Instantáneas

El reloj de péndulo de la abuela marcó el mediodía y minutos después, se empezaron a escuchar sus pasos cortos y rasantes al compás leñoso que marcaba su bastón acercándose a la salita.

—Aquí estarás bien: éste será tu lugar… —dijo colocando una fotografía enmarcada sobre la pequeña mesa camilla.

Y, con las mismas, se agarró a su báculo, su amigo inseparable en esos últimos años, y se marchó de la habitación.

La imagen mostraba a una mujer madura, aunque algo más joven que ella, que acariciaba a un gato orondo con expresión de felicidad.

—¿Ya se ha ido? —preguntó la muchacha de la foto de al lado.

—Disculpa, ¿hablas conmigo? —la mujer no daba crédito a lo que estaba sucediendo — ¡¡¡Puedes hablar!!!

—¡Apueste a que usted también! —exclamó la chica, feliz de tener compañía— La verdad es que habría preferido que fuese más joven, pero bueno… llevo tantos años aquí sola, ¡que le doy mi más sincera bienvenida!

—Gracias…

La mujer mayor se alegró de estar cerca de alguien tan franco y alegre y observó que, efectivamente, aquella chica debía de llevar muchos años allí, pues la fotografía a la que pertenecía tenía tonos sepias, mientras que la suya lucía en vivos colores. La paradoja de saberse vieja en una foto nueva, frente a la muchacha cuyo color de ojos ni siquiera se podía distinguir, le hizo sonreír.

—¿Qué haces aquí? —preguntó la mujer, disfrutando de su recién estrenado don.

—Soy alfarera, ¿no lo ve? —respondió con su arrogancia juvenil.

Era cierto: la chica de la foto aparecía junto a un torno, dando forma a una vasija de barro. Iba vestida con ropa de trabajo de corte algo masculino y llevaba el pelo recogido y un pañuelo en la cabeza anudado a un lado para evitar que las gotas de sudor le mojaran el rostro. La mujer pensó que tenía un aspecto demasiado avanzado para la supuesta época a la que pertenecía.

—Espere, voy a por más barro al taller…—dijo la alfarera.

—¿Pero puedes moverte?

—Sí, la persona que me hizo la foto, afortunadamente no me retrató en primer plano, si no habría sido imposible…

La joven desapareció por un momento de la instantánea. Bueno, en realidad no desapareció, sólo se dirigió hacia el fondo de la fotografía, pero recorrió la distancia suficiente para que la mujer la viera tan diminuta que pensó que se había esfumado. En ese breve lapso de tiempo, aprovechó para mover sus dedos y confirmó que se movían y que el rollizo gato reaccionaba a sus caricias con un ronrón que le hizo sentirse viva. Intentó levantarse, pero su fotógrafo no había sido tan considerado y se quedó en una postura tan incómoda que decidió volver a sentarse en su mecedora.

—¿Por qué haces vasijas? —le preguntó la mujer a su regreso.

La muchacha ardía en deseos de poder compartir, por fin, su sueño:

—Quiero convertirme en una gran artista del barro. Creo que tengo muchas posibilidades: soy muy creativa, tengo muchas ganas de trabajar y no conozco a nadie que desee fabricar su sueño con algo tan humilde como el barro. Así que creo que tengo todo el campo virgen para mí, nadie lo aró antes…

—Muchos no se atreverían a caminar si no ven por delante las huellas de otros… —respondió la señora, meciéndose; evocando, sin querer, esa sensación tan conocida que le impedía avanzar.

—Pero yo quiero andar mi propio camino. Y además quiero hacerlo sola, sin ayuda de nadie.

—¿Y qué harás cuando cumplas tu sueño?, ¿con quién lo compartirás en la soledad de tu cumbre?, ¿no piensas casarte, tener hijos…?

—Obstaculizarían mi camino. Yo quiero viajar, hacer exposiciones por todo el mundo y ser la primera mujer que toque el cielo apoyándose en el fango, y nunca mejor dicho… —sentenció la joven— ¿No me comprende?, ¿nunca tuvo un sueño?

La mujer cerró los ojos y los apretó intentando recordar. Sí, ella también había tenido un sueño, un gran sueño, pero era incapaz de encontrarlo en el frondoso bosque de su memoria.

—¿Y a qué se dedica usted? —preguntó la chica, sin dejar de trabajar.

—Yo ya estoy jubilada…

—Ya, bueno, ¿pero a qué se dedicaba antes? —la artesana tenía muchas ganas de conocer mejor a su nueva amiga.

—Pues supongo que yo también modelaba… Pero mi barro tenía vida: tuve una familia.

—¿Y no hacía nada más?, ¿nunca deseó hacer alguna otra cosa?

El tono que empleó la muchacha renovó, curiosamente, la visión que tenía sobre su propia vida.

—El barro, en potencia, puede ser muchas cosas. Cuando te encuentras ante un gran montón sin forma, si no lo trabajas como mejor sabes, obtienes una pieza que, si no quieres tirar a la basura, has de volver a amasar hasta convertirla de nuevo en lo que era antes para poder volver a empezar de nuevo.

—Sí, pero no está respondiendo a mi pregunta… —comentó, hábil, la alfarera.

—Mi barro es diferente porque no me permite la opción de volver a empezar. Si lo hago mal, esa fea vasija me acompañará toda mi vida, y no sólo a mí, sino también al resto de la humanidad… ¿te parece un trabajo poco importante?

—Lo siento, no quería que pensara que no valoro su trabajo… —se disculpó.

—No te preocupes… —pero la mujer pensó que, en el fondo, aquella muchacha descarada tenía razón. Quizá no se había esforzado lo suficiente, quizá podía haber intentado cumplir su sueño, cualquiera que fuese, aun siendo madre y esposa. Su marido no había renunciado a cumplir el suyo y había sido un reconocido arquitecto. Se preguntaba, de corazón, si era realmente cierto aquello que siempre se había repetido: que si querían caminar por la misma senda, uno de los dos tenía que sacrificar su destino.

Se hizo un silencio, interrumpido sólo por el perezoso péndulo del reloj de pared que llenaba la estancia de realidad.

—Me pregunto… — la joven tenía mal sabor de boca por la conversación anterior y no sabía cómo arreglarlo— Me pregunto si querría darme un consejo…

—Claro, hija, ¿qué sucede?

—Estoy enamorada, ¿sabe?, pero él es un trompetista excelente y se pasa el tiempo viajando de acá para allá de club en club… temo que se enamore de una admiradora, que deje de quererme, que yo pueda dejar de amarle… en fin, temo que esto tan hermoso que tenemos, se acabe —confesó en un hilo de voz—. Dígame: ¿debería dejarlo todo e irme con él?

—¿Pues no acabas de decirme que tener una familia obstaculizaría tu camino?

Es cierto  admitió, con un rubor sepia — pero si usted supiera lo que siento por él… Tengo grabado a fuego cada minuto que he pasado a su lado. Sé que pase lo que pase, nunca podré olvidarle ni a él, ni las cosas que hemos hablado, ni las que hemos vivido juntos…

—Claro que podrás…

—¿Me está diciendo que le deje? —la alfarera buscaba respuestas que sólo ella misma podía encontrar.

—No, sólo te estoy diciendo que el tiempo arrasa todo, lo bueno y lo malo… Y lo que hoy crees que nunca olvidarás, lamentablemente se borrará, como las huellas de tus dedos sobre el barro.

—¿Pero piensa que debería dejarle? —la joven prepotente de hacía unos instantes se había desvanecido, dejando paso a una niña insegura.

—No, sólo te estoy diciendo que el amor no debería impedirte cumplir tu sueño, sino todo lo contrario…

Y a la mujer se le escapó una lágrima porque al pronunciar esa frase, un recuerdo traicionero se escapó de la cárcel del olvido y vino a caer justo ante sus ojos para hacerle saber cuánto le habría gustado que alguien le hubiese dicho esto mismo largo tiempo atrás, antes de que el embate de los años le desgastara el cuerpo y el alma…

—¡Silencio, oigo pasos! —cortó la joven.

Esta vez los pasos eran ágiles como los de una vida nueva, que arde en deseos de conocer y recorrer todos los rincones del mundo… Se abrió la puerta y apareció una niña radiante, feliz de estar en la habitación favorita de su abuela, donde mostraba todas sus viejas y coloristas vasijas, cada una de ellas con un nombre y una historia propia. Se acercó a la mesa camilla y con sus manos regordetas tomó ambas fotografías, una en cada mano, y se dirigió corriendo hacia la puerta de la salita, donde le esperaba su abuela con la mirada llena de misterios desvelados.

—¿De verdad eres tú, abuelita? —preguntó la niña, con expresión de incredulidad.

Y la anciana sólo pudo responder:

—Lo fui, cariño, lo fui…

© Vanessa Gil

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