Saber mirar, saber amar

Creer es tener por cierto algo que no está comprobado. Cuando algo está demostrado no lo crees: lo sabes. Pero como la realidad es infinita y tus sentidos son limitados, necesitas un esquema básico, simplificado, del mundo que te rodea para poder sentirte seguro. Así, vas atesorando creencia tras creencia, pensando que ves la realidad tal y como es… cuando en realidad la ves tal y como eres.

Ahora bien, como seres humanos, ¿en qué podemos creer? Para mí sólo hay una respuesta: en lo que nos hace aún más humanos.

Cuentan que en el intervalo de una mesa redonda sobre Religión y Paz entre los pueblos, el teólogo brasileño Leonardo Boff le preguntó al Dalai Lama cuál era la mejor religión. Esperaba que dijera: “el budismo tibetano” o “las religiones orientales, mucho más antiguas que el cristianismo…”, pero el Dalai Lama le respondió: “La mejor religión es aquélla que te hace mejor”. Perplejo, el teólogo le preguntó: “¿Y qué es lo que me hace mejor?”. A lo que obtuvo por toda respuesta: “Aquello que te hace más compasivo, más sensible, más desapegado, más amoroso, más humanitario, más responsable, más ético… La religión que consiga hacer eso de ti es la mejor religión”. ¿Existe una respuesta más sabia? Sin duda alguna, no…

El pequeño o, según se mire, gran drama de nuestros días es lo que sucede con las ideas que se repiten mucho: que engulles sin masticar las que tu entorno te inocula, al tiempo que te defiendes con ferocidad de las que han sobrevivido a duras penas a lo largo de los siglos. Porque ¿qué es exactamente lo que te hace más humano? Pues, a mi juicio, los vilipendiados, los maltratados tópicos: el Bien, la Verdad, la Belleza… Porque puestos a tener apegos, ¿por qué no elegir aquéllos que te hacen crecer? Agárrate a lo que no cambia a pesar del devenir de la vida: a los valores que te mueven, es decir, a las ideas que de verdad te valen.

Has aprendido a amar y a hacer el bien, con minúsculas, por temor al castigo, al rechazo, a la soledad… Pero, ¿qué ocurriría si vivir en el Bien fuese una necesidad interior, tan natural como la de respirar, cuyo único sentido fuese experimentar la plenitud de la existencia?, ¿qué sucedería si el Amor fuera, sencillamente, tu destino íntimo, la materia de la que estás hecho…? El Bien no sería, entonces, un imperativo moral; el Amor no sería, tampoco, algo externo a alcanzar… sólo serían las condiciones imprescindibles que te hacen humano y feliz.

Pero para eso tendríamos que despertar, porque estamos dormidos. Y dormidos no podemos aspirar a ver la realidad tal cual es, sino que tan sólo podemos vislumbrar confusos retazos de sueños, miedos y malentendidos que nos hacen percibirnos separados del mundo, un mundo que se nos antoja demasiado ancho y ajeno…

Despertar es aprender a ver la vida sin filtros. Y no es sencillo. Es más: es bastante incómodo. Es mucho más fácil seguir amarrados a nuestras ilusiones, mientras nos creemos víctimas de una conspiración judeomasónica ideada para amargarnos la vida…

Dicen que cuando somos niños poseemos la capacidad natural de ver. Pero que cuando crecemos, este acto, supuestamente tan sencillo, necesita ser aprendido. Nuestros ojos han de ser, entonces, educados. Éste es el sentido profundo de la educación y es la empresa más importante que podemos llevar a cabo en nuestra vida y en la de los que nos siguen: porque aprender a mirar, en el fondo, no es más que aprender a amar

Y es que cuando descubres que la felicidad no se vende, que no se puede adquirir, puedes sentirte momentáneamente contrariado, pues puedes llegar a la conclusión de que has estado luchando por cosas equivocadas. Pero, superado este escollo, ¡qué gusto da saber que nadie puede arrebatártela porque ser feliz no es otra cosa que saber mirar, saber amar…!

Cuando acallas tu incesante parloteo interior y te detienes a mirar a alguien, sea quien sea, el tiempo suficiente, emerge su humanidad y, con ella, el amor básico que nos une a todos. Por eso saber mirar es saber prestar atención. La atención: uno de nuestros dones más preciados y por el que todos pujan. La atención: una puerta abierta a nuestra conciencia…

El precio de creer y apostar por aquello que te hace más humanos es alto, pero las ganancias son incalculables: la paz de espíritu, la seguridad que da saber que donde todos ven agresividad, tú sólo verás miedo. Donde todos ven prepotencia, tú sólo verás inseguridad. Donde todos sólo ven lástima, tú verás Compasión. Y donde todos sólo ven simple ternura, cariño o gratitud, tú verás Amor…

Un abrazo,

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