El huevo de la vida

Los rayos del sol se colaban sin permiso por la ventana del médico y deslumbraban a un padre al que le costaba asimilar la luz y la noticia de que su hijo padecía una cardiopatía crónica.

—¿No está su mujer? Ellas tienen más maña para solucionar el día a día con los hijos, ¿no cree? —le dijo el médico, buscando su complicidad e intentando animarle.

—Me temo que no está… falleció hace seis meses así que va a tener que explicármelo todo a mí —Arturo bajó la mirada para evitar que el médico se sintiese aún más incómodo por su comentario.

—Bien… —carraspeó el doctor— Gabriel padece una alteración cardiaca congénita que se denomina comunicación interventricular.

Arturo era albañil y la única comunicación que conocía hacía referencia a los huecos que dejaba para la instalación de las puertas y ventanas de las casas. Ante su mirada perpleja el médico añadió:

—Para entendernos: tiene una abertura en la pared que separa los dos lados del corazón.

Así que era eso: el corazón de su hijo también tenía sus tabiques y en uno de ellos había una puerta para que ambos lados se comunicasen. Por un momento la idea le pareció hasta divertida (¿qué le contaría el ventrículo derecho al izquierdo?), pero enseguida espantó esa estupidez de su cabeza y aterrizó de nuevo en la conversación.

—¿Y no se puede operar? —preguntó Arturo.

—A veces se soluciona con una operación, pero tendremos que estudiarlo. En principio, y por lo general, se trata con medicinas.

—¿Y eso es todo? —Arturo quería olvidarse del adjetivo crónico. No quería pensar que su hijo dependería de una medicación toda su vida. Pero si la única medida eran las pastillas, pensaba, igual la situación no era tan grave…

—Usted habrá observado que su hijo se cansa fácilmente y que aparenta menos edad de la que tiene… —el tono del médico le hizo pensar que la medicación sólo era la punta del iceberg.

—Sí…

—La abertura del corazón de Gabriel es bastante grande. Eso hace que su corazón trabaje más, envíe más sangre a los pulmones y pueda congestionarlos —ante el miedo que se estaba dibujando en los ojos de aquel padre, el médico trató de ir al grano—. Tenemos que tener cuidado porque el niño, a pesar de su corta edad puede llegar a desarrollar una insuficiencia cardiaca o una hipertensión pulmonar significativa que pueden llevarle a la muerte.

A Arturo todo empezó a darle vueltas alrededor. Sí, su hijo era un niño menudo, pero su problema se le antojaba demasiado grande…

—¿Qué he de hacer, doctor? —dijo mesándose sus escasos cabellos.

—Debe tomar esta medicación —respondió, mientras escribía las recetas—comer bien, tener cuidado con el ejercicio físico y, sobre todo, ha de tener cuidado con las infecciones y con las caries.

—¡Pero si sólo tiene ocho años!, ¡las caries son las compañeras inseparables de las golosinas!, ¿me está diciendo que no podrá comer caramelos? —Arturo no podía creer que la infancia de su hijo se estuviera reduciendo a esa velocidad.

—Las caries aumentan el riesgo de endocarditis infecciosa…

Arturo no se molestó en preguntarle qué era eso. Le bastaba con saber que los instintos naturales de su hijo, aquéllos que hacían que la infancia valiera la pena, se verían mermados para siempre. Perdería su infancia y jamás volvería a recuperarla.

—La buena noticia es que si Gabriel sobrevive, con suerte, la abertura se hará más pequeña o, incluso, se cerrará…

Pero Arturo, que ya estaba saliendo por la puerta, no le oyó. En su mente sólo había una preocupación: ¿cómo le haría entender a un niño de ocho años que tendría que empezar a cuidarse como un viejo si quería llegar a serlo algún día?

* * *

Al llegar a casa, Gabriel le esperaba con su habitual semblante pálido y su respiración agitada, pero con una sonrisa de bienvenida tan grande que, por un momento, hizo que Arturo se olvidase de su cometido. Desde que su mujer murió, en la casa se respiraba una atmósfera lúgubre y ninguno de los dos hablaba mucho del tema, pues Arturo temía que su hijo llorara, mientras que Gabriel temía hacer llorar a su padre.

—¿Quieres jugar a las cartas, papi? —le pidió, más por ganas de animarse que por ganas de jugar. Su padre siempre le dejaba ganar y a todos nos gusta ganar, aunque el premio no sea más que poder pronunciar las palabras mágicas “he ganado”.

Lo último que le apetecía a Arturo era ponerse a jugar a las cartas después de su dura jornada como peón y la más dura aún visita al médico. Pero tuvo una idea.

—¡Claro hijo, juguemos!

El niño repartió las cartas y, al contrario que otras veces, el padre empezó a ganar la partida. Gabriel, frustrado, quiso dar por terminado el juego.

—¡No puedes dejar de jugar! ¡Tienes que acabar la partida con las cartas que te han tocado! ¿entiendes?, ¡son las cartas que te han tocado! —pero el niño no entendía nada y miraba a su padre con una mezcla de miedo y tristeza.

—Perdona, hijo, estoy un poco nervioso… —y se abrazó al pequeño pensando que tendría que encontrar otra estrategia para hacerle llegar su mensaje— ¿Te apetece cenar?

Y le tendió la mano a su hijo para que le acompañara a la cocina a preparar una tortilla. Gabriel se puso su pequeño delantal y ayudó a su padre a anudarse el suyo, mientras la luna se asomaba por la ventana.

—¿Soy tu pinche favorito? —preguntó el niño, conciliador.

—¡Por supuesto, mi amor, no sólo eres mi pinche preferido, sino que eres el mejor pinche del mundo!

Gabriel rió con esa risa pura que sólo tienen los niños. Esa risa que busca cualquier pretexto para expresarse, para salir a raudales de un alma que es feliz, simplemente, de estar viva…

—Pásame un huevo, cariño… —pidió el padre; pero cuando el niño fue a entregárselo cambió de repente de opinión —No, mi vida, mejor quédatelo…

—¿Y para qué quiero yo un huevo, papá? —preguntó el niño.

—Es un huevo muy especial, créeme… —y Arturo adoptó ese tono sigiloso que de tanta emoción llenaba el corazón del pequeño — Tú sólo cuídalo y verás…

El padre improvisaba a medida que hablaba y llegó un momento que no supo qué decir. Cuando su hijo descubriera que ese huevo no albergaba pollito alguno, sin duda, se decepcionaría. Pero Arturo tan sólo tenía la esperanza de que si su hijo aprendía a cuidar de algo tan frágil, le sería mucho más fácil comprender su enfermedad.

Aquella noche, por supuesto, no cenaron tortilla, ya que Gabriel pensó que si su huevo era especial, tal vez, también lo eran los demás y, si no tenía que cuidarlos, al menos debía mostrarles algún respeto.

Al día siguiente, mientras se vestía para ir al colegio, Gabriel insistió en llevarse el huevo a clase. Su padre quiso impedírselo, pensando que quizás estaba llevando el experimento demasiado lejos, pero el niño se puso tan pesado, que finalmente cedió. Al llegar al aula, algunos niños se rieron de su ocurrencia, pero otros se interesaron vivamente por su historia e, incluso, se ofrecieron a llevarse el huevo a sus casas para cuidarlo y que él pudiera descansar.

—No puedo prestároslo; es mío. Y yo soy responsable de lo que le pase —decía el niño, sintiéndose, de pronto, mucho más mayor.

Durante el recreo, Gabriel utilizó el huevo como excusa para no jugar al fútbol, al fin y al cabo acababa tan agotado que no le vendría mal relajarse un poco y disfrutar del partido que estaban jugando sus compañeros. Descubrió que ver las cosas no era tan divertido como hacerlas, pero cuando tienes un huevo especial al que cuidar, menos da una piedra

* * *

Pasaron las semanas y Gabriel se mantenía fiel a su responsabilidad e igual de entusiasmado que el primer día. El huevo, por descontado, estaba intacto. Su padre, preocupado, pensó que había llegado el momento de contarle la verdad, así que esa noche, mientras cenaban, decidió abordar a su hijo a su manera, es decir, rodeándolo:

—¿Qué tal ha ido el colegio, Gaby?

—Muy bien, papi.

—¿Te llevaste de nuevo el huevo a clase?

—¡Claro!

—¿No crees que deberías dejarlo ya en casa? Seguro que tus compañeros se ríen de ti…

—¡Claro que se ríen!

—¿Y no te molesta?

—Al principio sí, un poco, pero después me di cuenta de que se ríen de todos: de la que lleva gafas, del que lleva ortodoncia, de la que está gordita… el motivo es lo de menos, porque siempre encuentran algo de lo que reírse.

Arturo se quedó atónito ante la reflexión de su hijo.

—Siempre fui algo canijo, papi, pero manteniendo vivo mi huevo me he dado cuenta de que ser frágil es igual de importante que ser fuerte.

El padre no sabía qué decir. Sin duda, no estaba preparado para asistir a tal lección de madurez.

—Pero, ¿no piensas que llevarte el huevo a clase te impide jugar a un montón de cosas en el recreo?

—Sí, pero puedo hacer otras muchísimas cosas más tranquilas. Y las que ponen en peligro mi huevo las veo como público, que tampoco está tan mal, papá, no hay que exagerar tanto…

El verbo relativizar empezó a adquirir todo su sentido para Arturo a partir de ese momento…

—¿Y no crees que a los demás les das pena, hijo?

—¿Pena?, ¿por qué, papi?

—Por tener que estar cuidando todo el tiempo de tu huevo…

—¿Cómo cuidas tú de mí? —y el padre enmudeció por unos instantes.

—Sí, hijo mío… —y tragó un puñado de lágrimas disueltas en saliva, como quien se toma unas pastillas para calmar el dolor; aunque las lágrimas alivian más cuando no se tragan…

—Puede que algunos niños sientan lástima, papá… pero la mayoría están deseando ayudar si se lo permites.

Arturo no se contuvo más y dio rienda suelta a todo su dolor por la muerte de su esposa, por la enfermedad de su hijo, por  la soledad y la impotencia que sentía…

—Gaby, cariño… ¿tú sabes que dentro del huevo no hay nada? Sólo es un huevo para cocinar…

Gabriel miró a su padre de una forma que Arturo dudó por unos instantes de quién era el padre y quién el hijo.

—Ya me había dado cuenta, papá… —respondió con voz serena.

—¿Y por qué has continuado cuidándolo?

El niño no contestó y, en su lugar, sacó del cajón del aparador la baraja de cartas.

—¿Te han tocado buenas cartas esta vez? —preguntó Arturo, dispuesto, como siempre, a dejar ganar a su pequeño.

—No, papi.

—¿Quieres que volvamos a repartirlas?

—Ésas no son las reglas, papá —sentenció Gabriel—. Además, no me hace falta: te voy a ganar igual…

© Vanessa Gil

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