Maruja

Mi vecina es maruja. No, no me equivoqué y puse su nombre propio en minúscula, es que ella es maruja y así le gusta considerarse. No es que a mí me encante el término, pero ella dice que llamarla de otra forma sería como llamar a los negros “negritos” o “personas de color”. Como si ser negro fuese un insulto. Pues así vive ella su etiqueta: con orgullo. Y si a ella le parece bien, a mí también. El mundo necesita a las marujas. Los que hemos sido criados por ellas reconocemos el calor que se siente al volver a casa del cole sabiendo que alguien nos colmará de meriendas y atenciones… de amor, en una palabra.

Pero, para bien o para mal, yo no soy de esa clase de madres. Y mientras recorro, azotada, los pasillos del supermercado mirando el reloj porque las gemelas saldrán de judo y ballet en treinta y cinco minutos, me la encuentro a lo lejos, junto a las latas de sardinas, impecable como siempre. De camino irremediable hacia mi búsqueda del omega 3, miro de refilón mi reflejo en una vitrina de congelados y veo que mi moño despeluchado se parece demasiado a un nido de cigüeñas y que un michelin desvergonzado osa salirse por encima de mis vaqueros. Lo meto dentro discretamente y, de paso, meto un poco la tripa.

—¡Holaaa! —digo, arrastrando la “a” más de lo que hubiese querido, mientras agarro dos packs de latas tratando de no rozarla.

—¡Siempre corriendo!, ¿eh? —dice Maruja en un intento de empatizar conmigo, supongo. O para darme a entender que piensa que las pintas que llevo sólo pueden tener esa explicación.

—Sí… —respondo. No sé qué más decir, sólo sé que tengo prisa y que no estoy preparada para escuchar por enésima vez su receta del sofrito. Le sonrío y hago un gesto como de continuar y miro mi lista.

Maruja la ve por el rabillo del ojo y me mira con curiosidad.

—Es que soy muy cuadriculada —le digo, doblándola un poco, para que no se vea de forma tan evidente que mi lista es una tabla donde cada celda es un pasillo del supermercado. No es por ser friki, es puro sentido práctico: el supermercado es grande y mi paciencia pequeña.

—A mí no me hace falta, me lo sé de memoria, voy pensando: el papel higiénico según entras a la derecha, el pan de molde en el siguiente pasillo, las angulas… —y así me empieza a enumerar cada pasillo del supermercado, como si yo fuera invidente… perdón, ciega, que Maruja seguro que no aprobaría mi eufemismo.

Cuando llega a la sal gorda, despierto de mi letargo, pensando inconscientemente que me está propinando algún insulto. Pero no, sólo es ella concluyendo su clase magistral. “Punto para ti, Maruja, enhorabuena a las premiadas”.

—Impresionante… —digo dándole el refuerzo que siento que necesita y que creo que me hará finiquitar un encuentro que está durando demasiado— Bueno, voy a la pescadería, que tengo que comprar salmón…

Y aunque “bueno” es esa gran palabra que todos comprendemos y con la que damos a entender que queremos finalizar algo, Maruja no parece dispuesta a soltarme.

—Ah, vas a comprar lo mismo que yo, salmón, te acompaño… —dice la muy…

—Sí, es el único pescado que medio toleran las niñas… —digo, por decir algo, empujando el carro con desidia.

—Pues a mis hijos les encanta el pescado.

Ella se sabe el supermercado de memoria y sus hijos comen muy bien el pescado, todo encaja.

—Bueno… —vuelvo a probar suerte— Te dejo porque las niñas están a punto de salir y si sigo así no me dará tiempo ni a hacerles la cena, ¡a ver si me queda algo de ayer!

¡Horror!, ¿por qué dije eso?

—¡Ah, no, no, no… a mí me gusta preparar la comida en el día, nada de sobras!

Por supuesto, ¿cómo se me ocurre algo tan atroz? Si supiera que las sobras son mi comida favorita, me apuñala con su cuchillo de la teletienda.

Con una sonrisa por toda despedida, la abandono en la pescadería mientras rectifico la trayectoria del carro, que a punto ha estado de derrumbar un stand de quesos. No soy muy buena vecina, menos mal que al lado tiene una mejor, con quien charla desde la ventana. Del sofrito, supongo.

Tengo que volver al mundo laboral, me digo, nunca imaginé que ésta iba a ser una razón de peso tan grande para desear retomar el trabajo… A ver, que no tengo nada en contra de las marujas. Bueno, bien, voy a rectificar. Solemos decir “no tengo nada en contra de…” cuando vamos a hacer una crítica. Parece que poniendo esa frase delante logramos engañar al otro o intentamos persuadirle de que no vaya al criticado con nuestra opinión, ya que dijimos el debido “no tengo nada en contra de”. Visto esto, diré que amo la libertad: que cada uno sea como quiera. Pero igual a la próxima hago uso también de la mía y la dejo con la palabra en la boca, porque charlar buscando en el otro alimento para nuestro ego (si no para nuestra maltrecha autoestima…) no me parece de recibo.

Comunicarse sin encontrarse, triste paradoja.

© Vanessa Gil

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