas cuando deciden tener un hijo. Es muy habitual que uno de los dos progenitores, sin querer, viva como una especie de “amenaza” la llegada de un nuevo miembro a la familia, ya que todo el cariño y atenciones que el otro le dispensaba, dejan de estar en exclusiva…

Porque sí, sin duda: tener hijos redunda en una pérdida de intimidad. O, si lo queremos ver en positivo, hace que el vínculo amoroso se transforme, evolucione, haciéndose más abierto y acogedor. Pero sí, la intimidad de la que antes se disfrutaba casi sin ser conscientes de ella porque era, simplemente, la que os envolvía, de pronto se vuelve escasa. Y hay que ser “creativos” a la hora de encontrarla, ésa es la verdad. Pero si ése es tu temor, ¿estás dispuesta, a pesar de esto?

 

Tus miedos son naturales y útiles porque te ayudan a hacerte consciente de todos los aspectos de un fenómeno, no sólo los más llamativos o los que están socialmente más aceptados. Tu miedo te hace consciente de ti y te pone en contacto con tu verdadera naturaleza, a la que no puedes juzgar porque, sencillamente, es. Seas como seas, eres así y como ésa es tu realidad, no hay por qué violentarla forzándote a ser algo que no eres y mucho menos en algo tan trascendental como es la maternidad.

Porque ser madre es una decisión irreversible y hay algo peor que arrepentirte de no serlo y es arrepentirte de serlo. Algo que también les sucede a algunos padres, pero que no son capaces de admitir abiertamente por miedo a dar la imagen de que no aman a sus hijos. Pero una cosa no está reñida con la otra: tú puedes adorar a tu hijo y sentir nostalgia de la vida que tenías, son cosas distintas. Trata de visualizarte a ti misma en el futuro no ya con tu bebé, que es una etapa especial y efímera, sino mucho más allá, cuando tu hijo vaya cumpliendo años y forme parte de tu vida, ¿te apetece vivir eso?, ¿cómo te sientes al pensarlo?

Un abrazo,

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