La ansiedad está de moda

En ocasiones, siento presión en el pecho, me cuesta respirar y siento ahogo y calor en la zona del cuello. Creo que es ansiedad porque mis días son muy estresantes, llenos de cargas y obligaciones a las que no llego, a veces hasta se me olvida respirar…

En muchas partes del mundo las personas tienen vidas muy duras, pero simples. La mayor parte de nosotros, sin embargo, tenemos vidas más fáciles… pero mucho más complejas. Si a la cantidad de interacciones, estímulos e información que gestionamos, le unimos el número de actividades que hacemos al día y las exigencias que éstas nos generan, es bastante natural (y hasta lógico, diría yo) que la palabra “ansiedad” esté cada vez más presente en nuestro vocabulario.

Para mí la ansiedad es lo que sientes cuando percibes que las demandas de tu entorno están por encima de tu capacidad de respuesta. Demandas de tu entorno… y, sobre todo, de ti mismo, pues si sólo fuese algo del exterior, tu sensación de estrés desaparecería una vez que no estás ante la fuente que lo ocasiona. Pero lo cierto es que tu estado de ansiedad aparece ya cuando tu mente la anticipa y se mantiene mucho después, impidiéndote desconectar de ella.

Estar preocupado o alerta en determinadas ocasiones es normal y hasta útil si esto te ayuda a controlar las circunstancias que te rodean: cumplir un plazo, recordar tareas importantes… Pero cuando la preocupación se convierte en tu compañera inseparable, dejas de ser eficaz porque te invade la inquietud, la inseguridad y la angustia.

En cualquier caso, ¿sabes qué pienso? Que no te parezca mal, pero creo que en muchas ocasiones a las personas nos gusta que nos diagnostiquen y etiqueten nuestros males. Y a veces, con ponerle nombre parece que nos quedamos conformes. “Tengo ansiedad”, como si eso lo aclarase todo. Pero, “¿y ahora qué hago con ella…?”. Es más, creo incluso que no tenemos ansiedad. Lo que tenemos es un asunto a resolver: una dificultad en nuestras relaciones, una carga excesiva de trabajo, una mejorable gestión de nuestro tiempo, un miedo que ya va siendo hora que afrontemos… y el resultado, pues sí, será ansiedad. Así que es genial apalabrar nuestro mundo (yo necesito hacerlo para comprenderlo), pero igual que nos aventuramos a decir que tenemos ansiedad, conviene también que identifiquemos con palabras la causa exacta que nos hace sentirla, porque si erramos en el análisis, como mucho encontraremos algo de alivio, pero no la cura.

Dicho esto, no creo que haya tips ni trucos fáciles que hagan desaparecer tu ansiedad así como así; quizás más bien se trate de una cuestión de posicionamiento interior, de enfoque, y podrías probar a…

1. Acéptala, no te resistas.

Sí, parece chocante, pero a veces tu temor es peor que lo que temes. Es tu miedo el que te hace sentir descontrol, el que te oprime el pecho y te corta la respiración.

Cuando sientas que estás a punto de tener una crisis de ansiedad, exprésalo, verbalízalo, compártelo con la persona que esté a tu lado. Poner palabras a tu angustia la “sacará” de alguna forma de tu interior y podrás relacionarte con ella de otra manera, con cierta distancia.

Aceptarla significa respirarla. Dicen que nuestra forma de respirar refleja fielmente nuestra manera de vivir. Así que respírala y no huyas. Respírala y verás que no pasa nada, ella seguirá ahí… pero tú también.

2. Conviértete en testigo de tu ansiedad.

Da un paso más y trata de desarrollar lo que los budistas llaman la “conciencia de testigo”, el desapego. Trata de verte desde fuera, como si no fueses tú el que lo sufre. Si lo piensas, tú no eres ni tu cuerpo, ni tus pensamientos, ni tus sentimientos. Eres la conciencia que puede observar todo ello, porque de lo contrario no podrías observarlo. Así pues, prueba a mirarte desde ese plano superior e, incluso, a imaginar que es otra persona la que lo está sufriendo: ¿qué le dirías?

Aquí es donde entran en juego las afirmaciones. Algunos piensan que las afirmaciones son placebos, instrumentos de autoengaño y yo siempre lo pensé, creía que era algo estúpido. Ahora comparto esta opinión cuando se emplean de manera aislada, sin trabajo interior alguno, como algo postizo y artificial. Pero si utilizas afirmaciones relacionándolas contigo de forma coherente, tengo que rendirme a la evidencia de mi propia experiencia y creo que SÍ tienen sentido. ¿Por qué?

La mayor parte de nuestros pensamientos están tan instaurados en nosotros que son automáticos. Estamos, de alguna manera, programados. Y los programas que generan la ansiedad suelen tener incluidas frases (inconscientes, que no oímos) como “necesito tenerlo todo controlado para estar bien” o “esto es tan terrible que no lo soportaré”. Tenemos que reprogramarnos y, aunque parezca infantil, la forma de hacerlo es introduciendo información nueva en nuestro sistema: “puedo permitirme sentir esto y, a pesar de todo, seguir adelante”, “sólo es adrenalina: pasará”, “sólo es incómodo, he pasado por cosas peores antes”, “no necesito tener todo controlado para estar bien”, “puedo tolerar la incertidumbre”… Es importante que no sean “mantras” sin sentido, sino ideas que verdaderamente “te toquen”.

Y si esto no es suficiente, aprovecha el poder de la escritura y libera el exceso de tráfico mental que tienes expulsándolo de ti en el papel. No desaparecerá del todo, pero te garantizo que te aliviará. Escribe cuanto puedas hasta sentir que realmente estás sacándolo de ti. Las emociones son un vendaval que, como todos, pasan. Y cuando pase, podrás leer lo que escribiste y acercarte, así, de nuevo a aquello que las produjo pero desde un enfoque más racional y sereno.

3. Distráete.

Si tus preocupaciones y pensamientos obsesivos son tan intensos, gritan tan fuerte dentro de ti, que te cuesta acallarlos con la estrategia anterior, quizás es que se ajusta más a ti la técnica de la distracción. Distraerte no es algo vano, ni superficial: es tratar de desplazar tu atención hacia algo neutro o positivo, que siempre es más fácil que apartarla sin más de algo negativo y tratar de ponerte en modo zen.

Charla con la persona que tengas al lado, concéntrate en tu trabajo, piensa en tu próximo viaje, planea qué le vas a regalar a esa persona que tanto quieres, trata de recordar el título de esa canción que te gustaría tener, disfruta de tus aficiones… Visualiza tu ansiedad (tu mente) como lo que es: un animal salvaje que necesita un domador si no quieres que acabe contigo. Algo que, sin querer, me hace pensar en la maravillosa película La vida de Pi, ¿la has visto…? Te la recomiendo apasionadamente.

4. Interpreta la realidad de forma objetiva.

Si sigues trabajando en desarrollar esta “conciencia de testigo” de la que hablábamos, te darás cuenta de que gran parte de tus percepciones de la realidad son erróneas: quizás sobredimensionadas, tal vez con excesiva tendencia al drama, o es posible que minimicen tu propio potencial como persona capaz de afrontar las dificultades…

Cuestiónate tus creencias, esos pensamientos programados. Hazte consciente en cada momento del día, en cada frase que pronuncies, en cada juicio que emitas… escucha tu voz interior y adquiere práctica en “cazar” esas ideas autolimitantes, catastrofistas y angustiosas que hacen tus días tan difíciles. Y, de nuevo, quizás pueda ayudarte anotarlas en un cuaderno. Si escribir no te gusta, verás que tomar notas no sirve sólo para desahogarte y tomar conciencia, sino también para controlar tus pensamientos: evitarás pensarlos con tal de no escribirlos 🙂

Y una vez escritos, sustitúyelos por otros más objetivos y más relacionados con tu autoconfianza y tu capacidad para salir airoso de las dificultades. Todo nubarrón tiene un borde luminoso: obsesiónate en encontrarlo. No siempre podemos elegir qué nos sucede, pero siempre podemos decidir cómo reaccionar ante ello. Porque si no lo eliges tú, ¿quién lo hace…?

5. Vive más despacio.

Haz menos cosas y más despacio. Parece simple y debería serlo. Pero no lo es, ¿verdad?

Siéntate frente a un papel (¡sí, otra vez!) y elabora una lista de cinco columnas: “Las cosas que suelo hacer”, “Las cosas que realmente tengo que hacer”, “Las cosas que siento que tengo que hacer”, “Las cosas que quiero hacer” y “Las cosas que podría delegar”. Y observa tus resultados. Hablarán por sí solos.

Para terminar, una pregunta que me encanta y que a mí me ayuda mucho a liberarme de mis propias paranoias: ¿cuántos de tus peores temores se han cumplido?: ¿algunos?, ¿ninguno? ¿Y crees que ha sido pura suerte, pero que en realidad estabas abocado al desastre?, ¿o ves, más bien, que ha sido pura estadística, y que de esa enorme cantidad de desgracias era lógico que no todas te ocurriesen a ti…? 😉

Un abrazo,

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